martes, 24 de mayo de 2016
sábado, 29 de noviembre de 2008
Crónicas de bar en Santiago de Chile

Microcuento publicado en la edición de Literatura Comprimida 2007, Huelva, España.
Así que cuando yo decidí por fin tomar la delantera y demostrarle que era alguien, que he vivido, putas que he vivido, que ojalá me preguntara cosas, que qué piensas de esto y de aquello y de lo otro, tomé una cerveza –demorándome en preparar las próximas palabras como hacía siempre que no tenía claro que crestas iba a decir– y le di un gran sorbo, luego del cual ya tenía previsto hablar de algo, pero unas ganas infernales de eructar me invadieron el cuerpo, me subieron desde el esófago y se me escaparon por la garganta, y ahí me quedé, eructando vergonzosamente y sin palabras que decir, ni siquiera para salvar la situación.
Pero ella me miró, y sonrió.
Así que cuando yo decidí por fin tomar la delantera y demostrarle que era alguien, que he vivido, putas que he vivido, que ojalá me preguntara cosas, que qué piensas de esto y de aquello y de lo otro, tomé una cerveza –demorándome en preparar las próximas palabras como hacía siempre que no tenía claro que crestas iba a decir– y le di un gran sorbo, luego del cual ya tenía previsto hablar de algo, pero unas ganas infernales de eructar me invadieron el cuerpo, me subieron desde el esófago y se me escaparon por la garganta, y ahí me quedé, eructando vergonzosamente y sin palabras que decir, ni siquiera para salvar la situación.
Pero ella me miró, y sonrió.
Ensayo acerca de la situación boliviana

Hemos presenciado, hace pocos días, cómo en Bolivia la legalidad vigente se ha visto sobrepasada por movilizaciones internas, con la consecuente contrarrespuesta de los partidarios del presidente Evo Morales y un clima de tensión generalizada en todos los sectores del país. Lo que podría ser considerado un conflicto de proporciones trascendentales en el desarrollo de una nación determinada, se ve, sin embargo, bruscamente desmentido por la propia historia boliviana.
El presente conflicto boliviano es la manifestación práctica de numerosos problemas sociales y políticos estructurales, propios de una nación que aún no asume –debido a causas que no estamos en condiciones de juzgar– una línea económica que represente un cierto consenso entre las diferentes clases políticas, ni menos con los sujetos movilizados en los últimos días. La estructura de la economía boliviana es de carácter fuertemente indígena campesino, y son estos mismos indígenas campesinos quienes lideran las demandas. Si a ello agregamos, además, el aspecto cultural que significa el desmedro de una población mayoritariamente indígena y campesina (de razas quechua y aymará) que ve como las decisiones de carácter nacional pasan por las manos de la minoría blanca asentada en las grandes ciudades –principalmente nortinas– del territorio, tendremos una primera aproximación a la lógica interna del conflicto. Intentaremos aquí un análisis que relacionará tales conflictos con un esquema de ordenamiento que han aplicado otros países que se encuentran en una situación de mayor estabilidad organizativa, aun cuando ello no necesariamente signifique un mayor bienestar social.[1]
En Bolivia coexisten diversos grupos diferenciados étnicamente, producto de una de las mayores concentraciones de individuos indígenas durante el período precolombino y la llegada de cauásicos mediante sucesivas olas migratorias, principalmente españolas. La clase dirigente –caucásica– mantiene el poder mediante una estrecha alianza entre el aparato militar y el empresariado y el apoyo de potencias o intereses extranjeros, llámense éstos Estados Unidos o Banco Mundial. Aun cuando el poder político se encuentra invariablemente en manos de los mencionados individuos caucásicos, la estabilidad política es un bien inexistente en Bolivia: durante el siglo XX el país ha tenido, en promedio, un presidente por año. Las desestabilizaciones estructurales parecen ser un aspecto inherente al desarrollo político boliviano, y las manifestaciones de denuncia proviene de la gran mayoría de individuos indígenas. Ahora bien, ¿Cuál es la lógica que perciben tales individuos indígenas?
La nación boliviana se caracterizó desde temprano por poseer una economía de carácter marcadamente basada en la explotación de los recursos naturales no renovables, hecho que se ve moderado durante la década de 1950, cuando las corrientes desarrollistas propias de la época en Latinoamérica comienzan a bregar por una mayor diversificación de la estructura económica. El suelo boliviano tiene amplias reservas de estaño y es la segunda mayor reserva continental de gas; la temprana y conflictiva explotación de ambos elementos detonó una larga disputa respecto de la propiedad de su explotación, la cual sepultó las posibilidades de consolidar un esquema eficiente en cuanto a la explotación y distribución de tales recursos. [2] Sin embargo, las demandas de los opositores a este esquema de liberalización de la producción gasífera no parecen en absoluto desmedidas, aun cuando no cuadran en el paradigma neoliberal ofrecido por los principales referentes económicos y políticos a nivel mundial: cabe recordar las lamentables políticas aplicadas por el mundo empresarial hacia la ciudadanía boliviana, incluyendo una interesada guerra con Paraguay que, en realidad, se trataba de un conflicto entre dos transnacionales. La ciudadanía indígena boliviana, mayoritaria, desconfía profundamente de las transnacionales y éstas no han hecho mucho por revertir tan mal prestigio. [3]
Los principales actores del conflicto, los indígenas, representados por Evo Morales, apelan a la nacionalización de la explotación de hidrocarburos y a la paulatina industrialización de tal explotación, con el consiguiente valor agregado que significaría dejar de exportar gas en bruto. Para ello, Morales propone un préstamo de naciones Unidas hacia Bolivia del orden de los 500 millones de dólares. Sin embargo, la ONU no está dispuesta a negociar tal aspecto en tanto Bolivia no demuestre concretamente un cierto grado de estabilidad política. Gran parte de la estabilidad política, por otra parte, depende directamente del tema del gas. La paradoja es evidente. Las reservas de gas continúan, mientras tanto, en manos extranjeras.
Por otra parte, Bolivia es un ejemplo de las influencias que Estados Unidos permanentemente plantea en su afán de controlar cualquier foco de resistencia, real o ficticio, hacia el modelo neoliberal. El Movimiento al Socialismo ha denunciado en numerosas ocasiones la concurrente demanda estadounidense de concluir las plantaciones de hoja de coca, que representa la primera fuente de ingresos de la mayoría de la población indígena. El ex presidente Sánchez de Losada se mostró en un primer momento de acuerdo con la medida. El argumento es su transformación en cocaína, respecto de cuyo consumo –principalmente de parte de ciudadanos estadounidenses– Estados Unidos parece tener una cruzada moralizadora. El Plan Colombia formaba parte de esta supuesta cruzada moralizadora, que según los analistas más agudos más bien tiende a justificar cualquier tipo de intervención norteamericana en América del Sur. El argumento estadounidense es débil: de la planta de coca se derivan numerosas sustancias –incluida la cocaína, pero agregándole otros aditivos, y esta es una cuestión que no se debe perder de vista– que han sido consumidas durante siglos por los bolivianos, y aún más, es la materia prima de numerosos fármacos inofensivos de primera necesidad. En palabras del dirigente Evo Morales “hablar de coca cero es hablar de cero quechuas, cero aymaras y cero guaraníes, porque para estas culturas la hoja de coca es un producto sagrado...”. Estados Unidos parece temer a sus propios fantasmas, pero del miedo se pueden concluir grandes beneficios y así ha llegado a transformar el problema interno que representa una gran cantidad de su población adicta a la cocaína en un asunto de orden geopolítico continental. De paso, se controlan los potenciales focos de insurgencia que pudiesen mermar las ganancias de las empresas extranjeras que son, en su mayoría, estadounidenses. Las demandas y movilizaciones indigenistas aparecen, de tal manera, plenamente justificadas.
Sin embargo, es claro que cualquier país que no se incorpore de manera voluntaria y entusiasta al nuevo orden económico mundial cae en una situación de aislamiento absoluto. El paradigma de la Libertad, Igualdad y Fraternidad parece haber sido desplazado por el de Democracia, Capitalismo y Libremercado. Estados Unidos, en nombre de la democracia, intenta desestabilizar cada cierto –y corto– tiempo los procesos en Venezuela y, vale la pena recordarlo, Cuba. Ambos países se encuentran fuera de lo que se considera una democracia “ejemplar”. Sin embargo, Cuba ha sido históricamente el país occidental con un mayor avance objetivo en el acceso al bienestar social, y Venezuela comienza a consolidarse en este sentido. Por otra parte, Estados Unidos ha mantenido contacto con numerosas dictaduras de facto, llegando a apoyarlas decidida y explícitamente en varias ocasiones más. No es nuestra intención enumerar aquí tales casos. El aspecto a destacar es que, al parecer, gran parte de los problemas que cada país subdesarrollado pueda tener para alcanzar un nivel de mejoría social tienen que ver en gran medida con el apoyo o boicot que el sistema integrado de relaciones globales –y capitalistas– mundial esté dispuesto a entregarles.
Bolivia, ciertamente, no es una democracia ejemplar. El país presenta índices de desestabilización institucional alarmantes. Cada cierto tiempo los presidentes sufren golpes de estado ejecutadas por militares en alianza con adversarios o ex colaboradores presidenciales. No existe, además, un consenso en torno al esquema económico a implantar, y el país redefine cada cierto tiempo su relación con el sistema económico mundial, lo cual enerva a muchos analistas. Los índices de alfabetización son escasos, y el producto interno bruto señala que el país es el más pobre de Sudamérica. Quienes han estado en territorio boliviano señalan que la geografía no representa un importante atractivo turístico. La condición primarioexportadora de la nación no ha permitido un avance sustantivo en términos de industrialización, y, desde el punto de vista liberal, ese mismo carácter rentista de la población no ha permitido la consolidación de una clase empresarial interna agresiva y eficiente. De ello se derivan también los bajos índices de bienestar social en la población. El círculo vicioso parece no tener salida, y poca esperanza de una mayor estabilización se avizora en tanto el esquema de relaciones neoliberales mundiales no demuestra demasiado interés en intentar respaldar una salida que se aparte de la ganancia fácil mediante la explotación expedita de los atractivos recursos gasíferos bolivianos.
[1] Al respecto, el caso chileno es elocuente: un país con una relativa tranquilidad que otorga a la nación una situación de excepcionalidad en lógica del subcontinente sudamericano; que adoptó de manera más o menos consensuada entre la clase política dirigente una lógica económica basada en el liberalismo y que, producto de ello, figura orgullosamente en los ránkings de los países más atractivos para el mundo empresarial en cuanto a inversiones; que presenta índices relativamente moderados de conflicto social en cuanto a demandas estructurales en comparación con otros países americanos: en suma, un país que se asume y se conforma con la consolidación del modelo neoliberal globalizado, pero que, paralelamente, tiene los mayores índices de contaminación ambiental y de individuos depresivos a nivel mundial; en el cual un esquema de privatización de las universidades permite que casi dos tercios de la población en edad estudiantil ven coartadas sus posibilidades de entrar a la universidad por falta de dinero; en donde, dada precisamente la ola privatizadora, dos niños murieron el año 1999 por la falta de un cheque en garantía en manos de sus padres y la consecuente negación de la at6ención médica; en suma: un país que si bien se enorgullece de su relativa estabilidad en todos los aspectos, no asume coherentemente que la gran masa ciudadana no tiene ningún tipo de acceso a los supuestos beneficios que el esquema económico liberal acarrea, y en donde según las más diversas encuestas los planteamientos de la clase política rara vez coinciden con las más urgentes demandas de la ciudadanía en general.
[2] Al respecto, cabe recordar que una de las principales demandas del Movimiento al Socialismo, MAS, de carácter indigenista y liderado por el diputado y ex dirigente cocalero Evo Morales, tiene que ver con la propiedad de los hidrocarburos, actualmente en manos de empresas extranjeras.
[3] Al respecto merece ser citado el caso de la empresa petrolera Repsol YPF, la cual se encuentra actualmente perforando el parque natural Isidoro Sécore, en la región de Cochabamba, el cual dado su carácter de reserva forestal se encuentra vedado para la ciudadanía. Este hecho es una muestra patente de la alianza entre el poder gubernamental de turno y las transnacionales foráneas.
El presente conflicto boliviano es la manifestación práctica de numerosos problemas sociales y políticos estructurales, propios de una nación que aún no asume –debido a causas que no estamos en condiciones de juzgar– una línea económica que represente un cierto consenso entre las diferentes clases políticas, ni menos con los sujetos movilizados en los últimos días. La estructura de la economía boliviana es de carácter fuertemente indígena campesino, y son estos mismos indígenas campesinos quienes lideran las demandas. Si a ello agregamos, además, el aspecto cultural que significa el desmedro de una población mayoritariamente indígena y campesina (de razas quechua y aymará) que ve como las decisiones de carácter nacional pasan por las manos de la minoría blanca asentada en las grandes ciudades –principalmente nortinas– del territorio, tendremos una primera aproximación a la lógica interna del conflicto. Intentaremos aquí un análisis que relacionará tales conflictos con un esquema de ordenamiento que han aplicado otros países que se encuentran en una situación de mayor estabilidad organizativa, aun cuando ello no necesariamente signifique un mayor bienestar social.[1]
En Bolivia coexisten diversos grupos diferenciados étnicamente, producto de una de las mayores concentraciones de individuos indígenas durante el período precolombino y la llegada de cauásicos mediante sucesivas olas migratorias, principalmente españolas. La clase dirigente –caucásica– mantiene el poder mediante una estrecha alianza entre el aparato militar y el empresariado y el apoyo de potencias o intereses extranjeros, llámense éstos Estados Unidos o Banco Mundial. Aun cuando el poder político se encuentra invariablemente en manos de los mencionados individuos caucásicos, la estabilidad política es un bien inexistente en Bolivia: durante el siglo XX el país ha tenido, en promedio, un presidente por año. Las desestabilizaciones estructurales parecen ser un aspecto inherente al desarrollo político boliviano, y las manifestaciones de denuncia proviene de la gran mayoría de individuos indígenas. Ahora bien, ¿Cuál es la lógica que perciben tales individuos indígenas?
La nación boliviana se caracterizó desde temprano por poseer una economía de carácter marcadamente basada en la explotación de los recursos naturales no renovables, hecho que se ve moderado durante la década de 1950, cuando las corrientes desarrollistas propias de la época en Latinoamérica comienzan a bregar por una mayor diversificación de la estructura económica. El suelo boliviano tiene amplias reservas de estaño y es la segunda mayor reserva continental de gas; la temprana y conflictiva explotación de ambos elementos detonó una larga disputa respecto de la propiedad de su explotación, la cual sepultó las posibilidades de consolidar un esquema eficiente en cuanto a la explotación y distribución de tales recursos. [2] Sin embargo, las demandas de los opositores a este esquema de liberalización de la producción gasífera no parecen en absoluto desmedidas, aun cuando no cuadran en el paradigma neoliberal ofrecido por los principales referentes económicos y políticos a nivel mundial: cabe recordar las lamentables políticas aplicadas por el mundo empresarial hacia la ciudadanía boliviana, incluyendo una interesada guerra con Paraguay que, en realidad, se trataba de un conflicto entre dos transnacionales. La ciudadanía indígena boliviana, mayoritaria, desconfía profundamente de las transnacionales y éstas no han hecho mucho por revertir tan mal prestigio. [3]
Los principales actores del conflicto, los indígenas, representados por Evo Morales, apelan a la nacionalización de la explotación de hidrocarburos y a la paulatina industrialización de tal explotación, con el consiguiente valor agregado que significaría dejar de exportar gas en bruto. Para ello, Morales propone un préstamo de naciones Unidas hacia Bolivia del orden de los 500 millones de dólares. Sin embargo, la ONU no está dispuesta a negociar tal aspecto en tanto Bolivia no demuestre concretamente un cierto grado de estabilidad política. Gran parte de la estabilidad política, por otra parte, depende directamente del tema del gas. La paradoja es evidente. Las reservas de gas continúan, mientras tanto, en manos extranjeras.
Por otra parte, Bolivia es un ejemplo de las influencias que Estados Unidos permanentemente plantea en su afán de controlar cualquier foco de resistencia, real o ficticio, hacia el modelo neoliberal. El Movimiento al Socialismo ha denunciado en numerosas ocasiones la concurrente demanda estadounidense de concluir las plantaciones de hoja de coca, que representa la primera fuente de ingresos de la mayoría de la población indígena. El ex presidente Sánchez de Losada se mostró en un primer momento de acuerdo con la medida. El argumento es su transformación en cocaína, respecto de cuyo consumo –principalmente de parte de ciudadanos estadounidenses– Estados Unidos parece tener una cruzada moralizadora. El Plan Colombia formaba parte de esta supuesta cruzada moralizadora, que según los analistas más agudos más bien tiende a justificar cualquier tipo de intervención norteamericana en América del Sur. El argumento estadounidense es débil: de la planta de coca se derivan numerosas sustancias –incluida la cocaína, pero agregándole otros aditivos, y esta es una cuestión que no se debe perder de vista– que han sido consumidas durante siglos por los bolivianos, y aún más, es la materia prima de numerosos fármacos inofensivos de primera necesidad. En palabras del dirigente Evo Morales “hablar de coca cero es hablar de cero quechuas, cero aymaras y cero guaraníes, porque para estas culturas la hoja de coca es un producto sagrado...”. Estados Unidos parece temer a sus propios fantasmas, pero del miedo se pueden concluir grandes beneficios y así ha llegado a transformar el problema interno que representa una gran cantidad de su población adicta a la cocaína en un asunto de orden geopolítico continental. De paso, se controlan los potenciales focos de insurgencia que pudiesen mermar las ganancias de las empresas extranjeras que son, en su mayoría, estadounidenses. Las demandas y movilizaciones indigenistas aparecen, de tal manera, plenamente justificadas.
Sin embargo, es claro que cualquier país que no se incorpore de manera voluntaria y entusiasta al nuevo orden económico mundial cae en una situación de aislamiento absoluto. El paradigma de la Libertad, Igualdad y Fraternidad parece haber sido desplazado por el de Democracia, Capitalismo y Libremercado. Estados Unidos, en nombre de la democracia, intenta desestabilizar cada cierto –y corto– tiempo los procesos en Venezuela y, vale la pena recordarlo, Cuba. Ambos países se encuentran fuera de lo que se considera una democracia “ejemplar”. Sin embargo, Cuba ha sido históricamente el país occidental con un mayor avance objetivo en el acceso al bienestar social, y Venezuela comienza a consolidarse en este sentido. Por otra parte, Estados Unidos ha mantenido contacto con numerosas dictaduras de facto, llegando a apoyarlas decidida y explícitamente en varias ocasiones más. No es nuestra intención enumerar aquí tales casos. El aspecto a destacar es que, al parecer, gran parte de los problemas que cada país subdesarrollado pueda tener para alcanzar un nivel de mejoría social tienen que ver en gran medida con el apoyo o boicot que el sistema integrado de relaciones globales –y capitalistas– mundial esté dispuesto a entregarles.
Bolivia, ciertamente, no es una democracia ejemplar. El país presenta índices de desestabilización institucional alarmantes. Cada cierto tiempo los presidentes sufren golpes de estado ejecutadas por militares en alianza con adversarios o ex colaboradores presidenciales. No existe, además, un consenso en torno al esquema económico a implantar, y el país redefine cada cierto tiempo su relación con el sistema económico mundial, lo cual enerva a muchos analistas. Los índices de alfabetización son escasos, y el producto interno bruto señala que el país es el más pobre de Sudamérica. Quienes han estado en territorio boliviano señalan que la geografía no representa un importante atractivo turístico. La condición primarioexportadora de la nación no ha permitido un avance sustantivo en términos de industrialización, y, desde el punto de vista liberal, ese mismo carácter rentista de la población no ha permitido la consolidación de una clase empresarial interna agresiva y eficiente. De ello se derivan también los bajos índices de bienestar social en la población. El círculo vicioso parece no tener salida, y poca esperanza de una mayor estabilización se avizora en tanto el esquema de relaciones neoliberales mundiales no demuestra demasiado interés en intentar respaldar una salida que se aparte de la ganancia fácil mediante la explotación expedita de los atractivos recursos gasíferos bolivianos.
[1] Al respecto, el caso chileno es elocuente: un país con una relativa tranquilidad que otorga a la nación una situación de excepcionalidad en lógica del subcontinente sudamericano; que adoptó de manera más o menos consensuada entre la clase política dirigente una lógica económica basada en el liberalismo y que, producto de ello, figura orgullosamente en los ránkings de los países más atractivos para el mundo empresarial en cuanto a inversiones; que presenta índices relativamente moderados de conflicto social en cuanto a demandas estructurales en comparación con otros países americanos: en suma, un país que se asume y se conforma con la consolidación del modelo neoliberal globalizado, pero que, paralelamente, tiene los mayores índices de contaminación ambiental y de individuos depresivos a nivel mundial; en el cual un esquema de privatización de las universidades permite que casi dos tercios de la población en edad estudiantil ven coartadas sus posibilidades de entrar a la universidad por falta de dinero; en donde, dada precisamente la ola privatizadora, dos niños murieron el año 1999 por la falta de un cheque en garantía en manos de sus padres y la consecuente negación de la at6ención médica; en suma: un país que si bien se enorgullece de su relativa estabilidad en todos los aspectos, no asume coherentemente que la gran masa ciudadana no tiene ningún tipo de acceso a los supuestos beneficios que el esquema económico liberal acarrea, y en donde según las más diversas encuestas los planteamientos de la clase política rara vez coinciden con las más urgentes demandas de la ciudadanía en general.
[2] Al respecto, cabe recordar que una de las principales demandas del Movimiento al Socialismo, MAS, de carácter indigenista y liderado por el diputado y ex dirigente cocalero Evo Morales, tiene que ver con la propiedad de los hidrocarburos, actualmente en manos de empresas extranjeras.
[3] Al respecto merece ser citado el caso de la empresa petrolera Repsol YPF, la cual se encuentra actualmente perforando el parque natural Isidoro Sécore, en la región de Cochabamba, el cual dado su carácter de reserva forestal se encuentra vedado para la ciudadanía. Este hecho es una muestra patente de la alianza entre el poder gubernamental de turno y las transnacionales foráneas.
Gabriela Mistral, Adventista y otras, ¿Universidades? Pongámonos serios, por favor.

"...La neutralidad frente al mundo, frente a lo histórico, frente a los valores, refleja simplemente el miedo que tiene uno de revelar su compromiso. Este miedo, casi siempre, resulta del hecho de que se dicen neutros están "comprometidos" contra los hombres, contra su humanización". "No es posible un compromiso verdadero con la realidad y con los hombres concretos que en ella y con ella están, si de esta realidad y de estos hombres uno tiene una conciencia ingenua. No es posible compromiso auténtico si, al que se piensa comprometido, la realidad se le presenta como si fuera algo dado, estático e inmutable".
Paulo Freire, "Educación y Cambio", Ediciones Búsqueda, Buenos Aires.
“Ustedes serán también los encargados de que la política, en cualquiera de sus formas, no vuelva a instaurarse en las aulas universitarias...”.
Agustín Toro Dávila, Rector de la Universidad de Chile
designado por la dictadura militar, Discursos del Rector,
Ediciones de la Universidad de Chile, 1980.
No parece ser necesario ahondar en las palabras perpetradas por quien fuera por años, para desgracia de todos, el rector de la principal universidad de nuestro país. El rechazo visceral que le produce al señor rector la adquisición pública de una opción política, y que es la opción que cualquier estudiante o persona mínimamente talentoso/a debiera tomar –independiente de cuál sea su opción política–, y que es por cierto la opción que nosotros tomamos, nos indica que no andamos totalmente descaminados en nuestras actitudes. Lo preocupante sería estar de acuerdo con una mente militar ejemplarmente vulgar.
El tema de la politización de la educación ha sido más que debatido, ciertamente por personas de bastante vuelo intelectual, y ciertamente en debates de bastante vuelo intelectual. La abstracción que ciertos sectores, en Chile históricamente identificados con la derecha política, pretenden hacer de la participación política, apuntando por el contrario a una suerte de asepsia ideológica[1] (que no es otra cosa que el mantenimiento encubierto de una opción política conservadora, excluyente y fundada en antivalores que sería largo y penoso enumerar aquí) ha dado resultados lamentables. Se critica la mediocridad general en la que ciertos sectores nacionales se encuentran sumidos, y sin embargo se toman medidas que no hacen sino perpetuar tal mediocridad: a las clases dirigentes siempre les ha favorecido que las masas consideren suficiente el pan y el circo: “Nos escandaliza el cinismo de los emperadores romanos que le daban al pueblo <>, pero ¿qué es lo que hace hoy la televisión y los llamados <>? Se creía que a medida que se ampliase la esfera privada y el individuo tuviese más tiempo libre para sí, aumentaría el culto a las artes, la lectura y la meditación. Hoy nos damos cuenta que el hombre no sabe qué hacer con su tiempo; se ha convertido en esclavo de diversiones por lo general estúpidas y las horas que no dedica al lucro las consagra a un hedonismo fácil...”[2].
En la educación el tema no anda muy alejado de lo que anteriormente se ha descrito respecto de la política. No obstante las diversas alternativas que se ofrecen en cuanto a la elección de las instituciones educacionales, es preocupante observar el tenor de algunos de tales ofrecimientos, o aún la propia lógica interna de instituciones universitarias que se presumen abiertas, pluralistas y tolerantes: “Tengo claro que la universidad Gabriela Mistral será elitista. Y hemos optado por ello, porque nos parece relevante el empezar a preocuparse de las personas que ocuparán los cargos de relevancia en la sociedad...” [3]afirmaba Alicia Romo, fundadora de lo que fue la primera universidad privada del país, en 1980. “Evitar todo acto de subversión, difamación y/o expresión de ideas o tendencias político partidistas que dividen a las personas”... “Demostrar sencillez en tu vestir, buen gusto (recato, modestia), no utilizando joyas o fantasías, aros, pendientes, collares, cadenillas, brazaletes, ilusiones, como tampoco el uso excesivo de cosméticos y pinturas, tanto dentro del plantel como en cualquier actividad en la que individual o colectivamente representes a la Institución” dice el actual reglamento de la universidad Adventista de Chile[4]. Lo preocupante no es, entonces, el que tales instituciones adquieran tales esquemas, ni el que haya alumnos dispuestos a adherir a ellos. Lo preocupante es el hecho de que tales institutos –no los llamaré universidades– se encuentren en idéntica categoría que otras universidades que sí cumplen con la calidad de ser universales.
Me he detenido en el anterior análisis porque busco graficar las diversas elecciones que un o unos organismos educacionales pudieran adoptar. Claramente, los hechos tangibles que he mencionado –el discurso de una rectora, el reglamento de un instituto– ocultan ciertas dinámicas subyacentes que configuran toda una manera de enfrentar o comprender el universo. Desde ya, la represión o el ocultamiento de manifestaciones político partidistas que dividen a las personas, y aún más, el acuñamiento de tal idea en un código escrito y público, es una manifestación política. Nada de lo que el ser humano haga o deje de hacer se encuentra fuera de la política. Según define Aristóteles: “La política no es más que la suma de todas las manifestaciones humanas...”[5]. Por tanto, siguiendo tal razonamiento, insisto en un punto central: el decir “yo no soy político...”es, claramente, una opción política. De las peores, de acuerdo, y colindante con expresiones y conceptos que han sido muy utilizados a través de la historia por los estados totalitarios, los cuales buscaban precisamente la mantención de personas sumidas en el oscurantismo más primitivo. Lo que antes se hacía por decreto (censuras, prohibiciones, expulsiones de centros de estudio o del país, etc), hoy cuenta con modelos más sofisticados: la televisión, la prensa escrita, la aceptación de patrones relativistas para calificar ciertos hechos, etc. ¿Por donde se avizora una solución, entonces?
A mi juicio, tras de toda esta espesura cultural-basural que produce el país se encuentra un hecho principal: la indiferencia individualista propia de la sociedad de consumo. Así, se es feliz mientras se compre. La conciencia ingenua, de la que habla Paulo Freire, que significa abstraerse de cualquier tipo de crítica o cuestionamiento a la condición de la sociedad actual. Y no hablo solamente de las masas: ya he dicho que me parece aberrante llamar universidad y, por tanto, atribuirles la misma cualidad a, por ejemplo, la Universidad de Chile y a la Adventista. En una sociedad de principios claros no se cae en tales relativismos. Sí se incurre en ellos en una sociedad ingenua.
La educación formal está viciada, porque viciadas están profundamente ciertas estructuras del país que la educación no hace más que representar. Ante tan irritable realidad, se debe buscar con agresividad la instauración de modelos educativos alternativos que, en primer término, no nieguen la condición de individuos integrales, con ideas, valores, críticas, errores, aros, manifestaciones políticas, manifestaciones partidistas, etc. Insisto en un punto central: el Estado, a través del Ministerio de Educación, debiera estar alerta a no categorizar de la misma manera a instituciones que tienen por objetivo la ampliación de las fronteras del conocimiento humano con otras instituciones que no tienen otro objetivo que la perpetuación continua de la mediocridad, como lo es el caso de la universidad Adventista, la Gabriela Mistral y muchas otras privadas que florecieron durante una época en la que dicha ampliación del conocimiento humano ni estaba dentro de los objetivos declarados .
[1] “Yo no soy político” señaló, por años, el principal candidato político de la derecha a la presidencia de la república.
[2] Octavio Paz, Vislumbres de la India, Editorial Seix Barral, Barcelona – España, 1995, edición del año 2001.
[3] La señora Romo dice “preocuparse de las personas que van a ocupar los cargos de relevancia en la sociedad”. Si nos fijamos con atención, está implícita la idea de que existen las personas que están destinadas a los cargos, excluyendo así la posibilidad de que otras personas puedan ocupar tales cargos. La señora Romo parece estar en exclusiva dedicación a formar a quienes, seguramente debido a los genes u otros medios de selección natural, serán quienes están sencillamente predeterminados a ejercer liderazgo en la sociedad.
[4] Una reproducción parcial del reglamento de dicha ¿universidad? se encuentra en la siguiente dirección de correo electrónico: http://www.unachile.cl/asestud/normas.htm. Personalmente, no tengo nada en contra de las diversas opciones, políticas o religiosas, a las cuales las personas adhieran. Me parece interesante, sin embargo, recalcar que pocas veces la Inquisición puede ir de la mano con el Conocimiento, como parece ser el caso de la mal llamada universidad Adventista. La definición técnica de la palabra universidad es: Universalidad, calidad de universal, de lo que se desprende que una universidad debiera representar o tender a representar y/o contener todo tipo de manifestaciones humanas, entre las cuales ciertamente podemos considerar la expresión de tendencias político partidistas o el uso de joyas o fantasías, aros, pendientes, collares, cadenillas, brazaletes, ilusiones, etc. El Ministerio de Educación debería ser bastante más en entregar la figura jurídica de universidad solamente a aquellas que lo son, y no a institutos que pretendan serlo pero que no cumplen con los estándares intelectuales ni éticos para ello.
[5] Aristóteles, Política.
Paulo Freire, "Educación y Cambio", Ediciones Búsqueda, Buenos Aires.
“Ustedes serán también los encargados de que la política, en cualquiera de sus formas, no vuelva a instaurarse en las aulas universitarias...”.
Agustín Toro Dávila, Rector de la Universidad de Chile
designado por la dictadura militar, Discursos del Rector,
Ediciones de la Universidad de Chile, 1980.
No parece ser necesario ahondar en las palabras perpetradas por quien fuera por años, para desgracia de todos, el rector de la principal universidad de nuestro país. El rechazo visceral que le produce al señor rector la adquisición pública de una opción política, y que es la opción que cualquier estudiante o persona mínimamente talentoso/a debiera tomar –independiente de cuál sea su opción política–, y que es por cierto la opción que nosotros tomamos, nos indica que no andamos totalmente descaminados en nuestras actitudes. Lo preocupante sería estar de acuerdo con una mente militar ejemplarmente vulgar.
El tema de la politización de la educación ha sido más que debatido, ciertamente por personas de bastante vuelo intelectual, y ciertamente en debates de bastante vuelo intelectual. La abstracción que ciertos sectores, en Chile históricamente identificados con la derecha política, pretenden hacer de la participación política, apuntando por el contrario a una suerte de asepsia ideológica[1] (que no es otra cosa que el mantenimiento encubierto de una opción política conservadora, excluyente y fundada en antivalores que sería largo y penoso enumerar aquí) ha dado resultados lamentables. Se critica la mediocridad general en la que ciertos sectores nacionales se encuentran sumidos, y sin embargo se toman medidas que no hacen sino perpetuar tal mediocridad: a las clases dirigentes siempre les ha favorecido que las masas consideren suficiente el pan y el circo: “Nos escandaliza el cinismo de los emperadores romanos que le daban al pueblo <
En la educación el tema no anda muy alejado de lo que anteriormente se ha descrito respecto de la política. No obstante las diversas alternativas que se ofrecen en cuanto a la elección de las instituciones educacionales, es preocupante observar el tenor de algunos de tales ofrecimientos, o aún la propia lógica interna de instituciones universitarias que se presumen abiertas, pluralistas y tolerantes: “Tengo claro que la universidad Gabriela Mistral será elitista. Y hemos optado por ello, porque nos parece relevante el empezar a preocuparse de las personas que ocuparán los cargos de relevancia en la sociedad...” [3]afirmaba Alicia Romo, fundadora de lo que fue la primera universidad privada del país, en 1980. “Evitar todo acto de subversión, difamación y/o expresión de ideas o tendencias político partidistas que dividen a las personas”... “Demostrar sencillez en tu vestir, buen gusto (recato, modestia), no utilizando joyas o fantasías, aros, pendientes, collares, cadenillas, brazaletes, ilusiones, como tampoco el uso excesivo de cosméticos y pinturas, tanto dentro del plantel como en cualquier actividad en la que individual o colectivamente representes a la Institución” dice el actual reglamento de la universidad Adventista de Chile[4]. Lo preocupante no es, entonces, el que tales instituciones adquieran tales esquemas, ni el que haya alumnos dispuestos a adherir a ellos. Lo preocupante es el hecho de que tales institutos –no los llamaré universidades– se encuentren en idéntica categoría que otras universidades que sí cumplen con la calidad de ser universales.
Me he detenido en el anterior análisis porque busco graficar las diversas elecciones que un o unos organismos educacionales pudieran adoptar. Claramente, los hechos tangibles que he mencionado –el discurso de una rectora, el reglamento de un instituto– ocultan ciertas dinámicas subyacentes que configuran toda una manera de enfrentar o comprender el universo. Desde ya, la represión o el ocultamiento de manifestaciones político partidistas que dividen a las personas, y aún más, el acuñamiento de tal idea en un código escrito y público, es una manifestación política. Nada de lo que el ser humano haga o deje de hacer se encuentra fuera de la política. Según define Aristóteles: “La política no es más que la suma de todas las manifestaciones humanas...”[5]. Por tanto, siguiendo tal razonamiento, insisto en un punto central: el decir “yo no soy político...”es, claramente, una opción política. De las peores, de acuerdo, y colindante con expresiones y conceptos que han sido muy utilizados a través de la historia por los estados totalitarios, los cuales buscaban precisamente la mantención de personas sumidas en el oscurantismo más primitivo. Lo que antes se hacía por decreto (censuras, prohibiciones, expulsiones de centros de estudio o del país, etc), hoy cuenta con modelos más sofisticados: la televisión, la prensa escrita, la aceptación de patrones relativistas para calificar ciertos hechos, etc. ¿Por donde se avizora una solución, entonces?
A mi juicio, tras de toda esta espesura cultural-basural que produce el país se encuentra un hecho principal: la indiferencia individualista propia de la sociedad de consumo. Así, se es feliz mientras se compre. La conciencia ingenua, de la que habla Paulo Freire, que significa abstraerse de cualquier tipo de crítica o cuestionamiento a la condición de la sociedad actual. Y no hablo solamente de las masas: ya he dicho que me parece aberrante llamar universidad y, por tanto, atribuirles la misma cualidad a, por ejemplo, la Universidad de Chile y a la Adventista. En una sociedad de principios claros no se cae en tales relativismos. Sí se incurre en ellos en una sociedad ingenua.
La educación formal está viciada, porque viciadas están profundamente ciertas estructuras del país que la educación no hace más que representar. Ante tan irritable realidad, se debe buscar con agresividad la instauración de modelos educativos alternativos que, en primer término, no nieguen la condición de individuos integrales, con ideas, valores, críticas, errores, aros, manifestaciones políticas, manifestaciones partidistas, etc. Insisto en un punto central: el Estado, a través del Ministerio de Educación, debiera estar alerta a no categorizar de la misma manera a instituciones que tienen por objetivo la ampliación de las fronteras del conocimiento humano con otras instituciones que no tienen otro objetivo que la perpetuación continua de la mediocridad, como lo es el caso de la universidad Adventista, la Gabriela Mistral y muchas otras privadas que florecieron durante una época en la que dicha ampliación del conocimiento humano ni estaba dentro de los objetivos declarados .
[1] “Yo no soy político” señaló, por años, el principal candidato político de la derecha a la presidencia de la república.
[2] Octavio Paz, Vislumbres de la India, Editorial Seix Barral, Barcelona – España, 1995, edición del año 2001.
[3] La señora Romo dice “preocuparse de las personas que van a ocupar los cargos de relevancia en la sociedad”. Si nos fijamos con atención, está implícita la idea de que existen las personas que están destinadas a los cargos, excluyendo así la posibilidad de que otras personas puedan ocupar tales cargos. La señora Romo parece estar en exclusiva dedicación a formar a quienes, seguramente debido a los genes u otros medios de selección natural, serán quienes están sencillamente predeterminados a ejercer liderazgo en la sociedad.
[4] Una reproducción parcial del reglamento de dicha ¿universidad? se encuentra en la siguiente dirección de correo electrónico: http://www.unachile.cl/asestud/normas.htm. Personalmente, no tengo nada en contra de las diversas opciones, políticas o religiosas, a las cuales las personas adhieran. Me parece interesante, sin embargo, recalcar que pocas veces la Inquisición puede ir de la mano con el Conocimiento, como parece ser el caso de la mal llamada universidad Adventista. La definición técnica de la palabra universidad es: Universalidad, calidad de universal, de lo que se desprende que una universidad debiera representar o tender a representar y/o contener todo tipo de manifestaciones humanas, entre las cuales ciertamente podemos considerar la expresión de tendencias político partidistas o el uso de joyas o fantasías, aros, pendientes, collares, cadenillas, brazaletes, ilusiones, etc. El Ministerio de Educación debería ser bastante más en entregar la figura jurídica de universidad solamente a aquellas que lo son, y no a institutos que pretendan serlo pero que no cumplen con los estándares intelectuales ni éticos para ello.
[5] Aristóteles, Política.
2006: Brasil. Río de Janeiro. Copacabana. Rolling Stones.

I.
No me fue grato el permanecer tres días arriba de un bus con un aire acondicionado que, de verdad, hacía que se congelaran todos los fluidos de tu cuerpo; ni me fue grato el saber que salía de Chile con la plata justa y, con seguridad, un poco menos; ni tampoco me fue grato tener que omitir que mi viaje del verano sería hasta allá, ya que la idea original era arrancar en solitario y no con amigos-colados-pegotes que de enterarse de lo irracional del proyecto, en el mejor de los casos, utilizarían todos los medios para intentar que abortaras (por cierto, en cuanto a lo irracional del proyecto no les faltaría razón) o, en el peor de ellos, se sentirían iluminados por un momento y harían lo posible por llegar conmigo hasta mi destino. Si ya cuesta manejar los problemas propios –falta de dinero, de preparación, de conocimiento del idioma, de los precios, de la disponibilidad de alojamiento, etc...– hubiese sido doblemente complicado abarcar, además, problemas ajenos (los amigos que posiblemente querrían ir conmigo no responden precisamente al nombre de viajeros, sino más bien de turistas. Neófitos, abstenerse). Pero por otra parte el asunto tenía sus gracias; Brasil; las playas y sus mujeres, tan dispuestas según el mito universal; la aventura por primera vez hacia un país desconocido, mítico; Río de Janeiro y, más específicamente, Copacabana y los Rolling Stones, que me esperaban al final de mi recorrido. Si resultaba, el sueño del pibe. Así fue entonces como me encontré arriba de un bus que se congelaba por dentro y hervía por fuera, con tres días de viaje por delante, con la plata justa –y con seguridad un poco menos–, omitiendo conscientemente mi verdadero destino, y sin conocimiento del idioma ni de los precios ni de la disponibilidad hotelera ni de nada de lo que me esperaba pero, por cierto, muy bien apertrechado con varios CD de los músicos que provocaron este atentado en contra del sentido común. Debe ser que el mejor homenaje que uno le puede dar a los Rollings es el de hacer cosas que parezcan carentes de sentido para el mundo pero que tengan sentido para uno mismo, como tantas veces lo hicieran ellos. Ya me estaba empezando a creer el cuento.
En su momento, algo de preparación pre-viaje intenté tener; numerosas páginas de internet ofrecían información respecto de los alojamientos, y especialmente acerca de su disponibilidad y sus precios; como alumno aplicado, incluso, en algún momento tuve una carpetita con todos los datos habidos y por haber: por muy viajero que uno se sienta, nada se deja al azar sin sentido. La filosofía de los viajeros indica que tienes que poder hacer frente a cualquier circunstancia, pero resulta torpe intentar fabricarse artificialmente circunstancias difíciles cuando, sin duda alguna, éstas se producirán tarde o temprano mientras viajas. Así es que ahí estaba yo, muy ufano con mi carpetita y trabajando tenazmente durante los días anteriores a la fecha que escogí como mi salida (exactamente un día 11 de febrero), para alcanzar a juntar algo más de fondos. Hasta el momento, todo estaba muy bien: dinero suficiente, mi vieja mochila lista, ideas supuestamente claras acerca del clima y, por tanto, del equipaje que debía llevar y, especialmente, la intención de reservar por lo menos una semana antes vía internet una cama en algún lugar, ya que –según se observaba en la red– aun había tiempo más que suficiente. Todo perfecto. Demasiado perfecto. Quizá el cielo castiga a quienes somos un poco impíos; en mi caso, me castigó: cerca de diez días antes de mi viaje se produciría el descalabro (descalabro solamente para los efectos de la planificación de mi viaje, que no se malentienda). Una pareja de amigos santiaguinos, hermanos de muchas batallas anteriores, me avisaron que deseaban salir de su ciudad y permanecer algunos días en el sur y que, precisamente, habían pensado que yo los podía recibir. Mientras halábamos por teléfono, dudé unos instantes… Qué lamentable: es que precisamente en esos días… Por supuesto, los chicos son gente altamente sensata y ningún reparo pusieron cuando yo, persona sensata, les dije que “lamentablemente justo ahora me es difícil, por cuanto tengo proyectado un viaje en una semana más y estoy juntando fondos y además me encuentro realizando los preparativos y etc. etc. etc…” “Pues muchas gracias… ¡allá vamos!” los escuché despedirse por el teléfono porque, por supuesto, mi sensatez no llegaba al punto de decirle a una pareja de amigos que no podían venir a mi casa a causa de un mísero viaje a Brasil a ver a los Rolling Stones. “¿Podemos llegar a tu casa? Si no puedes, no hay problema…” “Los espero con los brazos abiertos”, fue lo último que les dije. ¿Y mis preparativos? Eso podía esperar.
Sucedió que los preparativos continuaron esperando para siempre. Y ahí estábamos: en el terminal Alameda de Santiago, ellos ya de vuelta de su viaje hasta mi casa y yo viajando con ellos con el tiempo justo para tomar el bus Santiago-Sao Paulo, con mi carpetita ya desaparecida hacía días y sin haber alcanzado siquiera a reservar una habitación o lo que fuera, con la mochila repleta de ropa apta para el frío cordillerano –veníamos del frío de mi casa en la cordillera, que no presenta precisamente una sensación térmica muy parecida a la de Río de Janeiro– y con una merma de aproximadamente un 40% en mi economía, producto de todo el jolgorio propio de los días recién pasados. De lo que aconteció durante todo ese jolgorio no es una historia que deba ser narrada aquí.
Nunca había encontrado tan largos tres días en la vida. Con la distancia, y sacando cuentas, observé que la estadía en el bus constituyó en sí misma otro viaje; alguna vez alguna empresa de turismo deberá inventar unas vacaciones que consistan íntegramente en permanecer arriba de un bus recorriendo hasta el fin del mundo. No tiene sentido, pero en el mundo hay demasiadas cosas que no tienen sentido. El hecho es que durante esos tres días alcanzamos a compartir experiencias con varios de los que viajaban igual que yo. La mayoría, hasta Florianópolis o, máximo, Curitiba: dos días de viaje y no tres. Solo dos personas más llegaban, al igual que yo, hasta Sao Paulo: una pareja de ancianos y una chica algo mayor. En ambos casos, la razón del viaje en bus se debía a la imposibilidad de haber encontrado un boleto aéreo: nunca se plantearon como primera prioridad realizar ese viaje en bus. Yo cada vez me iba sintiendo más bicho raro.
En el intertanto, al interior del bus el mundo y el tiempo seguían su curso: ya se habían producido dos borracheras, una pelea, experiencias parcialmente sexuales varias, miles de conversaciones intrascendentes y otras no tanto, intercambio general de mails, un concurso de miss piernas, un desmayo controlado a tiempo y un estado de agripamiento general. No diré aquí los nombres de quienes alcancé a conocer, pero terminamos algo hermanados –aun cuando ellos y ellas bajaron en Florianópolis y nos despedimos para siempre– debido a la permanente sensación de que el mundo desfilaba sin descanso entre nosotros. Fueron tres días durante los cuales deben haber subido al bus cerca de 120 personas; en cada ciudad del camino, bajaban algunos y subían otros. Debe haber sido lo más parecido a la vida que he visto en mi vida. Así es que los que llevábamos ya más de dos días éramos unos veteranos, y quedé para siempre con la impresión de que eso, señores, une a cualquiera.
La llegada a Sao Paulo me tranquilizó. Ya sentía que había cumplido parte de la meta y podía respirar tranquilo. En el terminal es posible comprar a la mano los boletos hasta Río; a esa altura, lo único que quería era llegar a mi destino sin más demora. Deben haber sido, aproximadamente, las 16:00 horas. El boleto que compré ahí mismo hasta Río era hasta las 21:00. "El señor Eduardo Andrés Pérez Arroyo tiene el asiento 35" oi decir por la ventanilla. Contaba, por tanto, con 5 horas disponibles, las cuales no deberían hacerse muy tediosas en el terminal dada la cantidad de gente de todos los lugares del mundo que pasaban. Decidí permanecer leyendo y observando, y con una cerveza fría en la mano; el tiempo debía pasar sin sobresaltos, porque nunca hay que sobresaltarse mientras se tenga una cerveza fría en la mano. No sé si fue la cerveza o yo mismo, pero en un momento pensé… “cómo no voy a conocer aunque sea un par de horas esta ciudad”… pensamiento que fue rápidamente desechado. En el terminal, por lo demás, debía aprovechar la posibilidad de ducharme, cuestión que luego de tres días de viaje con apenas un par de lavados incómodos en las miles de gasolineras del camino, el cuerpo agradecería. Había que aprovechar el tiempo; en una de esas, luego de la ducha quizá contaría con un par de horas para avanzar una o dos estaciones de metro, nada muy lejano, para poder volver rápidamente al terminal en caso de emergencia. Pero una vez que hube decidido todo esto y, en consecuencia, comencé a caminar decididamente hasta las duchas del terminal, observé las puertas del metro abriéndose y recibiendo una cantidad de gente que uno solamente pensaba que podía existir en lugares como Tokio; mi tendencia al descalabro producto de querer siempre experimentar las ciudades desde el punto de vista de la cotidianeidad –que a veces puede ser bastante incómoda– pudo más que el deseo de administrar eficientemente el tiempo, y ahí me encontré de pronto, en el metro de Sao Paulo atestado de gente, con mi mochila aun a cuestas y la espalda adolorida., recorriendo estación tras estación y sin decidirme a bajar en ninguna. Finalmente, cuando creí que me había alejado lo suficiente del terminal, salí a conocer la luz.
El problema fue el regreso. Ya eran las 19:30 cuando decidí que eran suficientes tantos edificios, oficinas, oficinistas, tráfico, y gente. Mucha gente. Ya había visto Sao Paulo por un rato, e incluso había alcanzado a conversar con una chica bastante simpática a la que le compré cigarrillos en un quiosco en plena Avenida Paulista. Ella fue la que, quizá inconscientemente, me convenció de volver al terminal, cuando le expliqué que andaba recorriendo la ciudad pero tenía que volver a la estación Tiete para abordar un bus a Río en 1 ½ hora; “¿Tu crees que alcanzarás a llegar?” observó, como pensando en lo absurdo que puede llegar a resultar un ser humano. Mi mente de santiaguino estándar –aun cuando soy del sur de Chile viví seis años en Santiago– tenía contemplado un trayecto de metro de no más de una hora; admito que, al oír el cometario de la chica, en un segundo comprendí la situación y se relajaron todos los músculos de mi cuerpo y estuve casi a punto de caer. Fue una reacción instintiva: en realidad el asunto no era tan preocupante, ya que si perdía el bus perfectamente podía esperar el siguiente, aun cuando ello significaría otra merma en mi ya más que escuálido presupuesto.
El problema, entonces, fue el regreso. La chica, por supuesto, tenía razón. Yo creí que ya había visto lo que era un atochamiento en el metro; pero esta vez, el asunto tenía ribetes inhumanos: las personas con algún niño en brazos o con una cartera o cualquier otro tipo de bolso que les significara un pequeño espacio extra se descartaban a sí mismas, en un curioso proceso de selección natural. Nadie cedía; nadie intentaba hacer un espacio para que otros pudieran subir; no por falta de solidaridad: el asunto, simplemente, se escapaba de las manos. Miré mi mochila, nada pequeña, y de nuevo me sentí como ya me había sentido anteriormente durante este viaje y como volvería a sentirme en varias ocasiones más. Nunca he vuelto a ver un metro de esa manera, nada extraño, por lo demás, en una ciudad que tiene casi la misma población que Chile entero. Santiago es, definitivamente, una taza de leche.
Luego de cuatro intentos infructuosos y ya con una actitud bastante más agresiva en cuanto al espacio y con dos botellas de agua y una cajetilla de cigarrillos y el polerón que colgaba de la mochila desaparecidos para siempre, pude abordar el metro en la estación Consolaçao y, luego del transbordo de rigor en Ana Rosa, llegar a mi destino en la estación de Tiete a siete minutos de la salida de mi bus en el Rodoviario, el que, por cierto, comenzó su recorrido rigurosamente a la hora establecida, cuestión que a un chileno no deja de sorprender. (Nunca me duché; pero por respeto al género humano, no entraré en detalles al respecto).
Debo confesar que a esa altura de mi viaje, si bien el entusiasmo respecto de lo que me esperaba se mantenía incólume, el cansancio comenzaba a pasarme la cuenta. El bus Sao Paulo-Río iba casi vacío, a no ser por dos hombres solos que notoriamente no hacían el viaje por vacaciones, pero que conversaban tan animadamente como si lo estuvieran (siempre he pensado: ¿qué se sentirá vivir y trabajar en ciudades como Río de Janeiro, Niza, Cannes, o Praga o Nueva York? Los chilenos supuestamente miramos con envidia a Buenos Aires; los bonaerenses, me imagino, a su vez se proyectarán en otras ciudades aun más primordiales, en una escalada sucesiva hasta llegar a las que quizá podaríamos considerar las grandes capitales del mundo: ¿hacia donde miran los cariocas, los neoyorquinos, romanos, parisienses o los malditos londinenses? ¿Qué sensación te provoca vivir y trabajar en Ipanema o Copacabana, o Manhattan o la Costa Azul, en donde –sin tomar en cuenta los días en que efectivamente trabajas– parece existir una fiesta interminable y llegan viajeros de todo el mundo a visitar tu ciudad y puedes participar de ese jolgorio invitándolos a tu casa y terminar en lo que sea sin moverte de tu escritorio? Acepto respuestas) y una pareja de novios alemanes con tablas de surf incluidas y con los cuales apenas nos entendimos en un inglés digno de Tarzán. Pude contar con el espacio suficiente, por tanto, para estirarme a mi antojo en los cerca de cuarenta asientos que quedaban disponibles escapando un poco del hielo que se filtraba por entre las rendijas del aire acondicionado (de verdad es serio el asunto ese del aire acondicionado, y es algo que se debe tomar en cuenta a la hora de viajar a países de clima cálido). Dormí la mayor parte del camino y me despertaron unos quince minutos antes de llegar: a esa altura irremediablemente agripado para siempre, lo cual sumado al calor que te provoca una pesadez y una sudoración intensa apenas bajas del bus y pisas la losa del terminal, terminó por hacerme acordar de las peripecias del Inspector Clouseau en cualquiera de sus películas. La Ley de Murphy en su máximo esplendor, y yo su estandarte universal.
El terminal Rodoviario de Río de Janeiro se aleja bastante de la postal típica que uno tiene de la cidade maravillosa. De partida, se encuentra bastante alejado de los sitios turísticos, léase Leblón-Ipanema-Copacabana-Redentor-Pan de Azúcar. La geografía urbana del casco antiguo es absolutamente diferente a la de dichos sectores, y sus construcciones dan más la impresión de un pasado esplendoroso venido a menos que de la pujanza arquitectónica de las moles de cemento modernas, tan propias del éxito financiero actual. En cada edificio semiabandonado y derruido se puede apreciar la antigua pompa del sector, hecho que coincide absolutamente con los años de ostentación de la antigua parte de la ciudad (recordemos que desde 1764 Río fue la capital del país, hasta la creación de Brasilia en 1960). Río es por excelencia la ciudad de los contrastes. Maravillosa, pero de contrastes tan pronunciados como no he visto jamás en Montevideo ni en Buenos Aires ni en Santiago de Chile, ni –menos– en La Habana de Fidel (confieso que no he visitado Ciudad de México, en donde según cuentan, el asunto es parecido). Ya tendría tiempo de corroborar aquello más adelante; por lo pronto, eran cerca de las 5 de la mañana y decidí, esta vez con algo de cordura, permanecer en el lugar hasta que comenzara a esclarecer. El terminal semivacío, la oscuridad de la calle, el comercio cerrado, los numerosos mendigos que se observaban, una poco amable disposición de la policía y, supongo que principalmente, mi aguda crisis broncopulmonar que ya comenzaba a producirme estragos me ocasionaron una sensación parecida al desconsuelo. Los turistas alemanes con los que había llegado hacía un rato eran esperados por quienes los recibirían en Río, y su imagen abordando alegremente un taxi bien acompañados contribuyó a reafirmar mi sensación. A esa altura ya estaba comenzando a maldecirme interiormente por el hecho de haber venido solo, sin dinero y sin contactos de ningún tipo a miles de kilómetros de distancia, y aunque ahora creo que esa sensación pasajera se debió a mi lamentable estado de salud, durante ese instante el asunto pintaba internamente de carácter mucho más serio. El azar, quizá, vendría nuevamente a tenderme una mano: saqué del bolsillo de mi mochila el reproductor de CD, olvidado desde hacía por lo menos cuatro días desde aquellos lejanos tiempos en que nos encontrábamos con mis amigos santiaguinos en mi casa en la cordillera de Chillán. No me acordaba de qué música era la que había quedado puesta, y para el caso tampoco era demasiado relevante. Lo prendí; al acercarme los auriculares, sonaron repentinamente y a un volumen por sobre lo razonable los acordes de Start Me Up… entonces, hízose la luz en mi cerebro: Río, Copacabana, los Rolling Stones… no sé qué tengo –me han dicho muchas veces– que mis momentos de mayor gravedad son bruscamente reemplazados por un repentino y algo irracional optimismo, no sé si a causa de fortaleza o irresponsabilidad… el caso es que rápidamente me incorporé y en ese momento decidí sentirme parte de una historia memorable, de mi propia historia que yo mismo podía transformar en memorable si es que así lo resolvía; caminé hasta una de las duchas; después decidí premiarme con un desayuno parecido a un banquete; acudí a una farmacia cercana en busca de lo mejor que hubiese para el romadizo y la fiebre; ordené cuidadosamente mi mochila y el dinero que llevaba distribuido en varias partes, lo cual además me permitió hacerme una idea más concreta de mi verdadera situación; salí a la calle decidido a abordar el primer ómnibus en dirección a Ipanema o Copacabana; y, en una especie de ritual (después de haberme duchado y desayunado y comenzando a sentir que nuevamente volvía a la normalidad, y el tedio anterior daba paso rápidamente a una sensación cercana a la seguridad), elevé el volumen de mi walkman a niveles estratosféricos. No había atravesado un continente entero para venir deprimirme, y al esclarecer Río de Janeiro ya empezaba a vislumbrarse de manera un poco más resplandeciente.
II.
Una prima me había dicho que Brasil era un de los países más baratos del continente. Mis experiencias previas en Buenos Aires, en donde efectivamente para los chilenos existe una amplia ventaja a la hora del cambio monetario, y en La Habana, en donde cualquiera de nosotros es millonario, y el comentario generalizado de que Chile es el país más caro de América del Sur, me hicieron creerle sin cuestionamientos. Ella había andado el año anterior por Florianópolis: la comida se vende por kilo, me dijo, y también me dijo que hay una sobreoferta de alojamiento tal que da para regodearse; que en caso de que conozcas a alguien de allá, tendrás el problema de la alimentación resuelto dada la abundancia de frutas y pescados que se dan naturalmente. Que la cachaça, barata y profusa. Que los brasileños son muy abiertos y hospitalarios y no te dejarán botado si es que alguna vez tienes problemas de dinero o de lo que sea. ¡Viva Brasil! Con buenas palabras quien no entiende, ¿no? En una actitud muy propia de un chileno provinciano, me sentí feliz con todos estos datos. “Brasil es barato”, se repetía la frase en mi cabeza. Lo que mi prima jamás me dijo, ya que tampoco tenía por qué hacerlo, es que Florianópolis no es Río de Janeiro, y que Brasil no es Chile: si bien en mi país los precios en todo el territorio pueden encontrarse a niveles relativamente estandarizados –excepción aplicable a la Isla de Pascua que, como todos sabemos, de chilena no tiene más que el gentilicio–, no se debe olvidar que un país como Brasil puede perfectamente equivaler a un continente entero y, por tanto, la oscilación de todo tipo –climática, cultural, de precios, etc.– es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de visitarlo. Fue una situación hermosa: mi presupuesto me aseguraba ampliamente el consumo inmoderado de cachaça de la mejor calidad según me apresuré en averiguar apenas salí del Rodoviario, pero en ningún caso un acceso relativamente decente al alojamiento y la alimentación. Un chileno provinciano piensa que todo el mundo es como cualquier provincia del interior de Chile; yo creo que a varios provincianos chilenos habría que soltarlos un par de días en Río de Janeiro para despabilarlos y ver como se las arreglan sin datos de alojamiento o alimentación, empezando por mí mismo, por cierto, que ya pronto debería comenzar a despabilarme forzosamente.
Apenas hubo aclarado lo suficiente decidí que era hora de agarrar la mochila y largarme a recorrer la ciudad, principalmente para aprovechar el día para buscar algún alojamiento accesible. Jamás se me ocurrió preguntar en la zona cercana al Rodoviario acerca de posibles lugares en donde quedarse a dormir; repito que el paisaje que rodea al terminal no es de los más acogedores. En un portugués que me salió del alma y –por supuesto- de una falsedad fabulosa pude darme a entender ante el policía a quien pregunté por la locomoción para llegar a Copacabana; mi decisión apenas me había sentido un poco mejor había sido arribar directamente a Copacabana antes que cualquier otro recorrido; afortunadamente, según comprobaría más tarde, esta vez acerté. El policía brasileño, respondiéndome en un portugués que le salió del alma, me explicó detalladamente como abordar el bus correspondiente (por supuesto, jamás le entendí nada de lo que me dijo y sus palabras se perdieron para siempre, pero afortunadamente en Brasil aun se usa el alfabeto occidental y los letreros de los autobuses son legibles para una persona medianamente alfabeta como yo pretendo serlo: después de todo lo que había visto y aun falto de sueño y con el cansancio acumulado no me hubiese extrañado encontrarme con que los brasileños escriben en cirílico) y en un momento pude por fin sentarme en uno de ellos y esperar lo que viniera.
Por fortuna, en Santiago de Chile el transporte es un caos solamente comparable al de Río y así cualquier chileno se encuentra curtido en cuanto a los avatares que se suceden en los recorridos; después de miles de interminables vueltas por los lugares más recónditos que el alma humana puede llegar a imaginar, algo parecido a una zona de playas comenzó a ser visible en el horizonte. Diré que mientras me encontraba sentado en el bus una chica carioca –según intuí por la soltura con que llevaba un bikini a las 8 y algo de la mañana– me sonrió varias veces, cuestión nada extraña si pensamos que el bus se encontraba semivacío y los únicos pasajeros éramos algunas señoras de edad y yo, con mi inconfundible cartel de turista; aclaro que jamás me he ufanado de mis aventuras héteros ni ahora pretendo hacerlo, pero he quedado para siempre con la sensación de que la chica carioca intentaba acercarse a conversar mientras yo, honrando mi condición de chileno que había atravesado un continente y se encontraba cansado, somnoliento, hambriento, agripado, confuso y aletargado, no presté mayor atención. Debía buscar alojamiento, caramba; pero una agradable sensación de haber comenzado a ser parte del ajetreo interno de la ciudad y de que ésta paulatinamente me iba aceptando como uno más de sus hijos descarriados me invadió. Definitivamente, Río de Janeiro empezaba a vislumbrarse de manera más resplandeciente.
Bajé a Copacabana cerca de las nueve de la mañana. Muy poca gente se avistaba en el borde costero, a no ser algunos individuos de todas las edades, razas y condiciones sociales que trotaban a una hora en que, por lo general, con mis congéneres chilenos venimos llegando luego de las cervezas. La vista de los trotadores matutinos era algo sorprendente: nunca he sentido inclinaciones homoeróticas, pero debo reconocer que me impresionó la contextura física de muchos de ellos; alguna vez en Cuba había visto algo parecido, pero mi impresión es que los cubanos en general son más inocentes acerca de sus virtudes corporales ya que, por regla, siempre están ocupados en asuntos más primordiales como para ostentarse conscientemente con coquetería; y en mi país, por otra parte, el culto al físico es cauteloso y llevado a cabo solamente por un mínimo porcentaje de la población y en general dentro de aburridos y discretos gimnasios. En Río, en cambio, se sabe que además de cultivar el físico la idea es ofrecerlo y exhibirlo sin complejos, como sin complejos se ofrecían y exhibían en todo momento individuos e individuas que uno solamente creía que existían en la pantalla de los cines; no dejó de sorprenderme el no ver mujeres ejercitándose en ese momento, pero para algarabía de la condición humana pronto aquello comenzaría a cambiar. Mientras, con mi pesada mochila repleta de ropa invernal yo llevaba a cabo mi propio acondicionamiento físico.
Debo haber caminado unos diez kilómetros, según más tarde pude averiguar. Nunca una carpetita de datos habría sido mejor compañía para un ser humano; la mía, ya extraviada hacía siglos, no me permitió impedir un recorrido desordenado por los diferentes hospedajes que alguna vez había visto en la red; sin datos, mi ruta no dependía más que del azar. Apenas divisaba algún tipo de aglomeración callejera, especialmente juvenil, allá corría con la bovina esperanza de encontrar alguna hospedería o cualquier lugar por el estilo. Fue así como descubrí que, en dos ocasiones, el motivo de dichas aglomeraciones no era otro que un par de chicas muy voluptuosas que habían decidido desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis, para deleite mío y de todos los sujetos que alcanzamos a observarlas a la salida del bar en el que se encontraban, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo siempre en cualquier lugar del mundo en el que un par de chicas decidan desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis; la apacible vista que tuve en esos momentos -y que se hacía cada vez más permanente dado que a esa hora comenzaba el ajetreo diario de la playa de Copacabana- no solucionaba, sin embargo, mi problema de alojamiento que era lo que realmente debía importar. Sólo un refresco, y otra vez la sensación de que ya me estaba definitivamente instalando en Río de Janeiro.
No sé en qué momento atravesé por la Avenida Atlántica hacia la playa en donde decidí seguir mi recorrido hacia la zona sur, a Leblón e Ipanema. De entre los recuerdos que conservaba de mi antigua carpetita ya perdida hacía siglos estaba seguro de haber leido algo de que en la zona de Ipanema se encontraban los hospedajes más accesibles para un mochilero, cuestión que iba pareciendo cada vez más evidente al observar la fastoisidad de los hoteles y departamentos (la mayoría vacíos, como durante gran parte del año) de la playa de Copacabana; como mochilero estándar -y aun menos que eso- no había más que huir de ahí, asunto al cual me dispuse. En algún momento me crucé con toda una algarabía de máquinas y obreros que montaban una especie de andamio gigantesco en la playa y el ruido era, de verdad, por momentos bastante desagradable; ya iba a atravesar nuevamente la avenida alejándome de tan inoportuno descubrimiento cuando se hizo la luz en mi cerebro: Copacabana, idiota; el ajetreo que ves es el montaje del escenario sobre el que ofrecerán su recital los Rolling Stones (recordemos que aun no había dormido más de tres horas seguidas desde hacía por lo menos cuatro días). Ahí estaba el epicentro de la ciudad por esos días y la verdadera razón de que yo estuviera en ese momento a tal distancia física de mi casa, perdido en el mundo y tragado por una ciudad de más de diez millones de habitantes. Nunca he sentido de verdad problema alguno en viajar solo por cualquier parte y cuando lo he hecho en general no me cuesta gran cosa integrarme con la gente, pero confieso que una de las veces en mi vida en que realmente hubiese preferido compartir la experiencia fue ante la vista de aquel imponente armazón, aun sin forma definida, que se asemejaba a un gigantesco esqueleto de animal marino varado en la arena de la playa (¿has sentido la necesidad de comunicarle algo a alguien? Tu primera experiencia sexual a los amigos o amigas de colegio –o de universidad, para los más píos–; alguna vez en que realizaste la buena acción del mes y ésta fue bruscamente malentendida por todos y finalmente te apuntaron con el dedo; una brillante exposición en clases a la cual coincidentemente asistió muy poca gente; etcétera. Supongo que todos hemos sentido alguna vez esa necesidad y la consiguiente melancolía de no contar con ningún cercano ante quien descargarse). El molesto ruido de hacía un instante atrás era reemplazado abruptamente por la sensación de estar comenzando a asistir a algo grande de verdad, y previsiblemente sentí en ese momento la necesidad de contar a alguien que ese era el escenario sobre el cual tocarían los Rollings, que los Rollings junto con los Beatles son en realidad los verdaderos inventores del rock, que este viaje era en realidad la consecuencia lógica de miles de conversaciones sobre rock, viajes y literatura llevadas a cabo en épocas de mi vida ya remotas; que mi propia historia personal con los Rolling contemplaba, entre miles de situaciones más, el que hablando precisamente de Mick Jagger y Satisfaction comenzamos a conocernos con una chica con la que más tarde compartiríamos largos años; que ya hacía décadas, alguna vez en una playa cerca de mi ciudad de origen nos hermanamos para siempre con un amigo ya muerto mientras entonábamos, ebrios hasta el escándalo, a los Beatles y los Rolling Stones; que… me emocioné, jóvenes, se los juro, aunque ahora sé que no fue exactamente ante la vista de aquel armazón de fierros sino ante la acumulación de recuerdos de demasiados estímulos en tan poco tiempo para digerirlos. Por muy autosuficientes que seamos, a veces de verdad nos hace falta alguna otra alma dispuesta a observar lo mismo que observamos nosotros, y la persona que no ha percibido aquello no se encuentra completa aún. (En ningún momento me llegué a sentir mal, sin embargo: fue una especie de conciencia real acerca de la trashumancia, de la levedad humana, de las acciones propias, de la soledad, de la falsedad de la sensación de que todo ante nuestro alrededor es infinito cuando la realidad indica justamente lo contrario: ¿cuántas veces en tu vida asistirás nuevamente a un concierto del mejor grupo del mundo en una playa desconocida en vivo pero en tu inconsciente primordial desde siempre? ¿Cuantas veces en tu vida asistirás al inicio de las obras que concluirán en la ejecución del epicentro de lo que será la fiesta que está por venir? ¿Realmente cuántas veces más observarás los rayos de sol colándose por entre los tubos de metal? ¿Cuántas veces más, siquiera, te detendrás a observar la salida del sol? No serán muchas veces más, si lo piensas bien; aun así, tenemos la sensación de que todo en el mundo es ilimitado). Que divertido descalabro puede llegar a provocar un armazón de fierros parecido a un esqueleto marino, como para ilustrar a los que aun ignoren las bondades del arte conceptual. El esqueleto se encontraba, además, frente al Hotel Copacabana Palace, en donde yo sabía de antemano que se hospedarían los Rolling Stones (y que es por cierto el más exclusivo de la ciudad), lo cual confirmó mi seguridad de que ese era el sitio correcto. Como un niño en un momento dejé la mochila en el suelo y corrí para alcanzar a tocar los fierros antes de que me corrieran del lugar “por si más tarde no tengo la posibilidad de hacerlo”, como creo que pensé entonces. Todo ese momento fue parte de un rito personal paciente e interno, como ritos personales todo el mundo tiene y solamente uno mismo está en condiciones de entenderse. Dicen que entenderse solo es el primer paso para comenzar a volverse loco.
Cerca de las cuatro de la tarde pude finalmente encontrar una hospedería que se ajustara a mis escuálidos bolsillos mochileros. Ya antes había tenido que renunciar definitivamente al azar y, en un homenaje a épocas recientes más ordenadas, entré en un cibercafé y visité las mismas páginas que ya había visitado en mi país hacia aproximadamente dos siglos y que componían la información que alguna vez estuvo contenida en mi carpetita. En aquel cibercafé fue que me enteré la existencia de las hospederías más convenientes de la zona Ipanema – Leblón, todas por cierto abarrotadas hasta las paredes pero solidarias con los viajeros incautos en cuanto a la transmisión de información: desde una de ellas me enviaron hasta la que sería en la que finalmente me quedaría, la lemon-spirit. (www.lemonspirit.com), previo recorrido hasta Botafogo en donde ninguna cama disponible quedaba. Todos comentaban que dado el recital de unos días más y el posterior inicio del carnaval de la ciudad, se habían comenzado a agotar esa misma semana todos los alojamientos. De verdad es recomendable reservar con anticipación una cama en un lugar como Río de Janeiro, con el fin de evitar improvisaciones que en un lugar como ese terminarán inevitablemente por pasarte la cuenta.
La mayoría de las hostelerías en Río se encuentran cerca de la playa (la mía, en este caso, estaba a una cuadra de distancia) y abundan especialmente en la zona de Ipanema-Leblón. Existen también en Copacabana, pero en general tienden a ser más exclusivas o derechamente ostentosas; Copacabana es, sin duda, el sector más acomodado de la ciudad. Los precios suelen ser bastante accesibles, excepto en la temporada del carnaval en donde éstos, literalmente, se cuadruplican de un día para otro. Generalmente las hospederías están dirigidas a mochileros o viajeros jóvenes, ya que los espacios son comunes y las habitaciones se pueden llegar a compartir entre nueve o doce personas (en la mía éramos nueve y nos encontrábamos una chica israelí de hermoso nombre. Gelaia; un holandés al parecer novio de la chica anterior; un brasileño, mi gran amigo Liedke, quien fue la primera persona que me acogió de manera más fraterna dada su condición de brasileño y, por tanto, de parcial dueño de casa; tres australianos que llegaban todas las noches alborotando a los que pasábamos la resaca; dos alemanes y un sujeto que jamás habló una sola palabra pese a nuestros esfuerzos, y de quien se decía que pertenecía a una guerrilla africana que se encontraba reclutando gente en Brasil. Mitos urbanos, como vemos, se dan en cualquier circunstancia. Pero no explicitaré aquí el mito al que se referían picaronamente las féminas del albergue, dada la estatura –más de dos metros y diez centímetros– del presunto subversivo mientras nosotros, sudamericanos y europeos de estatura y rasgos más que normales, lo observamos con una especie de curiosidad e idolatría). El alojamiento en general incluye un desayuno matutino que, a esa hora y en condiciones de resaca abrumadoras, resulta más que bienvenido: queso, jamón, frutas del más diverso tipo, leche fría y caliente, café, jugos naturales y pan, todo ello en una especie de buffet que en la práctica te permite repetir el desayuno cuantas veces deseas sin que nadie te diga nada o te ponga cara de pocos amigos. Más tarde me enteraría que ese sistema (y el de ofrecer una cocina completa a libre disposición para preparar tus propias comidas a toda hora) se utiliza en la mayoría de los albergues juveniles hasta las diez de la mañana, y por tanto es bueno tener en cuenta que conviene levantarse a desayunar antes de esa hora por muy maltrecho que se esté desde la noche anterior.
La primera noche, apenas hubimos conversado un rato con mi amigo Liedke y un par de europeos que no se animaron a salir con nosotros a recorrer la ciudad en busca de bares o aventuras o lo que viniera, terminamos hablando de fútbol con un tipo que, según pude enterarme bruscamente, aborrecía de verdad cualquier tópico futbolístico que abarcara a Sao Paulo o a los paulistas, y también a los chilenos que ingenuamente insistían en hablar de Raí y en las virtudes del plantel de Sao Paulo campeón de la Libertadores en 1994. La rivalidad entre cariocas y paulistas no es un mito en ciertos aspectos, y hay que recordarlo cuando se habla con un par de copas de más y especialmente de un tema de importancia nacional como el fútbol. De no ser por mi amigo Liedke quizá hubiese tenido el placer de haber conocido el sistema público brasileño por dentro. Para otra vez será.
La vida nocturna carioca es bastante agitada, aun cuando los precios no son módicos. El segundo deporte nacional brasileiro, el baile, se hace patente en todos los locales nocturnos concebidos para este fin en los que se observan grandes colas para intentar ingresar; a la salida de los mismos se puede apreciar la más variada fauna de chicos y chicas de lo más atractivos, obviamente con el afán de ver y ser vistos. La temperatura ambiente, además, obliga a todo el mundo a usar muy poca ropa o a no usarla en absoluto en la parte superior en el caso de los hombres, aspecto que confiere al ambiente un aire de espontaneidad y camaradería que se agradece. En Río debes, sí o sí, tener un estado físico relativamente decente si no quieres pasar desapercibido. La oferta es abundante y los aplausos y las miradas (y sus resultados) se los llevan los más dotados en este aspecto (y ojo que no me refiero en este momento a la dotación encubierta). Por cada individuo o individua que intente ligar a algún otro u otra existe una lista de espera que abarca muchas otras decenas, así es que para tener éxito en la conquista amorosa deberás, por lo menos, lucir unos pectorales y abdominales perfectos, tener una capacidad de conversación fabulosa (para lo cual debes dominar el portugués) o, en último caso, hacer parecer que en cuanto al baile Travolta no es más que un neófito (todo esto me lo explicaba mi entrañable amigo Liedke mientras observábamos embobados los cuerpos femeninos que se lucían en ese instante). Por supuesto, ni yo ni mi amigo Liedke ni ninguno de los dos argentinos con los que andábamos en ese momento teníamos la contextura física adecuada para tan magno evento, ni tampoco dominábamos el portugués de manera clara (en mi caso y en el de los argentinos) ni menos teníamos dotes de bailarines o saltimbanquis. Mis años de desprecio por todo lo que significara el ambiente de las discos y salas de baile, por el baile en sí mismo (a excepción del tango y las tanguerías) y por el tipo de gente que abunda en estos lugares terminó por hacerme recapacitar y decidir, junto a mi entrañable amigo Liedke, largarnos hacia algún lugar en donde de verdad pudiésemos descubrir el verdadero espíritu carioca (en mi caso, debido a mi deformación profesional que me lleva a buscar la realidad sin mayor disfraces y, en el caso de mi entrañable amigo Liedke, por el afán urgente de beber unas cuantas cachaças de la mejor calidad a un precio relativamente razonable), y fue entonces cuando llegamos en un momento a estar sentados un la barra de un bar de barrio (unas cuantas cuadras al interior alejándose de la costanera) conversando de fútbol con un brasileiro que odiaba a Raí y a Sao Paulo y a cualquier chileno que hablara del tema y con mi entrañable amigo Liedke haciendo lo posible para que ese chileno lenguaraz no tuviera la necesidad de conocer el sistema de salud brasileño por dentro.
El resto de los días previos al recital la lógica era parecida: largas caminatas diarias por la zona de las playas de la ciudad (Leblón, Ipanema, Copacabana, Botafogo), largos baños de mar en unas aguas atestadas de gente y en donde permanecías dentro de ella por dos razones explícitas: lo agradable de la temperatura del mar (cerca de 26 grados) y el afán de ocultar la inevitable rigidez que permanentemente tenías observando la cantidad de cuerpos femeninos perfectos que se ofrecían a la vista con muy poca ropa (y en algunos casos nada, aun cuando pude apreciar que en las playas de Río la práctica del topless o del nudismo no es tan extendida como en otros lugares). No quiero pecar de indiscreto en este sentido y por tanto aclararé que no soy ningún golfo y mi sexualidad responde a una persona heterosexual estándar, y si me atrevo a nombrarlo aquí explícitamente es porque –según conversaríamos más tarde con algunos de los chicos y chicas del albergue– ese escozor en la zona del vientre era de naturaleza espontánea y tanto para hombres como para mujeres. Si vives en Copacabana y estás permanentemente en el agua no necesitarás en tu vida acudir a un cabaret de ningún tipo, y eso rige para todos los sexos. Ocurrió en un momento que mientras estábamos en el agua con uno de los argentinos entablamos conversación con un par de chicas paraguayas que, francamente, no nos prestaban mayor atención. En cierto instante en que hablábamos de cualquier cosa, siempre dentro del agua, las chicas bruscamente comenzaron a dar agudos chillidos como si estuviesen prontamente excitadas o ansiosas y entonces salieron del agua en un par de segundos, notoriamente en busca de alguien que llegaba. Y el que llegaba era Peter –según le llamaban ellas–: un magnífico ejemplar masculino que nada tenía que envidiar a individuos como Brad Pitt en la película Troya. Mientras nos carcajeábamos con este amigo argentino decidimos democráticamente que nuestros pocos días de sol y de ejercicio playero nos impedirían eternamente llamar la atención de cualquier mujer carioca en el agua de la playa de Copacabana. Afortunadamente, la ciudad ofrecía otros atractivos: el resto del día transcurría entre caminatas hacia el sector del escenario que ya comenzaba a tomar forma definitiva, partidos de fútbol en una de las miles de canchas a libre disposición de cualquier persona en todas las playas (en uno de los cuales la selección sudamericana, integrada por nosotros mismos, propinó una goleada monumental a los espigados europeos), conversaciones de la más variada intrascendencia en el albergue con los millones de individuos y especialmente individuas que todos los días y a toda hora llegaban a hospedarse al lemonspirit mientras se consumían litros y litros de caipirinhas que se ofrecen en el mismo lugar, cenas internacionales que se colectivizaban espontáneamente luego de un intercambio de palabras entre dos o más individuos venidos de quien sabía donde y que se ofrecían a cocinar juntos lo que todos los demás aportáramos: en una de tales cenas llegamos a ser caso 30 personas, muchas provenientes de lugares tan disímiles como Bangladesh o Japón, y realmente lo califico como uno de los momentos memorables de toda mi estadía en Río (fue, por lo demás, el comienzo de una amistad con una chica uruguaya que tendria más tarde insospechadas consecuencias); celebraciones dentro del mismo albergue con motivo de cualquier cosa; conversaciones interminables especialmente entre argentinos y brasileños acerca de las virtudes del fútbol de su país respectivo (caso en el cual, dada mi condición de chileno eliminado del mundial que estaba por venir, yo adquiría un discreto segundo plano y me dedicaba a moderar un poco las iras de uno y otro lado), y luego un par de minutos de reposo, una ducha rápida (que no servía de nada ya que a los cinco minutos te encontrabas en un estado de sopor similar al anterior) y una nueva salida nocturna hacia los más desconocidos recovecos que ofrece la ciudad de Río de Janeiro y sus millones de habitantes. Si una persona no es capaz de asumir puntos de vista flexibles luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte, es que ya no tiene remedio. Y pensar que todavía existe gente que dice que viajar no sirve para nada; deben ser los mismos que luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte no son capaces de asumir puntos de vista más flexibles
Paralelo a ello ya comenzaba a sentirse en la ciudad el peso del recital que se vendría y del posterior y casi inmediato comienzo de las festividades del Carnaval, ya que los precios se elevaban ostensiblemente (excepto para quienes ya habíamos reservado de antemano los días pertinentes de alojamiento) y todo el mundo comenzaba a vestir prendas con un par de labios entreabiertos y una lengua femenina asomando entre ellos. Por cierto, todas las radios brasileiras que con sus transmisiones acompañaban nuestras conversaciones tendían paulatinamente a centrarse en el recital que se avecinaba cada vez con más prisa, y que –estoy seguro– el 100% de los viajeros con los que compartí observaría. No conocí a ninguna persona que manifestara deseos de largarse antes del evento, y quienes se retiraban del lemonspirit solamente lo hacían en busca de alternativas más económicas o convenientes, y eso ya dotaba al momento de una suerte de complicidad para todos. Era una cuestión de actitud; al parecer los Rollings nos tenían algo excitados y ansiosos a todos. Estoy seguro que de haber tenido una guitarra en ese momento en mis manos (que infructuosamente intentamos conseguir) mi historia personal en este viaje hubiese sido otra dada la cantidad de chicas y chicos que intentaban entonar cualquier tipo de temas sin más compañía que sus desafinadas voces. La sensación de poder mostrar algo interesante de ti mismo a mucha gente sin haber tenido la posibilidad de hacerlo debido a causas que escapaban a tu control me confirieron una derrota personal pasajera que, sin embargo, sería rápidamente olvidada con el transcurso de nuevos y más intensos acontecimientos. La música todo lo puede (incluso hacer olvidar el que no hayas podido mostrar al mundo tu propia música), y en especial si la música que se viene es ejecutada en primera persona por un grupo como los Rolling Stones.
No me fue grato el permanecer tres días arriba de un bus con un aire acondicionado que, de verdad, hacía que se congelaran todos los fluidos de tu cuerpo; ni me fue grato el saber que salía de Chile con la plata justa y, con seguridad, un poco menos; ni tampoco me fue grato tener que omitir que mi viaje del verano sería hasta allá, ya que la idea original era arrancar en solitario y no con amigos-colados-pegotes que de enterarse de lo irracional del proyecto, en el mejor de los casos, utilizarían todos los medios para intentar que abortaras (por cierto, en cuanto a lo irracional del proyecto no les faltaría razón) o, en el peor de ellos, se sentirían iluminados por un momento y harían lo posible por llegar conmigo hasta mi destino. Si ya cuesta manejar los problemas propios –falta de dinero, de preparación, de conocimiento del idioma, de los precios, de la disponibilidad de alojamiento, etc...– hubiese sido doblemente complicado abarcar, además, problemas ajenos (los amigos que posiblemente querrían ir conmigo no responden precisamente al nombre de viajeros, sino más bien de turistas. Neófitos, abstenerse). Pero por otra parte el asunto tenía sus gracias; Brasil; las playas y sus mujeres, tan dispuestas según el mito universal; la aventura por primera vez hacia un país desconocido, mítico; Río de Janeiro y, más específicamente, Copacabana y los Rolling Stones, que me esperaban al final de mi recorrido. Si resultaba, el sueño del pibe. Así fue entonces como me encontré arriba de un bus que se congelaba por dentro y hervía por fuera, con tres días de viaje por delante, con la plata justa –y con seguridad un poco menos–, omitiendo conscientemente mi verdadero destino, y sin conocimiento del idioma ni de los precios ni de la disponibilidad hotelera ni de nada de lo que me esperaba pero, por cierto, muy bien apertrechado con varios CD de los músicos que provocaron este atentado en contra del sentido común. Debe ser que el mejor homenaje que uno le puede dar a los Rollings es el de hacer cosas que parezcan carentes de sentido para el mundo pero que tengan sentido para uno mismo, como tantas veces lo hicieran ellos. Ya me estaba empezando a creer el cuento.
En su momento, algo de preparación pre-viaje intenté tener; numerosas páginas de internet ofrecían información respecto de los alojamientos, y especialmente acerca de su disponibilidad y sus precios; como alumno aplicado, incluso, en algún momento tuve una carpetita con todos los datos habidos y por haber: por muy viajero que uno se sienta, nada se deja al azar sin sentido. La filosofía de los viajeros indica que tienes que poder hacer frente a cualquier circunstancia, pero resulta torpe intentar fabricarse artificialmente circunstancias difíciles cuando, sin duda alguna, éstas se producirán tarde o temprano mientras viajas. Así es que ahí estaba yo, muy ufano con mi carpetita y trabajando tenazmente durante los días anteriores a la fecha que escogí como mi salida (exactamente un día 11 de febrero), para alcanzar a juntar algo más de fondos. Hasta el momento, todo estaba muy bien: dinero suficiente, mi vieja mochila lista, ideas supuestamente claras acerca del clima y, por tanto, del equipaje que debía llevar y, especialmente, la intención de reservar por lo menos una semana antes vía internet una cama en algún lugar, ya que –según se observaba en la red– aun había tiempo más que suficiente. Todo perfecto. Demasiado perfecto. Quizá el cielo castiga a quienes somos un poco impíos; en mi caso, me castigó: cerca de diez días antes de mi viaje se produciría el descalabro (descalabro solamente para los efectos de la planificación de mi viaje, que no se malentienda). Una pareja de amigos santiaguinos, hermanos de muchas batallas anteriores, me avisaron que deseaban salir de su ciudad y permanecer algunos días en el sur y que, precisamente, habían pensado que yo los podía recibir. Mientras halábamos por teléfono, dudé unos instantes… Qué lamentable: es que precisamente en esos días… Por supuesto, los chicos son gente altamente sensata y ningún reparo pusieron cuando yo, persona sensata, les dije que “lamentablemente justo ahora me es difícil, por cuanto tengo proyectado un viaje en una semana más y estoy juntando fondos y además me encuentro realizando los preparativos y etc. etc. etc…” “Pues muchas gracias… ¡allá vamos!” los escuché despedirse por el teléfono porque, por supuesto, mi sensatez no llegaba al punto de decirle a una pareja de amigos que no podían venir a mi casa a causa de un mísero viaje a Brasil a ver a los Rolling Stones. “¿Podemos llegar a tu casa? Si no puedes, no hay problema…” “Los espero con los brazos abiertos”, fue lo último que les dije. ¿Y mis preparativos? Eso podía esperar.
Sucedió que los preparativos continuaron esperando para siempre. Y ahí estábamos: en el terminal Alameda de Santiago, ellos ya de vuelta de su viaje hasta mi casa y yo viajando con ellos con el tiempo justo para tomar el bus Santiago-Sao Paulo, con mi carpetita ya desaparecida hacía días y sin haber alcanzado siquiera a reservar una habitación o lo que fuera, con la mochila repleta de ropa apta para el frío cordillerano –veníamos del frío de mi casa en la cordillera, que no presenta precisamente una sensación térmica muy parecida a la de Río de Janeiro– y con una merma de aproximadamente un 40% en mi economía, producto de todo el jolgorio propio de los días recién pasados. De lo que aconteció durante todo ese jolgorio no es una historia que deba ser narrada aquí.
Nunca había encontrado tan largos tres días en la vida. Con la distancia, y sacando cuentas, observé que la estadía en el bus constituyó en sí misma otro viaje; alguna vez alguna empresa de turismo deberá inventar unas vacaciones que consistan íntegramente en permanecer arriba de un bus recorriendo hasta el fin del mundo. No tiene sentido, pero en el mundo hay demasiadas cosas que no tienen sentido. El hecho es que durante esos tres días alcanzamos a compartir experiencias con varios de los que viajaban igual que yo. La mayoría, hasta Florianópolis o, máximo, Curitiba: dos días de viaje y no tres. Solo dos personas más llegaban, al igual que yo, hasta Sao Paulo: una pareja de ancianos y una chica algo mayor. En ambos casos, la razón del viaje en bus se debía a la imposibilidad de haber encontrado un boleto aéreo: nunca se plantearon como primera prioridad realizar ese viaje en bus. Yo cada vez me iba sintiendo más bicho raro.
En el intertanto, al interior del bus el mundo y el tiempo seguían su curso: ya se habían producido dos borracheras, una pelea, experiencias parcialmente sexuales varias, miles de conversaciones intrascendentes y otras no tanto, intercambio general de mails, un concurso de miss piernas, un desmayo controlado a tiempo y un estado de agripamiento general. No diré aquí los nombres de quienes alcancé a conocer, pero terminamos algo hermanados –aun cuando ellos y ellas bajaron en Florianópolis y nos despedimos para siempre– debido a la permanente sensación de que el mundo desfilaba sin descanso entre nosotros. Fueron tres días durante los cuales deben haber subido al bus cerca de 120 personas; en cada ciudad del camino, bajaban algunos y subían otros. Debe haber sido lo más parecido a la vida que he visto en mi vida. Así es que los que llevábamos ya más de dos días éramos unos veteranos, y quedé para siempre con la impresión de que eso, señores, une a cualquiera.
La llegada a Sao Paulo me tranquilizó. Ya sentía que había cumplido parte de la meta y podía respirar tranquilo. En el terminal es posible comprar a la mano los boletos hasta Río; a esa altura, lo único que quería era llegar a mi destino sin más demora. Deben haber sido, aproximadamente, las 16:00 horas. El boleto que compré ahí mismo hasta Río era hasta las 21:00. "El señor Eduardo Andrés Pérez Arroyo tiene el asiento 35" oi decir por la ventanilla. Contaba, por tanto, con 5 horas disponibles, las cuales no deberían hacerse muy tediosas en el terminal dada la cantidad de gente de todos los lugares del mundo que pasaban. Decidí permanecer leyendo y observando, y con una cerveza fría en la mano; el tiempo debía pasar sin sobresaltos, porque nunca hay que sobresaltarse mientras se tenga una cerveza fría en la mano. No sé si fue la cerveza o yo mismo, pero en un momento pensé… “cómo no voy a conocer aunque sea un par de horas esta ciudad”… pensamiento que fue rápidamente desechado. En el terminal, por lo demás, debía aprovechar la posibilidad de ducharme, cuestión que luego de tres días de viaje con apenas un par de lavados incómodos en las miles de gasolineras del camino, el cuerpo agradecería. Había que aprovechar el tiempo; en una de esas, luego de la ducha quizá contaría con un par de horas para avanzar una o dos estaciones de metro, nada muy lejano, para poder volver rápidamente al terminal en caso de emergencia. Pero una vez que hube decidido todo esto y, en consecuencia, comencé a caminar decididamente hasta las duchas del terminal, observé las puertas del metro abriéndose y recibiendo una cantidad de gente que uno solamente pensaba que podía existir en lugares como Tokio; mi tendencia al descalabro producto de querer siempre experimentar las ciudades desde el punto de vista de la cotidianeidad –que a veces puede ser bastante incómoda– pudo más que el deseo de administrar eficientemente el tiempo, y ahí me encontré de pronto, en el metro de Sao Paulo atestado de gente, con mi mochila aun a cuestas y la espalda adolorida., recorriendo estación tras estación y sin decidirme a bajar en ninguna. Finalmente, cuando creí que me había alejado lo suficiente del terminal, salí a conocer la luz.
El problema fue el regreso. Ya eran las 19:30 cuando decidí que eran suficientes tantos edificios, oficinas, oficinistas, tráfico, y gente. Mucha gente. Ya había visto Sao Paulo por un rato, e incluso había alcanzado a conversar con una chica bastante simpática a la que le compré cigarrillos en un quiosco en plena Avenida Paulista. Ella fue la que, quizá inconscientemente, me convenció de volver al terminal, cuando le expliqué que andaba recorriendo la ciudad pero tenía que volver a la estación Tiete para abordar un bus a Río en 1 ½ hora; “¿Tu crees que alcanzarás a llegar?” observó, como pensando en lo absurdo que puede llegar a resultar un ser humano. Mi mente de santiaguino estándar –aun cuando soy del sur de Chile viví seis años en Santiago– tenía contemplado un trayecto de metro de no más de una hora; admito que, al oír el cometario de la chica, en un segundo comprendí la situación y se relajaron todos los músculos de mi cuerpo y estuve casi a punto de caer. Fue una reacción instintiva: en realidad el asunto no era tan preocupante, ya que si perdía el bus perfectamente podía esperar el siguiente, aun cuando ello significaría otra merma en mi ya más que escuálido presupuesto.
El problema, entonces, fue el regreso. La chica, por supuesto, tenía razón. Yo creí que ya había visto lo que era un atochamiento en el metro; pero esta vez, el asunto tenía ribetes inhumanos: las personas con algún niño en brazos o con una cartera o cualquier otro tipo de bolso que les significara un pequeño espacio extra se descartaban a sí mismas, en un curioso proceso de selección natural. Nadie cedía; nadie intentaba hacer un espacio para que otros pudieran subir; no por falta de solidaridad: el asunto, simplemente, se escapaba de las manos. Miré mi mochila, nada pequeña, y de nuevo me sentí como ya me había sentido anteriormente durante este viaje y como volvería a sentirme en varias ocasiones más. Nunca he vuelto a ver un metro de esa manera, nada extraño, por lo demás, en una ciudad que tiene casi la misma población que Chile entero. Santiago es, definitivamente, una taza de leche.
Luego de cuatro intentos infructuosos y ya con una actitud bastante más agresiva en cuanto al espacio y con dos botellas de agua y una cajetilla de cigarrillos y el polerón que colgaba de la mochila desaparecidos para siempre, pude abordar el metro en la estación Consolaçao y, luego del transbordo de rigor en Ana Rosa, llegar a mi destino en la estación de Tiete a siete minutos de la salida de mi bus en el Rodoviario, el que, por cierto, comenzó su recorrido rigurosamente a la hora establecida, cuestión que a un chileno no deja de sorprender. (Nunca me duché; pero por respeto al género humano, no entraré en detalles al respecto).
Debo confesar que a esa altura de mi viaje, si bien el entusiasmo respecto de lo que me esperaba se mantenía incólume, el cansancio comenzaba a pasarme la cuenta. El bus Sao Paulo-Río iba casi vacío, a no ser por dos hombres solos que notoriamente no hacían el viaje por vacaciones, pero que conversaban tan animadamente como si lo estuvieran (siempre he pensado: ¿qué se sentirá vivir y trabajar en ciudades como Río de Janeiro, Niza, Cannes, o Praga o Nueva York? Los chilenos supuestamente miramos con envidia a Buenos Aires; los bonaerenses, me imagino, a su vez se proyectarán en otras ciudades aun más primordiales, en una escalada sucesiva hasta llegar a las que quizá podaríamos considerar las grandes capitales del mundo: ¿hacia donde miran los cariocas, los neoyorquinos, romanos, parisienses o los malditos londinenses? ¿Qué sensación te provoca vivir y trabajar en Ipanema o Copacabana, o Manhattan o la Costa Azul, en donde –sin tomar en cuenta los días en que efectivamente trabajas– parece existir una fiesta interminable y llegan viajeros de todo el mundo a visitar tu ciudad y puedes participar de ese jolgorio invitándolos a tu casa y terminar en lo que sea sin moverte de tu escritorio? Acepto respuestas) y una pareja de novios alemanes con tablas de surf incluidas y con los cuales apenas nos entendimos en un inglés digno de Tarzán. Pude contar con el espacio suficiente, por tanto, para estirarme a mi antojo en los cerca de cuarenta asientos que quedaban disponibles escapando un poco del hielo que se filtraba por entre las rendijas del aire acondicionado (de verdad es serio el asunto ese del aire acondicionado, y es algo que se debe tomar en cuenta a la hora de viajar a países de clima cálido). Dormí la mayor parte del camino y me despertaron unos quince minutos antes de llegar: a esa altura irremediablemente agripado para siempre, lo cual sumado al calor que te provoca una pesadez y una sudoración intensa apenas bajas del bus y pisas la losa del terminal, terminó por hacerme acordar de las peripecias del Inspector Clouseau en cualquiera de sus películas. La Ley de Murphy en su máximo esplendor, y yo su estandarte universal.
El terminal Rodoviario de Río de Janeiro se aleja bastante de la postal típica que uno tiene de la cidade maravillosa. De partida, se encuentra bastante alejado de los sitios turísticos, léase Leblón-Ipanema-Copacabana-Redentor-Pan de Azúcar. La geografía urbana del casco antiguo es absolutamente diferente a la de dichos sectores, y sus construcciones dan más la impresión de un pasado esplendoroso venido a menos que de la pujanza arquitectónica de las moles de cemento modernas, tan propias del éxito financiero actual. En cada edificio semiabandonado y derruido se puede apreciar la antigua pompa del sector, hecho que coincide absolutamente con los años de ostentación de la antigua parte de la ciudad (recordemos que desde 1764 Río fue la capital del país, hasta la creación de Brasilia en 1960). Río es por excelencia la ciudad de los contrastes. Maravillosa, pero de contrastes tan pronunciados como no he visto jamás en Montevideo ni en Buenos Aires ni en Santiago de Chile, ni –menos– en La Habana de Fidel (confieso que no he visitado Ciudad de México, en donde según cuentan, el asunto es parecido). Ya tendría tiempo de corroborar aquello más adelante; por lo pronto, eran cerca de las 5 de la mañana y decidí, esta vez con algo de cordura, permanecer en el lugar hasta que comenzara a esclarecer. El terminal semivacío, la oscuridad de la calle, el comercio cerrado, los numerosos mendigos que se observaban, una poco amable disposición de la policía y, supongo que principalmente, mi aguda crisis broncopulmonar que ya comenzaba a producirme estragos me ocasionaron una sensación parecida al desconsuelo. Los turistas alemanes con los que había llegado hacía un rato eran esperados por quienes los recibirían en Río, y su imagen abordando alegremente un taxi bien acompañados contribuyó a reafirmar mi sensación. A esa altura ya estaba comenzando a maldecirme interiormente por el hecho de haber venido solo, sin dinero y sin contactos de ningún tipo a miles de kilómetros de distancia, y aunque ahora creo que esa sensación pasajera se debió a mi lamentable estado de salud, durante ese instante el asunto pintaba internamente de carácter mucho más serio. El azar, quizá, vendría nuevamente a tenderme una mano: saqué del bolsillo de mi mochila el reproductor de CD, olvidado desde hacía por lo menos cuatro días desde aquellos lejanos tiempos en que nos encontrábamos con mis amigos santiaguinos en mi casa en la cordillera de Chillán. No me acordaba de qué música era la que había quedado puesta, y para el caso tampoco era demasiado relevante. Lo prendí; al acercarme los auriculares, sonaron repentinamente y a un volumen por sobre lo razonable los acordes de Start Me Up… entonces, hízose la luz en mi cerebro: Río, Copacabana, los Rolling Stones… no sé qué tengo –me han dicho muchas veces– que mis momentos de mayor gravedad son bruscamente reemplazados por un repentino y algo irracional optimismo, no sé si a causa de fortaleza o irresponsabilidad… el caso es que rápidamente me incorporé y en ese momento decidí sentirme parte de una historia memorable, de mi propia historia que yo mismo podía transformar en memorable si es que así lo resolvía; caminé hasta una de las duchas; después decidí premiarme con un desayuno parecido a un banquete; acudí a una farmacia cercana en busca de lo mejor que hubiese para el romadizo y la fiebre; ordené cuidadosamente mi mochila y el dinero que llevaba distribuido en varias partes, lo cual además me permitió hacerme una idea más concreta de mi verdadera situación; salí a la calle decidido a abordar el primer ómnibus en dirección a Ipanema o Copacabana; y, en una especie de ritual (después de haberme duchado y desayunado y comenzando a sentir que nuevamente volvía a la normalidad, y el tedio anterior daba paso rápidamente a una sensación cercana a la seguridad), elevé el volumen de mi walkman a niveles estratosféricos. No había atravesado un continente entero para venir deprimirme, y al esclarecer Río de Janeiro ya empezaba a vislumbrarse de manera un poco más resplandeciente.
II.
Una prima me había dicho que Brasil era un de los países más baratos del continente. Mis experiencias previas en Buenos Aires, en donde efectivamente para los chilenos existe una amplia ventaja a la hora del cambio monetario, y en La Habana, en donde cualquiera de nosotros es millonario, y el comentario generalizado de que Chile es el país más caro de América del Sur, me hicieron creerle sin cuestionamientos. Ella había andado el año anterior por Florianópolis: la comida se vende por kilo, me dijo, y también me dijo que hay una sobreoferta de alojamiento tal que da para regodearse; que en caso de que conozcas a alguien de allá, tendrás el problema de la alimentación resuelto dada la abundancia de frutas y pescados que se dan naturalmente. Que la cachaça, barata y profusa. Que los brasileños son muy abiertos y hospitalarios y no te dejarán botado si es que alguna vez tienes problemas de dinero o de lo que sea. ¡Viva Brasil! Con buenas palabras quien no entiende, ¿no? En una actitud muy propia de un chileno provinciano, me sentí feliz con todos estos datos. “Brasil es barato”, se repetía la frase en mi cabeza. Lo que mi prima jamás me dijo, ya que tampoco tenía por qué hacerlo, es que Florianópolis no es Río de Janeiro, y que Brasil no es Chile: si bien en mi país los precios en todo el territorio pueden encontrarse a niveles relativamente estandarizados –excepción aplicable a la Isla de Pascua que, como todos sabemos, de chilena no tiene más que el gentilicio–, no se debe olvidar que un país como Brasil puede perfectamente equivaler a un continente entero y, por tanto, la oscilación de todo tipo –climática, cultural, de precios, etc.– es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de visitarlo. Fue una situación hermosa: mi presupuesto me aseguraba ampliamente el consumo inmoderado de cachaça de la mejor calidad según me apresuré en averiguar apenas salí del Rodoviario, pero en ningún caso un acceso relativamente decente al alojamiento y la alimentación. Un chileno provinciano piensa que todo el mundo es como cualquier provincia del interior de Chile; yo creo que a varios provincianos chilenos habría que soltarlos un par de días en Río de Janeiro para despabilarlos y ver como se las arreglan sin datos de alojamiento o alimentación, empezando por mí mismo, por cierto, que ya pronto debería comenzar a despabilarme forzosamente.
Apenas hubo aclarado lo suficiente decidí que era hora de agarrar la mochila y largarme a recorrer la ciudad, principalmente para aprovechar el día para buscar algún alojamiento accesible. Jamás se me ocurrió preguntar en la zona cercana al Rodoviario acerca de posibles lugares en donde quedarse a dormir; repito que el paisaje que rodea al terminal no es de los más acogedores. En un portugués que me salió del alma y –por supuesto- de una falsedad fabulosa pude darme a entender ante el policía a quien pregunté por la locomoción para llegar a Copacabana; mi decisión apenas me había sentido un poco mejor había sido arribar directamente a Copacabana antes que cualquier otro recorrido; afortunadamente, según comprobaría más tarde, esta vez acerté. El policía brasileño, respondiéndome en un portugués que le salió del alma, me explicó detalladamente como abordar el bus correspondiente (por supuesto, jamás le entendí nada de lo que me dijo y sus palabras se perdieron para siempre, pero afortunadamente en Brasil aun se usa el alfabeto occidental y los letreros de los autobuses son legibles para una persona medianamente alfabeta como yo pretendo serlo: después de todo lo que había visto y aun falto de sueño y con el cansancio acumulado no me hubiese extrañado encontrarme con que los brasileños escriben en cirílico) y en un momento pude por fin sentarme en uno de ellos y esperar lo que viniera.
Por fortuna, en Santiago de Chile el transporte es un caos solamente comparable al de Río y así cualquier chileno se encuentra curtido en cuanto a los avatares que se suceden en los recorridos; después de miles de interminables vueltas por los lugares más recónditos que el alma humana puede llegar a imaginar, algo parecido a una zona de playas comenzó a ser visible en el horizonte. Diré que mientras me encontraba sentado en el bus una chica carioca –según intuí por la soltura con que llevaba un bikini a las 8 y algo de la mañana– me sonrió varias veces, cuestión nada extraña si pensamos que el bus se encontraba semivacío y los únicos pasajeros éramos algunas señoras de edad y yo, con mi inconfundible cartel de turista; aclaro que jamás me he ufanado de mis aventuras héteros ni ahora pretendo hacerlo, pero he quedado para siempre con la sensación de que la chica carioca intentaba acercarse a conversar mientras yo, honrando mi condición de chileno que había atravesado un continente y se encontraba cansado, somnoliento, hambriento, agripado, confuso y aletargado, no presté mayor atención. Debía buscar alojamiento, caramba; pero una agradable sensación de haber comenzado a ser parte del ajetreo interno de la ciudad y de que ésta paulatinamente me iba aceptando como uno más de sus hijos descarriados me invadió. Definitivamente, Río de Janeiro empezaba a vislumbrarse de manera más resplandeciente.
Bajé a Copacabana cerca de las nueve de la mañana. Muy poca gente se avistaba en el borde costero, a no ser algunos individuos de todas las edades, razas y condiciones sociales que trotaban a una hora en que, por lo general, con mis congéneres chilenos venimos llegando luego de las cervezas. La vista de los trotadores matutinos era algo sorprendente: nunca he sentido inclinaciones homoeróticas, pero debo reconocer que me impresionó la contextura física de muchos de ellos; alguna vez en Cuba había visto algo parecido, pero mi impresión es que los cubanos en general son más inocentes acerca de sus virtudes corporales ya que, por regla, siempre están ocupados en asuntos más primordiales como para ostentarse conscientemente con coquetería; y en mi país, por otra parte, el culto al físico es cauteloso y llevado a cabo solamente por un mínimo porcentaje de la población y en general dentro de aburridos y discretos gimnasios. En Río, en cambio, se sabe que además de cultivar el físico la idea es ofrecerlo y exhibirlo sin complejos, como sin complejos se ofrecían y exhibían en todo momento individuos e individuas que uno solamente creía que existían en la pantalla de los cines; no dejó de sorprenderme el no ver mujeres ejercitándose en ese momento, pero para algarabía de la condición humana pronto aquello comenzaría a cambiar. Mientras, con mi pesada mochila repleta de ropa invernal yo llevaba a cabo mi propio acondicionamiento físico.
Debo haber caminado unos diez kilómetros, según más tarde pude averiguar. Nunca una carpetita de datos habría sido mejor compañía para un ser humano; la mía, ya extraviada hacía siglos, no me permitió impedir un recorrido desordenado por los diferentes hospedajes que alguna vez había visto en la red; sin datos, mi ruta no dependía más que del azar. Apenas divisaba algún tipo de aglomeración callejera, especialmente juvenil, allá corría con la bovina esperanza de encontrar alguna hospedería o cualquier lugar por el estilo. Fue así como descubrí que, en dos ocasiones, el motivo de dichas aglomeraciones no era otro que un par de chicas muy voluptuosas que habían decidido desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis, para deleite mío y de todos los sujetos que alcanzamos a observarlas a la salida del bar en el que se encontraban, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo siempre en cualquier lugar del mundo en el que un par de chicas decidan desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis; la apacible vista que tuve en esos momentos -y que se hacía cada vez más permanente dado que a esa hora comenzaba el ajetreo diario de la playa de Copacabana- no solucionaba, sin embargo, mi problema de alojamiento que era lo que realmente debía importar. Sólo un refresco, y otra vez la sensación de que ya me estaba definitivamente instalando en Río de Janeiro.
No sé en qué momento atravesé por la Avenida Atlántica hacia la playa en donde decidí seguir mi recorrido hacia la zona sur, a Leblón e Ipanema. De entre los recuerdos que conservaba de mi antigua carpetita ya perdida hacía siglos estaba seguro de haber leido algo de que en la zona de Ipanema se encontraban los hospedajes más accesibles para un mochilero, cuestión que iba pareciendo cada vez más evidente al observar la fastoisidad de los hoteles y departamentos (la mayoría vacíos, como durante gran parte del año) de la playa de Copacabana; como mochilero estándar -y aun menos que eso- no había más que huir de ahí, asunto al cual me dispuse. En algún momento me crucé con toda una algarabía de máquinas y obreros que montaban una especie de andamio gigantesco en la playa y el ruido era, de verdad, por momentos bastante desagradable; ya iba a atravesar nuevamente la avenida alejándome de tan inoportuno descubrimiento cuando se hizo la luz en mi cerebro: Copacabana, idiota; el ajetreo que ves es el montaje del escenario sobre el que ofrecerán su recital los Rolling Stones (recordemos que aun no había dormido más de tres horas seguidas desde hacía por lo menos cuatro días). Ahí estaba el epicentro de la ciudad por esos días y la verdadera razón de que yo estuviera en ese momento a tal distancia física de mi casa, perdido en el mundo y tragado por una ciudad de más de diez millones de habitantes. Nunca he sentido de verdad problema alguno en viajar solo por cualquier parte y cuando lo he hecho en general no me cuesta gran cosa integrarme con la gente, pero confieso que una de las veces en mi vida en que realmente hubiese preferido compartir la experiencia fue ante la vista de aquel imponente armazón, aun sin forma definida, que se asemejaba a un gigantesco esqueleto de animal marino varado en la arena de la playa (¿has sentido la necesidad de comunicarle algo a alguien? Tu primera experiencia sexual a los amigos o amigas de colegio –o de universidad, para los más píos–; alguna vez en que realizaste la buena acción del mes y ésta fue bruscamente malentendida por todos y finalmente te apuntaron con el dedo; una brillante exposición en clases a la cual coincidentemente asistió muy poca gente; etcétera. Supongo que todos hemos sentido alguna vez esa necesidad y la consiguiente melancolía de no contar con ningún cercano ante quien descargarse). El molesto ruido de hacía un instante atrás era reemplazado abruptamente por la sensación de estar comenzando a asistir a algo grande de verdad, y previsiblemente sentí en ese momento la necesidad de contar a alguien que ese era el escenario sobre el cual tocarían los Rollings, que los Rollings junto con los Beatles son en realidad los verdaderos inventores del rock, que este viaje era en realidad la consecuencia lógica de miles de conversaciones sobre rock, viajes y literatura llevadas a cabo en épocas de mi vida ya remotas; que mi propia historia personal con los Rolling contemplaba, entre miles de situaciones más, el que hablando precisamente de Mick Jagger y Satisfaction comenzamos a conocernos con una chica con la que más tarde compartiríamos largos años; que ya hacía décadas, alguna vez en una playa cerca de mi ciudad de origen nos hermanamos para siempre con un amigo ya muerto mientras entonábamos, ebrios hasta el escándalo, a los Beatles y los Rolling Stones; que… me emocioné, jóvenes, se los juro, aunque ahora sé que no fue exactamente ante la vista de aquel armazón de fierros sino ante la acumulación de recuerdos de demasiados estímulos en tan poco tiempo para digerirlos. Por muy autosuficientes que seamos, a veces de verdad nos hace falta alguna otra alma dispuesta a observar lo mismo que observamos nosotros, y la persona que no ha percibido aquello no se encuentra completa aún. (En ningún momento me llegué a sentir mal, sin embargo: fue una especie de conciencia real acerca de la trashumancia, de la levedad humana, de las acciones propias, de la soledad, de la falsedad de la sensación de que todo ante nuestro alrededor es infinito cuando la realidad indica justamente lo contrario: ¿cuántas veces en tu vida asistirás nuevamente a un concierto del mejor grupo del mundo en una playa desconocida en vivo pero en tu inconsciente primordial desde siempre? ¿Cuantas veces en tu vida asistirás al inicio de las obras que concluirán en la ejecución del epicentro de lo que será la fiesta que está por venir? ¿Realmente cuántas veces más observarás los rayos de sol colándose por entre los tubos de metal? ¿Cuántas veces más, siquiera, te detendrás a observar la salida del sol? No serán muchas veces más, si lo piensas bien; aun así, tenemos la sensación de que todo en el mundo es ilimitado). Que divertido descalabro puede llegar a provocar un armazón de fierros parecido a un esqueleto marino, como para ilustrar a los que aun ignoren las bondades del arte conceptual. El esqueleto se encontraba, además, frente al Hotel Copacabana Palace, en donde yo sabía de antemano que se hospedarían los Rolling Stones (y que es por cierto el más exclusivo de la ciudad), lo cual confirmó mi seguridad de que ese era el sitio correcto. Como un niño en un momento dejé la mochila en el suelo y corrí para alcanzar a tocar los fierros antes de que me corrieran del lugar “por si más tarde no tengo la posibilidad de hacerlo”, como creo que pensé entonces. Todo ese momento fue parte de un rito personal paciente e interno, como ritos personales todo el mundo tiene y solamente uno mismo está en condiciones de entenderse. Dicen que entenderse solo es el primer paso para comenzar a volverse loco.
Cerca de las cuatro de la tarde pude finalmente encontrar una hospedería que se ajustara a mis escuálidos bolsillos mochileros. Ya antes había tenido que renunciar definitivamente al azar y, en un homenaje a épocas recientes más ordenadas, entré en un cibercafé y visité las mismas páginas que ya había visitado en mi país hacia aproximadamente dos siglos y que componían la información que alguna vez estuvo contenida en mi carpetita. En aquel cibercafé fue que me enteré la existencia de las hospederías más convenientes de la zona Ipanema – Leblón, todas por cierto abarrotadas hasta las paredes pero solidarias con los viajeros incautos en cuanto a la transmisión de información: desde una de ellas me enviaron hasta la que sería en la que finalmente me quedaría, la lemon-spirit. (www.lemonspirit.com), previo recorrido hasta Botafogo en donde ninguna cama disponible quedaba. Todos comentaban que dado el recital de unos días más y el posterior inicio del carnaval de la ciudad, se habían comenzado a agotar esa misma semana todos los alojamientos. De verdad es recomendable reservar con anticipación una cama en un lugar como Río de Janeiro, con el fin de evitar improvisaciones que en un lugar como ese terminarán inevitablemente por pasarte la cuenta.
La mayoría de las hostelerías en Río se encuentran cerca de la playa (la mía, en este caso, estaba a una cuadra de distancia) y abundan especialmente en la zona de Ipanema-Leblón. Existen también en Copacabana, pero en general tienden a ser más exclusivas o derechamente ostentosas; Copacabana es, sin duda, el sector más acomodado de la ciudad. Los precios suelen ser bastante accesibles, excepto en la temporada del carnaval en donde éstos, literalmente, se cuadruplican de un día para otro. Generalmente las hospederías están dirigidas a mochileros o viajeros jóvenes, ya que los espacios son comunes y las habitaciones se pueden llegar a compartir entre nueve o doce personas (en la mía éramos nueve y nos encontrábamos una chica israelí de hermoso nombre. Gelaia; un holandés al parecer novio de la chica anterior; un brasileño, mi gran amigo Liedke, quien fue la primera persona que me acogió de manera más fraterna dada su condición de brasileño y, por tanto, de parcial dueño de casa; tres australianos que llegaban todas las noches alborotando a los que pasábamos la resaca; dos alemanes y un sujeto que jamás habló una sola palabra pese a nuestros esfuerzos, y de quien se decía que pertenecía a una guerrilla africana que se encontraba reclutando gente en Brasil. Mitos urbanos, como vemos, se dan en cualquier circunstancia. Pero no explicitaré aquí el mito al que se referían picaronamente las féminas del albergue, dada la estatura –más de dos metros y diez centímetros– del presunto subversivo mientras nosotros, sudamericanos y europeos de estatura y rasgos más que normales, lo observamos con una especie de curiosidad e idolatría). El alojamiento en general incluye un desayuno matutino que, a esa hora y en condiciones de resaca abrumadoras, resulta más que bienvenido: queso, jamón, frutas del más diverso tipo, leche fría y caliente, café, jugos naturales y pan, todo ello en una especie de buffet que en la práctica te permite repetir el desayuno cuantas veces deseas sin que nadie te diga nada o te ponga cara de pocos amigos. Más tarde me enteraría que ese sistema (y el de ofrecer una cocina completa a libre disposición para preparar tus propias comidas a toda hora) se utiliza en la mayoría de los albergues juveniles hasta las diez de la mañana, y por tanto es bueno tener en cuenta que conviene levantarse a desayunar antes de esa hora por muy maltrecho que se esté desde la noche anterior.
La primera noche, apenas hubimos conversado un rato con mi amigo Liedke y un par de europeos que no se animaron a salir con nosotros a recorrer la ciudad en busca de bares o aventuras o lo que viniera, terminamos hablando de fútbol con un tipo que, según pude enterarme bruscamente, aborrecía de verdad cualquier tópico futbolístico que abarcara a Sao Paulo o a los paulistas, y también a los chilenos que ingenuamente insistían en hablar de Raí y en las virtudes del plantel de Sao Paulo campeón de la Libertadores en 1994. La rivalidad entre cariocas y paulistas no es un mito en ciertos aspectos, y hay que recordarlo cuando se habla con un par de copas de más y especialmente de un tema de importancia nacional como el fútbol. De no ser por mi amigo Liedke quizá hubiese tenido el placer de haber conocido el sistema público brasileño por dentro. Para otra vez será.
La vida nocturna carioca es bastante agitada, aun cuando los precios no son módicos. El segundo deporte nacional brasileiro, el baile, se hace patente en todos los locales nocturnos concebidos para este fin en los que se observan grandes colas para intentar ingresar; a la salida de los mismos se puede apreciar la más variada fauna de chicos y chicas de lo más atractivos, obviamente con el afán de ver y ser vistos. La temperatura ambiente, además, obliga a todo el mundo a usar muy poca ropa o a no usarla en absoluto en la parte superior en el caso de los hombres, aspecto que confiere al ambiente un aire de espontaneidad y camaradería que se agradece. En Río debes, sí o sí, tener un estado físico relativamente decente si no quieres pasar desapercibido. La oferta es abundante y los aplausos y las miradas (y sus resultados) se los llevan los más dotados en este aspecto (y ojo que no me refiero en este momento a la dotación encubierta). Por cada individuo o individua que intente ligar a algún otro u otra existe una lista de espera que abarca muchas otras decenas, así es que para tener éxito en la conquista amorosa deberás, por lo menos, lucir unos pectorales y abdominales perfectos, tener una capacidad de conversación fabulosa (para lo cual debes dominar el portugués) o, en último caso, hacer parecer que en cuanto al baile Travolta no es más que un neófito (todo esto me lo explicaba mi entrañable amigo Liedke mientras observábamos embobados los cuerpos femeninos que se lucían en ese instante). Por supuesto, ni yo ni mi amigo Liedke ni ninguno de los dos argentinos con los que andábamos en ese momento teníamos la contextura física adecuada para tan magno evento, ni tampoco dominábamos el portugués de manera clara (en mi caso y en el de los argentinos) ni menos teníamos dotes de bailarines o saltimbanquis. Mis años de desprecio por todo lo que significara el ambiente de las discos y salas de baile, por el baile en sí mismo (a excepción del tango y las tanguerías) y por el tipo de gente que abunda en estos lugares terminó por hacerme recapacitar y decidir, junto a mi entrañable amigo Liedke, largarnos hacia algún lugar en donde de verdad pudiésemos descubrir el verdadero espíritu carioca (en mi caso, debido a mi deformación profesional que me lleva a buscar la realidad sin mayor disfraces y, en el caso de mi entrañable amigo Liedke, por el afán urgente de beber unas cuantas cachaças de la mejor calidad a un precio relativamente razonable), y fue entonces cuando llegamos en un momento a estar sentados un la barra de un bar de barrio (unas cuantas cuadras al interior alejándose de la costanera) conversando de fútbol con un brasileiro que odiaba a Raí y a Sao Paulo y a cualquier chileno que hablara del tema y con mi entrañable amigo Liedke haciendo lo posible para que ese chileno lenguaraz no tuviera la necesidad de conocer el sistema de salud brasileño por dentro.
El resto de los días previos al recital la lógica era parecida: largas caminatas diarias por la zona de las playas de la ciudad (Leblón, Ipanema, Copacabana, Botafogo), largos baños de mar en unas aguas atestadas de gente y en donde permanecías dentro de ella por dos razones explícitas: lo agradable de la temperatura del mar (cerca de 26 grados) y el afán de ocultar la inevitable rigidez que permanentemente tenías observando la cantidad de cuerpos femeninos perfectos que se ofrecían a la vista con muy poca ropa (y en algunos casos nada, aun cuando pude apreciar que en las playas de Río la práctica del topless o del nudismo no es tan extendida como en otros lugares). No quiero pecar de indiscreto en este sentido y por tanto aclararé que no soy ningún golfo y mi sexualidad responde a una persona heterosexual estándar, y si me atrevo a nombrarlo aquí explícitamente es porque –según conversaríamos más tarde con algunos de los chicos y chicas del albergue– ese escozor en la zona del vientre era de naturaleza espontánea y tanto para hombres como para mujeres. Si vives en Copacabana y estás permanentemente en el agua no necesitarás en tu vida acudir a un cabaret de ningún tipo, y eso rige para todos los sexos. Ocurrió en un momento que mientras estábamos en el agua con uno de los argentinos entablamos conversación con un par de chicas paraguayas que, francamente, no nos prestaban mayor atención. En cierto instante en que hablábamos de cualquier cosa, siempre dentro del agua, las chicas bruscamente comenzaron a dar agudos chillidos como si estuviesen prontamente excitadas o ansiosas y entonces salieron del agua en un par de segundos, notoriamente en busca de alguien que llegaba. Y el que llegaba era Peter –según le llamaban ellas–: un magnífico ejemplar masculino que nada tenía que envidiar a individuos como Brad Pitt en la película Troya. Mientras nos carcajeábamos con este amigo argentino decidimos democráticamente que nuestros pocos días de sol y de ejercicio playero nos impedirían eternamente llamar la atención de cualquier mujer carioca en el agua de la playa de Copacabana. Afortunadamente, la ciudad ofrecía otros atractivos: el resto del día transcurría entre caminatas hacia el sector del escenario que ya comenzaba a tomar forma definitiva, partidos de fútbol en una de las miles de canchas a libre disposición de cualquier persona en todas las playas (en uno de los cuales la selección sudamericana, integrada por nosotros mismos, propinó una goleada monumental a los espigados europeos), conversaciones de la más variada intrascendencia en el albergue con los millones de individuos y especialmente individuas que todos los días y a toda hora llegaban a hospedarse al lemonspirit mientras se consumían litros y litros de caipirinhas que se ofrecen en el mismo lugar, cenas internacionales que se colectivizaban espontáneamente luego de un intercambio de palabras entre dos o más individuos venidos de quien sabía donde y que se ofrecían a cocinar juntos lo que todos los demás aportáramos: en una de tales cenas llegamos a ser caso 30 personas, muchas provenientes de lugares tan disímiles como Bangladesh o Japón, y realmente lo califico como uno de los momentos memorables de toda mi estadía en Río (fue, por lo demás, el comienzo de una amistad con una chica uruguaya que tendria más tarde insospechadas consecuencias); celebraciones dentro del mismo albergue con motivo de cualquier cosa; conversaciones interminables especialmente entre argentinos y brasileños acerca de las virtudes del fútbol de su país respectivo (caso en el cual, dada mi condición de chileno eliminado del mundial que estaba por venir, yo adquiría un discreto segundo plano y me dedicaba a moderar un poco las iras de uno y otro lado), y luego un par de minutos de reposo, una ducha rápida (que no servía de nada ya que a los cinco minutos te encontrabas en un estado de sopor similar al anterior) y una nueva salida nocturna hacia los más desconocidos recovecos que ofrece la ciudad de Río de Janeiro y sus millones de habitantes. Si una persona no es capaz de asumir puntos de vista flexibles luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte, es que ya no tiene remedio. Y pensar que todavía existe gente que dice que viajar no sirve para nada; deben ser los mismos que luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte no son capaces de asumir puntos de vista más flexibles
Paralelo a ello ya comenzaba a sentirse en la ciudad el peso del recital que se vendría y del posterior y casi inmediato comienzo de las festividades del Carnaval, ya que los precios se elevaban ostensiblemente (excepto para quienes ya habíamos reservado de antemano los días pertinentes de alojamiento) y todo el mundo comenzaba a vestir prendas con un par de labios entreabiertos y una lengua femenina asomando entre ellos. Por cierto, todas las radios brasileiras que con sus transmisiones acompañaban nuestras conversaciones tendían paulatinamente a centrarse en el recital que se avecinaba cada vez con más prisa, y que –estoy seguro– el 100% de los viajeros con los que compartí observaría. No conocí a ninguna persona que manifestara deseos de largarse antes del evento, y quienes se retiraban del lemonspirit solamente lo hacían en busca de alternativas más económicas o convenientes, y eso ya dotaba al momento de una suerte de complicidad para todos. Era una cuestión de actitud; al parecer los Rollings nos tenían algo excitados y ansiosos a todos. Estoy seguro que de haber tenido una guitarra en ese momento en mis manos (que infructuosamente intentamos conseguir) mi historia personal en este viaje hubiese sido otra dada la cantidad de chicas y chicos que intentaban entonar cualquier tipo de temas sin más compañía que sus desafinadas voces. La sensación de poder mostrar algo interesante de ti mismo a mucha gente sin haber tenido la posibilidad de hacerlo debido a causas que escapaban a tu control me confirieron una derrota personal pasajera que, sin embargo, sería rápidamente olvidada con el transcurso de nuevos y más intensos acontecimientos. La música todo lo puede (incluso hacer olvidar el que no hayas podido mostrar al mundo tu propia música), y en especial si la música que se viene es ejecutada en primera persona por un grupo como los Rolling Stones.
La Revolución Francesa y el triunfo de las ideas liberales. Sólo para locos.

Escrito en julio del 2008, durante el 219 aniversario de la revolución de 1879.
“En la década de 1860 entra una nueva palabra en el vocabulario económico y político del mundo: <>... El triunfo mundial del capitalismo es el tema más importante de las décadas posteriores a 1848. Era el triunfo de una sociedad que creía que el desarrollo económico radicaba en la empresa privada y competitiva y en el éxito de comprarlo todo en el mercado más barato para venderlo luego en el más caro. Se consideraba que una economía de tal fundamento, y por lo mismo descansando en las sólidas bases de una burguesía compuesta de aquellos a quienes la energía, el merito y la inteligencia habían aupado y mantenido en su actual posición, no solo crearía un mundo de abundancia convenientemente distribuida, sino de ilustración, razonamiento y oportunidad humana siempre crecientes... en resumen: un mundo de continuo y acelerado avance material y moral. Los pocos obstáculos que permanecieran en el camino del claro desarrollo de la empresa privada serían barridos... “.
Eric Hobsbawm, La Era Del Capital, pp. 15.
...”Los nuevos movimientos socialistas eran revolucionarios pero para la mayor parte de ellos la revolución era, en cierto sentido, la consecuencia lógica y necesaria de la democracia burguesa que hacía que las decisiones, antes en manos de unos pocos, fueran compartidas cada vez por un mayor número de individuos. Y para aquellos que esperaban una insurrección real se trataba de una batalla cuyo objetivo solo podía ser... el del paso previo para alcanzar otras metas más ambiciosas. Así pues, los revolucionarios se mantuvieron en el seno de la era del imperio, aunque se preparaban para trascenderla...”[1].
Eric Hobsbawm, La Era Del Imperio, pp. 18.
Introducción.
Como afirma el autor, y como afirma cualquier historiador serio, la era comprendida entre el triunfo de la doble revolución europea (1789) y el inicio de las grandes hostilidades mundiales a partir del año 1914[2] supone la mayor transformación de la historia en cuanto al desarrollo y consolidación de nuevas estructuras por sobre otras precedentes, con el importante agregado de influir y cambiar para siempre la vida cotidiana de los millones de individuos que, para bien o para mal, se hallaron inmersos dentro de esta órbita de cambios. El capitalismo y su consecuencia histórica (al menos en la época en la cual nos situamos) , el imperialismo, se alzaron como nuevas estructuras que no encuentran parangón en la historia universal. La génesis del proceso la encontramos dentro de causales internas e interrelacionadas, las cuales serán la bisagra que posibilite el anunciado cambio de folio en el orden mundial.
Durante la era del capital, la burguesía hereditaria de los beneficios que supuso la transición del esquema feudal hacia un primitivo tipo de capitalismo (proceso mediado por la Revolución Francesa que -hay que recalcarlo- rápidamente abandonó los idearios que originalmente la posibilitaron), comenzó un paulatino proceso de adquisición de una conciencia de carácter marcadamente progresista. Las teorías de Adan Smith plasmadas en su Riqueza de las Naciones constituyeron un libro de cabecera de generaciones de intelectuales que, a su vez, traspasaban tales conocimientos a sus naturales relaciones burguesas. Las naciones recientemente constituidas apelaban al desarrollo sin trabas de un esquema económico en donde primaría –al menos en teoría– la libre empresa por sobre los subsidios estatales o las prácticas proteccionistas[3]. En Gran Bretaña, un político prominente llegó a afirmar que “toda nuestra política se funda en la idea de que el estado no debe sino destrabar los posibles impedimentos que los individuos privados pudiesen encontrar para llevar a cabo una política de librecambismo y emprendimiento individual en todo orden de cosas”. La era de los fisiócratas (propios de la mentalidad rentista que apareció como teoría política inmediatamente acabada la era feudal) o de los mercantilistas (que constituyeron los primeros atisbos de una economía basada en el intercambio estructural) se encontraba en franca retirada, siendo reemplazada por la mano invisible a la que cualquier estado debía apelar y que, en la práctica, significó –además de la transformación radical en los medios de vida y, aún más, en extrema simbiosis con aquello– que un gran número de nuevos individuos que se encontraran en una situación para ellos desconocida y, a veces, angustiante: el trabajo asalariado varias veces explotador y, más importante aún desde el punto de vista de la psicología social, la imposibilidad absoluta de cambiar de modo de vida. La proletarización había llegado para quedarse. Karl Marx y otros pensadores no menos adelantados ya habían advertido el potencial que representaba una interminable masa de obreros asalariados en los principales centros urbanos del mundo de entonces.
La inevitable existencia de dichos individuos obreros que constituían una potencial masa electoral en los centros urbanos fue un asunto originalmente descuidado por los burgueses detentores del poder económico. Durante la era de la recesión producto de la oleada deflacionaria, la capacidad recién adquirida del transporte mundial de trasladar individuos hacia cualquier lugar del mundo que resultase lo suficientemente atractivo para asegurar la sobrevivencia evitó posibles focos de rebeliones en el seno del mundo popular. Antes de la escalada imperialista que trajo consigo la crisis cíclica capitalista de 1873, sin embargo, la latente escalada de terror provocada en los principales burgueses debido a la existencia de una masa informe de sujetos dentro de las grandes ciudades, terror compartido además por numerosos trabajadores de oficios más autosuficientes –artesanos, manufactureros, etc (y que se encontraban en una suerte de tierra de nadie entre la burguesía dominante y los asalariados)– conformó una conciencia respecto a lo peligroso que podía llegar a resultar un esquema de nula participación política –nominal o real, no era importante– por parte de un grupo social que comenzaba a darse cuenta de su amplia mayoría en términos de población. La era de democratización había comenzado su escalada.
Los primeros vislumbres democráticos fueron tímidos y parcializados en ciertos sectores: ¿por qué habrían de beneficiarse socialmente los grupos más poderosos con electores que no tenían la capacidad de entender a las teorías económicas (liberales) que sustentaban el progreso alcanzado durante la segunda mitad del siglo? Una ilimitada cantidad de nuevos votantes (de dudosa calidad) representaba una seria amenaza para el mantenimiento del orden capitalista tal como se conocía; los grupos más conservadores –la iglesia, entre ellos– rápidamente conformaron grupos políticos tendientes a absorber a tales nuevos electores, aun cuando estos se vieron –y Marx lo había previsto– inevitablemente atraídos hacia las nuevas propuestas surgidas por individuos que ostentaban condiciones de liderazgo dentro de las estructuras de trabajadores en cualquier lugar en donde estos fuesen un número importante. Sin embargo, las nuevas teorías que apelaban a la condición explotada de los obreros fueron, en su mayoría, de carácter más integrador que desafiante hacia la estructura política preexistente. Paralelamente, las nuevas masas de campesinos pobres que se habían sentido atraídos en un primer momento por los incendiarios discursos de clase propuestos por estos vanguardistas terminaron, previsiblemente, apelando en mayor medida a una mejoría real en las condiciones de vida cotidiana más que a un mesianismo científico fundado en la teoría marxista y, finalmente, terminaron votando por la derecha política. Las clases dirigentes, además, descubrieron bien pronto las posibilidades que otorgaba una nueva masa de electores potencialmente manipulable y, consecuentemente, ofreció ciertos avances en tal sentido. El resultado inevitable fue una escisión entre los partidarios moderados del esquema de la izquierda contra otros más radicalizados, con la consecuente pérdida de identificación con la causa propuesta por los partidos de izquierda.
Sin embargo, surgió otro problema de proporciones (que advirtieron los dirigentes más capacitados de la época): en adelante, sería necesario proceder con sumo cuidado frente al potencial rechazo de las masas hacia determinados aspectos de la conducción política por parte de esos mismos dirigentes burgueses. El discurso de la racionalidad no bastaba ya, puesto que poco ardor provocaban las ideas de Smith frente a individuos que apenas disponían de condiciones para enterarse de ellas, ni menos aun de comprenderlas. La respuesta de la burguesía vino por partida doble: el imperialismo, que significaba a un tiempo una capacidad económica que permitía el establecimiento de ciertas mejorías sociales y, por tanto, amortiguar posibles focos de conflictos y, además de ello, apelaba a la irracionalidad: el imperialismo[4] –es decir el hecho de ser parte de una nación poderosa y que lo era, precisamente, por la labor de todos los individuos que eran parte de tal– penetró fuertemente en las conciencias de los sectores obreros, aun cuando con el tiempo esta idea fuera desplazada por otras de mayor atrevimiento. Si bien el espectro del comunismo aun no recorría Europa, poco faltaba para comenzar a sentir su aliento.[5]
I
Como ya hemos mencionado, la burguesía rápidamente advirtió las ventajas que las nuevas situaciones podían acarrearles –desde el imperialismo hasta la democracia– y, consecuencia lógica de ello, fue la clase que más entusiastamente se plegó a los nuevos esquemas, tomando una posición de liderazgo dentro de su consolidación. El imperialismo, además de ser –ya lo hemos visto– una fuente estable de divisas tendientes a financiar el asistencialismo social, como política de estado contaba con un apoyo mayoritario entre la población. Cualquier ciudadano veía disminuidas sus propias necesidades si es que se le permitía soñar con posibles focos de riqueza en lugares exóticos, aún cuando –cosa previsible– en la práctica fue la propia burguesía la mayor beneficiaria de tales ganancias. Los populistas de la época contaron con una coyuntura que hacía sus delicias.
Pero otra idea directamente consecuente del populismo imperial fue la exacerbación del nacionalismo. Según el autor, la era del imperio fue de una asombrosa fecundidad en cuanto a los símbolos, las ceremonias nacionales, los rituales de ascensión a la corona o, en suma, las celebraciones populares por cualquier excusa. El autor llega a comparar los ritos de cualquier tipo que tuviera como protagonista a la Reina Victoria con los espectáculos que ofrecía la empresa gráfica Kodak. El discurso oficial que justificaba tales asuntos apelaba a la irracionalidad absoluta, hecho que solamente los individuos más preparados intelectualmente pudieron advertir como estrategia política real.[6].[7] La idea de nación, además, sirvió para que muchos individuos populares se enrolaran en el ejército y marcharan hacia la guerra, lo cual tuvo una doble consecuencia: la identificación popular –al menos por parte de estos individuos– con una idea de patria y, por otra parte, mayores beneficios para la clase burguesa en un sistema de guerras focalizadas y específicas que tendían en su mayoría a reordenar los esquemas económicos en beneficio de unos pocos burgueses.
Sin embargo, la consolidación del populismo representó ciertas ventajas respecto a épocas inmediatamente anteriores: las monumentalidad oficial alcanzó un arraigo extraordinario y, con ello, la creación de espacios públicos.[8] Además, producto de la economía imperialista y de un supuesto –y real– bienestar económico generalizado (mediante ganancias en bruto para los burgueses o asistenciales para los populares), se dio inicio a un nuevo fenómeno económico y social: la integración de los sectores más pobres de la sociedad como consumidores de productos dirigidos, por primera vez, especialmente a ellos. Todo lo anterior concluyó, en suma, con una asimilación estructural del nuevo esquema económico por parte de todos los sectores, más o menos beneficiados por tales políticas. Ello evitó una lógica de estallidos sociales que hiciera frente a toda la gran cantidad de problemas que, aun con los avances manifestados, conservaba la clase popular. Una burguesía consolidada conducía el timón del barco imperialista, mientras los peones –tanto en la metáfora como en la realidad– eran mantenidos calmos por los supuestos beneficios que el nuevo sistema traería.
II
Hemos observado como la democratización de la sociedad se produjo de manera más o menos homogénea en gran parte del mapa político de Europa, aun cuando ello no significó en medida alguna una consolidación de las posturas más radicalizadas. La burguesía, originalmente temerosa, manejó con gran tino el nuevo sistema eleccionario y lo manipuló en su favor, con lo cual se creó una válvula de escape hacia los potenciales focos revolucionarios en el sentido marxista. La democracia significaba una mayor cantidad de electores y, por tanto, una multiplicación del riesgo. Los intelectuales que ya se encontraban influidos por las ideas de Marx acogieron con entusiasmo (prerrevolucionario) esta nueva oleada democratizadora.
Sin embargo, los sucesos posteriores fueron mermando las originales esperanzas de quienes apostaban al avance positivista inevitable de la historia universal. Como ya hemos mencionado, las nuevas clases populares –en su mayoría campesinos– fueron absorbidas por las líneas políticas más moderadas que los atrajeron mediante una escalada de reformas relativamente tendientes a un mayor grado de justicia social. Si para algunos sujetos inflamados de las llamas libertarias se estaba ad portas del avance de la Historia, para los pragmáticos burgueses, en cambio, había que acomodarse a estas nuevas circunstancias de tal manera de no ver mermados significativamente sus privilegios adquiridos durante siglos. Durante los años que median entre el inicio de la era del imperio y el comienzo de la Gran Guerra, un mayor nivel de participación democrática –que la hubo– no significó (en términos generales) una catarsis que desembocara en la temida o esperada gran revolución.
III
Esta misma oleada democratizadora significó, paradójicamente, una estabilidad relativa en comparación con los primeros tiempos del capitalismo, especialmente durante la década del ’40.[9] Al hecho de que muchos individuos históricamente postergados se sintieran más que conformes con esta nueva condición de electores, cabe agregar la admirable capacidad de los burgueses capitalistas para hacer frente a cualquier tipo de crisis que pudiese significar una radicalización de las posturas más libertarias. A la ya mencionada tendencia a la irracionalidad simbólica impuesta inconscientemente en las cabezas electorales, en términos económicos el capitalismo demostró una admirable capacidad de adaptación. Un período histórico de ganancias desenfrenadas, aun con sus crisis a cuestas, necesariamente debía otorgar una suficiencia arrogante a quienes serían sus principales impulsores. De cada crisis local o, incluso ante la gran oleada deflacionaria del año 1873, la burguesía capitalista parecía salir airosa. Ocurrió, entre 1873 y 1896 –producto de la caída de los precios, que llegó a un 40%– y que disminuyó notablemente los beneficios para los capitalistas, pero no así para las clases populares: la lógica interna de los períodos deflacionarios indica que los mayores beneficiarios son los individuos más pobres, pues se experimenta una caída de los precios frente a una mantención relativa de los salarios. Además, aparecía el proteccionismo como una solución relativamente aceptable a la crisis, a condición de mantener –fingidamente– un discurso que abogaba por la libertad total de comercio (cabe destacar que precisamente ese discurso se justificaban las intervenciones económicas o militares en las colonias ultramarinas). El mencionado proteccionismo, especialmente en el área agrícola, logró hacer sobrevivir a Francia y Alemania y, por tanto, a la economía mundial (determinada principalmente por estos dos países más Inglaterra). En el caso inglés la prevención a la crisis se fundó en el establecimiento prematuro de una economía de carácter colonial, en el cual los británicos tenían la posibilidad de realizar ventas de manufacturas a un nivel relativamente aceptable. Por otra parte, se incurrió en una práctica que en los años venideros tendría un carácter trascendental: ante las sucesivas crisis propias del esquema de cíclica sobreproducción capitalista (teoría enteramente coherente con la tesis propuesta por Adan Smith) la solución fue el establecimiento de los semimonopolios o Trusts: una acuerdo entre dos o varios empresarios de un determinado rubro, con miras a frenar la libre competencia que, según Smith, debía concluir en un beneficio al consumidor. La nueva era de los trust significó que las naciones más desarrolladas incurrieran en la hipocresía de apelar al más absoluto libre comercio a escala mundial (cabe recordar que a mediados del siglo XIX Paraguay intentó zafarse del sistema integrado de relaciones económicas mundiales, y fue obligado a la fuerza a reincorporarse a él), mientras en tiempos de crisis no dudarían en echar mano a prácticas que significaban una abierta contradicción con tales paradigmas y, aun más, unirse vergonzosamente en monopolios u oligopolios que anulaban la verdadera libre competencia y traicionaron directamente los principios que rigieron en su origen el despegue económico de esta era.
En resumen, la democratización de la vida civil y la probada capacidad del capitalismo de sobrevivir a los tiempos de crisis –todo lo cual reportaba sendos beneficios (aun parciales) a la clase obrera, hay que decirlo– determinó que las masas populares se acomodaran sigilosamente a las nuevas lógicas económicas y, por tanto, retrasó el esquema propuesto por Marx. Sin embargo, aún cuando los intentos reivindicativos de nivel masivo no estaban en la cúspide de la elaboración intelectual, ya se hacía notar un soterrado resquemor. La Primera Internacional, polémica Marx – Proudhon incluida, nació como producto de tales resquemores (advertidos por los obreros más cultos, como aquellos que tenían contacto con las imprentas, por ejemplo) y con la añadidura de corresponderse con una época en que, ya lo hemos mencionado, las construcciones simbólicas de un lado y de otro de la pirámide política rivalizaban en apasionamiento intelectual, y comenzaban a configurar al nuevo siglo en ciernes durante el cual, finalmente, se produciría la eclosión.
IV
Nos queda, finalmente, analizar las implicancias que los mencionados sucesos tuvieron respecto de la situación de la clase obrera durante el período de su consolidación como estructura política radicalizada. Aun cuando la incubación de las ideas libertarias tiene su origen durante el siglo XIX, será en el XX cuando tales ideas irrumpirán bruscamente retratadas en la práctica.
En 1911, el Partido Socialdemócrata Alemán contaba con 1.000.000 de afiliados. En escandinavia, la votación correspondiente a este espectro alcanzaba al orden del 25 %. En Francia, en 1914 los 103 escaños que logró correspondían a aproximadamente 1.000.000 de votos. ¿De qué manera esta corriente consiguió tan significativo avance en, a lo mucho, tres décadas?
La lógica interna de los partidos autodenominados socialistas era, a la vez que su gran fortaleza, su desgracia: una identificación absoluta entre el Partido y el proletariado. Lo que por una parte significaba un apego irrestricto a los programas y estructuras de izquierda fue, a la vez, la razón por la cual otras clases sociales o, aun más, otros elementos proletarios más moderados mirasen con recelo su participación en tal esquema. El o los Partidos Socialistas[10] suponían, de forma inherente, la subordinación de cualquier estrategia contingente hacia el carácter mesiánico de la Ciencia y el Desarrollo de la historia. Los partidos socialistas y sus ideólogos eran hijos directos del pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces europeo y, por tanto, la consecuencia lógica y exacta de su existencia era una especie de proporción de crecimiento aritmética que acabaría con la inevitable revolución mundial. Aún cuando Marx observó con estupor la falibilidad de sus teorías en vida, sus seguidores olvidaron prontamente las críticas que éste realizaba permanentemente a sus propias elaboraciones.
Este carácter marcadamente mesiánico del socialismo europeo se sumó a una aparentemente ilimitada población flotante que cumplía los requisitos proletarios o, lo que (según los socialistas) era lo mismo, revolucionarios. El traspaso acelerado de una estructura de base manufacturera artesanal hacia un esquema en donde las nuevas tecnologías requerían más mano de obra pero, a la vez, precisamente liquidaban tales centros manufactureros artesanales con la consecuencia de dejar sin trabajo a millares de antiguos artesanos, logró convencer a la mayoría del proletariado a comprometerse en la causa. En los centros donde la democracia u otras estructuras permitían una potencial unión de dichos individuos en términos políticos, aquello aconteció sin mayores diferencias. Ahora bien, ¿es posible que una masa heterogénea de millones de individuos logren coexistir en el tiempo siguiendo al pie de la letra una estructura partidaria marcadamente rígida pasando por alto cada una de las particularidades que inherentemente se tengan? El marxismo originario aun observaba a los individuos como tales solo en función de la colectividad (de hecho, no fue sino hasta bien entrado el siglo XX cuando los primeros resultados de las prácticas marxistas estimularon a algunos intelectuales a incurrir en el “sacrilegio” de replantearse las teorías de Marx, especialmente en países europeos fuera de la Unión Soviética). Ante la posibilidad de aunar a millones de conciencias respecto de una sola causa, existía el problema real de conciliar aquello con la psicología práctica de cada individuo dentro de esos millones. La consecuencia lógica de tal conflicto debía ser la división en diversas facciones unidas solamente por un común plegamiento a las ideas de Marx, como finalmente ocurrió. Si a tal heterogeneidad humana agregamos, además, una heterogeneidad absoluta en la economía de cada país específico dentro los que tenían en su seno grupos autodenominados marxistas, el resultado era predecible.
Sin duda, la ideología subsistió en torno a estos grandes y graves problemas de orden práctico: la herencia simbólica dejada por el siglo anterior fue hábilmente explotada por los intelectuales marxistas. El primero de mayo se convirtió por excelencia en el día de identificación de los trabajadores del mundo; sin embargo, aquello sucedió básicamente entre los grupos obreros más militantes y disciplinados: la gran mayoría de quienes abogaban por los partidos de izquierdas que decían representarlos lo hacían, antes que por una conciencia política elaborada, por el hecho de sentirse cotidianamente comprometidos en un tipo de existencia que nada tenía que ver con el de otras clases sociales. La adscripción voluntaria de muchos obreros era de carácter espontáneo o vital antes que intelectual. En efecto, ¿qué podían tener en común los millones de obreros que vivían hacinados en chozas atestadas con los patrones burgueses que los explotaban? Los obreros se adscribían con sus iguales porque era la decisión obvia y pertinente, pero el problema de índole práctico que significaba la mencionada heterogeneidad era más profundo de lo que a primera vista podía parecer. Ante tales perspectivas, muchas de las facciones de más a la derecha de este movimiento de izquierda proponían concentrarse en las reformas inmediatas antes que en un mesiánico cambio estructural vía revolución(es), lo cual detonó otro foco de fuertes conflictos en el seno de las asambleas.
¿Qué logró, en suma, el movimiento obrero de masas, agrupado en torno a ideales que parecían ser universales pero que en la práctica muchas veces sonaban abstractos o inentendibles? Mientras la clase burguesa consolidaba a pasos agigantados su desarrollo, los obreros –o sus intelectuales– se debatían en torno al problema. Sin duda que ya hacia esta época la clase política obrera estaba imbuida de un carácter fuertemente crítico del acontecer social, lo cual, en comparación con décadas anteriores, representaba un avance sustancial. Sin embargo, el gran acontecimiento que significó el triunfo de las ideas expuestas por los obreros, la Revolución Rusa, se encontró mediada por un conflicto de características universales antes que corresponder al permanentemente repetido desarrollo de la inevitabilidad histórica. ¿Hubiese existido Revolución Rusa sin la Primera Guerra Mundial? No estamos en condiciones de afirmarlo o negarlo, y el tema tampoco es relevante: los hechos sucedieron de tal manera y a ellos debemos ceñirnos. Sin embargo, la pregunta representa la duda fundamental en torno a los verdaderos alcances de la catarsis obrera iniciada el siglo anterior por Karl Marx. No cabe duda de que, aun sin Guerra Mundial o sin Revolución Rusa, el proletariado se encontraba en una condición mucho más consciente que la apatía mostrada por décadas; sin embargo, cosa diferente es afirmar que tal conciencia revolucionaria hubiese bastado por sí sola para implantar la serie de revoluciones autodenominadas marxistas que proliferaron durante el segundo y el tercer cuarto del siglo XX. Y es interesante notar que gran parte de los intelectuales que durante el siglo XX se adscribieron al análisis marxista de la sociedad lo hayan hecho después del año 1918, es decir, después de la guerra –que era una causa ajena al marxismo– y una vez que la revolución de octubre se hubo manifestado como triunfadora.
Conclusión.
El análisis que hemos elaborado apunta a desplegar cada una de las interrogantes planteadas, por cuanto cada una de esta contiene una parcial respuesta al desarrollo general de la época que estamos analizando. Para quienes consideramos que la historia no es sencillamente una línea concadenada y estática de acontecimientos ni una suma de hechos cuantificables, es imposible escoger tan solo una de tales alternativas en desmedro de las otras. Los procesos históricos son ciertamente más complejos que lo que se supone a primera vista, e interpretaciones de los hechos existirás tantas como individuos que los analicen.
Sin embargo, las categorizaciones históricas sirven también para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. Aun cuando se dificulta enormemente el sistematizar miles de acontecimientos que tienen su desarrollo de manera paralela, existen ciertas pautas estructurales que tienen la capacidad de contener otras tendencias. El mundo europeo del siglo XIX era objetivamente capitalista, aun cuando en algunas zonas geográficas pequeñas continuasen existiendo formas agrícolas de subsistencia o esquemas colectivos de recolección y explotación de recursos naturales. Sin embargo, la pauta estructural –insistimos– es la del capitalismo, por cuanto este fue el concepto que con mayor fuerza marcó un contraste con las tendencias históricas precedentes y que, finalmente, desaparecieron en manos de este nuevo descubrimiento. En este caso, el capitalismo se hizo permanente mientras que cualquier tipo de economía de carácter subsistente o que representara una producción en pequeña escala resultó absorbida por la fuerza dinámica de la lógica capitalista. En tal sentido, es acertado supeditar ciertas estructuras a otras más amplias o permanentes.
Respecto de la era específica que hemos analizado, su característica principal fue el mantenimiento y, aun más, la consolidación del orden burgués. La burguesía y sus códigos vinieron a superar el viejo esquema feudal propio del catolicismo monárquico de los siglos anteriores. La revolución industrial, que significó que Europa diera por superado su condición perjudicada frente a otros esquemas históricos como el Islam o Asia (China – India), fue una estructura eminentemente burguesa. Es cierto que sin los millones de obreros que durante décadas permanecieron aportando la fuerza en trabajos mal remunerados tal progreso acelerado no hubiese sido posible; sin embargo, quienes imprimieron el dinamismo necesario al sistema para lograr el mencionado progreso no fueron los obreros ni los monarcas: fueron los burgueses que poseían el talento, las ganas, las armas o el dinero para llevarlo a cabo, o todas esas cosas a un tiempo.
Sin embargo, producto de este nuevo orden liderado por la burguesía surgieron otras nuevas estructuras. La proletarización acelerada de fines del siglo XIX fue producto, precisamente, de las doctrinas económicas planteadas y practicadas por la burguesía triunfante; la teoría socialista de fuerte arraigo en el mundo proletario no emanó de un proletario, sin embargo; los revolucionarios obreros que lideraron, más tarde, las asonadas libertarias lo hicieron porque tuvieron el contacto con el conocimiento necesario para sistematizar sus ideas; es decir: todos los sucesos acaecidos durante fines del siglo XIX e inicios del XX son, y no podría ser de otra manera, subsidiarios del orden burgués.
Por cierto, ello no significa que la historia de esta época deba tratarse única y exclusivamente del mundo burgués; la historia del resto de las clases sociales existe por la sencilla razón de que dichas otras clases sociales existen. La historia tiene sentido en cuanto se transforma en un vehículo para conocer la condición de los individuos de determinada época, y no como una suma de estructuras de carácter metafísico o impersonal. El mundo obrero y sus secuelas existió y fue protagonista del acontecer social de la época. Sin embargo, hemos empezado esta conclusión afirmando que las categorizaciones históricas sirven para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. En esta época determinada, aun cuando todos los enunciados o preguntas que dieron origen a este informe existieron, el proceso general no puede entenderse si no empezamos por la nueva dinámica económica generada por la burguesía.
[1] Las cursivas son nuestras.
[2] Aun cuando nuestra época es fecunda en conflictos tanto o aun más extensos, pero con una diferencia fundamental: es esta la primera vez que, en una guerra establecida oficialmente, se enfrentan no solo ejércitos profesionales, sino pueblos enteros. Además, las anteriores conflagraciones no tuvieron el impacto en el nuevo orden mundial que se apreció en las dos grandes Guerras Mundiales.
[3] Excepto durante la posterior época de recesión económica europea de aproximadamente el año 1873, y que traería consecuencias trascendentales en el posterior desarrollo de los movimientos obreros, por una parte, y de la consolidación del imperialismo, por otra. Ambos hechos serán analizados más adelante.
[4] Que, según el autor, surge básicamente dada la necesidad de los países más industrializados por contar con nuevos mercados hacia los cuales ofrecer los productos de su economía en una época de fuerte recesión, esquema originalmente aplicado por Inglaterra, y pronto imitado por varios países europeos que observaban los beneficios que tal esquema acarreaba o que, simplemente, no querían verse en una situación de desventaja histórica al no contar con colonias que significaban la diferencia entre un “gran” país y uno de segunda categoría. En la época que estamos analizando, capitalismo e imperialismo son conceptos inseparables.
[5] Respecto de las consecuencias estrictamente económicas del esquema imperial, podemos mencionar las siguientes: una expansión territorial acelerada; una economía más plural; una revolución tecnológica sin parangones; un aumento del empleo en el sector terciario (y del empleo en general); una lógica científica en la administración empresarial; un mayor acceso de los individuos de todas las clases al consumo y, finalmente, un sistema de tratados semimonopólicos entre diferentes empresas, dando origen a una estructura propia del período: los Trust, que finalmente terminaron por beneficiar (y consolidar aun más) a la clase burguesa.
[6] Las masas populares poco entendían de estrategias de disciplinamiento o control social y era imposible que estuvieran en condiciones de hacerlo. El asunto presenta semejanzas pasmosas con otras épocas históricas, entre ellas la nuestra.
[7] Respecto del tema de la irracionalidad como corriente filosófica, es acertado destacar que en este momento histórico la filosofía de Nietszche (1844–1900) se encontraba en plena actualidad.
[8] Ignoramos si es pertinente, aun cuando el tema de fondo es el mismo, citar la modernización arquitectónica estructural de la ciudad de París llevada a cabo por Napoleón III, que (quizá) representó un ejemplo a seguir por los gobernantes de otras ciudades. Como sea, el ejemplo francés es una prueba de la importancia que en la época se otorgaba al mencionado populismo expresado en manifestaciones arquitectónicas.
[9] Al respecto, cabe recordar que tanto Marx como Engels afirmaban entusiastas que “la democracia es la antesala de la revolución”. Finalmente, ambos estaban equivocados, como lo advirtió Lenin tras analizar los sucesos posteriores a la inflamada teoría marxista.
[10] Esta condición de singular o plural no es antojadiza: la lógica interna del izquierdismo apelaba a la unión mundial de sus elementos, y es una tarea titánica, que no estamos en condiciones de realizar aquí, el analizar hasta que punto se cumplió tal pretensión de universalidad.
“En la década de 1860 entra una nueva palabra en el vocabulario económico y político del mundo: <
Eric Hobsbawm, La Era Del Capital, pp. 15.
...”Los nuevos movimientos socialistas eran revolucionarios pero para la mayor parte de ellos la revolución era, en cierto sentido, la consecuencia lógica y necesaria de la democracia burguesa que hacía que las decisiones, antes en manos de unos pocos, fueran compartidas cada vez por un mayor número de individuos. Y para aquellos que esperaban una insurrección real se trataba de una batalla cuyo objetivo solo podía ser... el del paso previo para alcanzar otras metas más ambiciosas. Así pues, los revolucionarios se mantuvieron en el seno de la era del imperio, aunque se preparaban para trascenderla...”[1].
Eric Hobsbawm, La Era Del Imperio, pp. 18.
Introducción.
Como afirma el autor, y como afirma cualquier historiador serio, la era comprendida entre el triunfo de la doble revolución europea (1789) y el inicio de las grandes hostilidades mundiales a partir del año 1914[2] supone la mayor transformación de la historia en cuanto al desarrollo y consolidación de nuevas estructuras por sobre otras precedentes, con el importante agregado de influir y cambiar para siempre la vida cotidiana de los millones de individuos que, para bien o para mal, se hallaron inmersos dentro de esta órbita de cambios. El capitalismo y su consecuencia histórica (al menos en la época en la cual nos situamos) , el imperialismo, se alzaron como nuevas estructuras que no encuentran parangón en la historia universal. La génesis del proceso la encontramos dentro de causales internas e interrelacionadas, las cuales serán la bisagra que posibilite el anunciado cambio de folio en el orden mundial.
Durante la era del capital, la burguesía hereditaria de los beneficios que supuso la transición del esquema feudal hacia un primitivo tipo de capitalismo (proceso mediado por la Revolución Francesa que -hay que recalcarlo- rápidamente abandonó los idearios que originalmente la posibilitaron), comenzó un paulatino proceso de adquisición de una conciencia de carácter marcadamente progresista. Las teorías de Adan Smith plasmadas en su Riqueza de las Naciones constituyeron un libro de cabecera de generaciones de intelectuales que, a su vez, traspasaban tales conocimientos a sus naturales relaciones burguesas. Las naciones recientemente constituidas apelaban al desarrollo sin trabas de un esquema económico en donde primaría –al menos en teoría– la libre empresa por sobre los subsidios estatales o las prácticas proteccionistas[3]. En Gran Bretaña, un político prominente llegó a afirmar que “toda nuestra política se funda en la idea de que el estado no debe sino destrabar los posibles impedimentos que los individuos privados pudiesen encontrar para llevar a cabo una política de librecambismo y emprendimiento individual en todo orden de cosas”. La era de los fisiócratas (propios de la mentalidad rentista que apareció como teoría política inmediatamente acabada la era feudal) o de los mercantilistas (que constituyeron los primeros atisbos de una economía basada en el intercambio estructural) se encontraba en franca retirada, siendo reemplazada por la mano invisible a la que cualquier estado debía apelar y que, en la práctica, significó –además de la transformación radical en los medios de vida y, aún más, en extrema simbiosis con aquello– que un gran número de nuevos individuos que se encontraran en una situación para ellos desconocida y, a veces, angustiante: el trabajo asalariado varias veces explotador y, más importante aún desde el punto de vista de la psicología social, la imposibilidad absoluta de cambiar de modo de vida. La proletarización había llegado para quedarse. Karl Marx y otros pensadores no menos adelantados ya habían advertido el potencial que representaba una interminable masa de obreros asalariados en los principales centros urbanos del mundo de entonces.
La inevitable existencia de dichos individuos obreros que constituían una potencial masa electoral en los centros urbanos fue un asunto originalmente descuidado por los burgueses detentores del poder económico. Durante la era de la recesión producto de la oleada deflacionaria, la capacidad recién adquirida del transporte mundial de trasladar individuos hacia cualquier lugar del mundo que resultase lo suficientemente atractivo para asegurar la sobrevivencia evitó posibles focos de rebeliones en el seno del mundo popular. Antes de la escalada imperialista que trajo consigo la crisis cíclica capitalista de 1873, sin embargo, la latente escalada de terror provocada en los principales burgueses debido a la existencia de una masa informe de sujetos dentro de las grandes ciudades, terror compartido además por numerosos trabajadores de oficios más autosuficientes –artesanos, manufactureros, etc (y que se encontraban en una suerte de tierra de nadie entre la burguesía dominante y los asalariados)– conformó una conciencia respecto a lo peligroso que podía llegar a resultar un esquema de nula participación política –nominal o real, no era importante– por parte de un grupo social que comenzaba a darse cuenta de su amplia mayoría en términos de población. La era de democratización había comenzado su escalada.
Los primeros vislumbres democráticos fueron tímidos y parcializados en ciertos sectores: ¿por qué habrían de beneficiarse socialmente los grupos más poderosos con electores que no tenían la capacidad de entender a las teorías económicas (liberales) que sustentaban el progreso alcanzado durante la segunda mitad del siglo? Una ilimitada cantidad de nuevos votantes (de dudosa calidad) representaba una seria amenaza para el mantenimiento del orden capitalista tal como se conocía; los grupos más conservadores –la iglesia, entre ellos– rápidamente conformaron grupos políticos tendientes a absorber a tales nuevos electores, aun cuando estos se vieron –y Marx lo había previsto– inevitablemente atraídos hacia las nuevas propuestas surgidas por individuos que ostentaban condiciones de liderazgo dentro de las estructuras de trabajadores en cualquier lugar en donde estos fuesen un número importante. Sin embargo, las nuevas teorías que apelaban a la condición explotada de los obreros fueron, en su mayoría, de carácter más integrador que desafiante hacia la estructura política preexistente. Paralelamente, las nuevas masas de campesinos pobres que se habían sentido atraídos en un primer momento por los incendiarios discursos de clase propuestos por estos vanguardistas terminaron, previsiblemente, apelando en mayor medida a una mejoría real en las condiciones de vida cotidiana más que a un mesianismo científico fundado en la teoría marxista y, finalmente, terminaron votando por la derecha política. Las clases dirigentes, además, descubrieron bien pronto las posibilidades que otorgaba una nueva masa de electores potencialmente manipulable y, consecuentemente, ofreció ciertos avances en tal sentido. El resultado inevitable fue una escisión entre los partidarios moderados del esquema de la izquierda contra otros más radicalizados, con la consecuente pérdida de identificación con la causa propuesta por los partidos de izquierda.
Sin embargo, surgió otro problema de proporciones (que advirtieron los dirigentes más capacitados de la época): en adelante, sería necesario proceder con sumo cuidado frente al potencial rechazo de las masas hacia determinados aspectos de la conducción política por parte de esos mismos dirigentes burgueses. El discurso de la racionalidad no bastaba ya, puesto que poco ardor provocaban las ideas de Smith frente a individuos que apenas disponían de condiciones para enterarse de ellas, ni menos aun de comprenderlas. La respuesta de la burguesía vino por partida doble: el imperialismo, que significaba a un tiempo una capacidad económica que permitía el establecimiento de ciertas mejorías sociales y, por tanto, amortiguar posibles focos de conflictos y, además de ello, apelaba a la irracionalidad: el imperialismo[4] –es decir el hecho de ser parte de una nación poderosa y que lo era, precisamente, por la labor de todos los individuos que eran parte de tal– penetró fuertemente en las conciencias de los sectores obreros, aun cuando con el tiempo esta idea fuera desplazada por otras de mayor atrevimiento. Si bien el espectro del comunismo aun no recorría Europa, poco faltaba para comenzar a sentir su aliento.[5]
I
Como ya hemos mencionado, la burguesía rápidamente advirtió las ventajas que las nuevas situaciones podían acarrearles –desde el imperialismo hasta la democracia– y, consecuencia lógica de ello, fue la clase que más entusiastamente se plegó a los nuevos esquemas, tomando una posición de liderazgo dentro de su consolidación. El imperialismo, además de ser –ya lo hemos visto– una fuente estable de divisas tendientes a financiar el asistencialismo social, como política de estado contaba con un apoyo mayoritario entre la población. Cualquier ciudadano veía disminuidas sus propias necesidades si es que se le permitía soñar con posibles focos de riqueza en lugares exóticos, aún cuando –cosa previsible– en la práctica fue la propia burguesía la mayor beneficiaria de tales ganancias. Los populistas de la época contaron con una coyuntura que hacía sus delicias.
Pero otra idea directamente consecuente del populismo imperial fue la exacerbación del nacionalismo. Según el autor, la era del imperio fue de una asombrosa fecundidad en cuanto a los símbolos, las ceremonias nacionales, los rituales de ascensión a la corona o, en suma, las celebraciones populares por cualquier excusa. El autor llega a comparar los ritos de cualquier tipo que tuviera como protagonista a la Reina Victoria con los espectáculos que ofrecía la empresa gráfica Kodak. El discurso oficial que justificaba tales asuntos apelaba a la irracionalidad absoluta, hecho que solamente los individuos más preparados intelectualmente pudieron advertir como estrategia política real.[6].[7] La idea de nación, además, sirvió para que muchos individuos populares se enrolaran en el ejército y marcharan hacia la guerra, lo cual tuvo una doble consecuencia: la identificación popular –al menos por parte de estos individuos– con una idea de patria y, por otra parte, mayores beneficios para la clase burguesa en un sistema de guerras focalizadas y específicas que tendían en su mayoría a reordenar los esquemas económicos en beneficio de unos pocos burgueses.
Sin embargo, la consolidación del populismo representó ciertas ventajas respecto a épocas inmediatamente anteriores: las monumentalidad oficial alcanzó un arraigo extraordinario y, con ello, la creación de espacios públicos.[8] Además, producto de la economía imperialista y de un supuesto –y real– bienestar económico generalizado (mediante ganancias en bruto para los burgueses o asistenciales para los populares), se dio inicio a un nuevo fenómeno económico y social: la integración de los sectores más pobres de la sociedad como consumidores de productos dirigidos, por primera vez, especialmente a ellos. Todo lo anterior concluyó, en suma, con una asimilación estructural del nuevo esquema económico por parte de todos los sectores, más o menos beneficiados por tales políticas. Ello evitó una lógica de estallidos sociales que hiciera frente a toda la gran cantidad de problemas que, aun con los avances manifestados, conservaba la clase popular. Una burguesía consolidada conducía el timón del barco imperialista, mientras los peones –tanto en la metáfora como en la realidad– eran mantenidos calmos por los supuestos beneficios que el nuevo sistema traería.
II
Hemos observado como la democratización de la sociedad se produjo de manera más o menos homogénea en gran parte del mapa político de Europa, aun cuando ello no significó en medida alguna una consolidación de las posturas más radicalizadas. La burguesía, originalmente temerosa, manejó con gran tino el nuevo sistema eleccionario y lo manipuló en su favor, con lo cual se creó una válvula de escape hacia los potenciales focos revolucionarios en el sentido marxista. La democracia significaba una mayor cantidad de electores y, por tanto, una multiplicación del riesgo. Los intelectuales que ya se encontraban influidos por las ideas de Marx acogieron con entusiasmo (prerrevolucionario) esta nueva oleada democratizadora.
Sin embargo, los sucesos posteriores fueron mermando las originales esperanzas de quienes apostaban al avance positivista inevitable de la historia universal. Como ya hemos mencionado, las nuevas clases populares –en su mayoría campesinos– fueron absorbidas por las líneas políticas más moderadas que los atrajeron mediante una escalada de reformas relativamente tendientes a un mayor grado de justicia social. Si para algunos sujetos inflamados de las llamas libertarias se estaba ad portas del avance de la Historia, para los pragmáticos burgueses, en cambio, había que acomodarse a estas nuevas circunstancias de tal manera de no ver mermados significativamente sus privilegios adquiridos durante siglos. Durante los años que median entre el inicio de la era del imperio y el comienzo de la Gran Guerra, un mayor nivel de participación democrática –que la hubo– no significó (en términos generales) una catarsis que desembocara en la temida o esperada gran revolución.
III
Esta misma oleada democratizadora significó, paradójicamente, una estabilidad relativa en comparación con los primeros tiempos del capitalismo, especialmente durante la década del ’40.[9] Al hecho de que muchos individuos históricamente postergados se sintieran más que conformes con esta nueva condición de electores, cabe agregar la admirable capacidad de los burgueses capitalistas para hacer frente a cualquier tipo de crisis que pudiese significar una radicalización de las posturas más libertarias. A la ya mencionada tendencia a la irracionalidad simbólica impuesta inconscientemente en las cabezas electorales, en términos económicos el capitalismo demostró una admirable capacidad de adaptación. Un período histórico de ganancias desenfrenadas, aun con sus crisis a cuestas, necesariamente debía otorgar una suficiencia arrogante a quienes serían sus principales impulsores. De cada crisis local o, incluso ante la gran oleada deflacionaria del año 1873, la burguesía capitalista parecía salir airosa. Ocurrió, entre 1873 y 1896 –producto de la caída de los precios, que llegó a un 40%– y que disminuyó notablemente los beneficios para los capitalistas, pero no así para las clases populares: la lógica interna de los períodos deflacionarios indica que los mayores beneficiarios son los individuos más pobres, pues se experimenta una caída de los precios frente a una mantención relativa de los salarios. Además, aparecía el proteccionismo como una solución relativamente aceptable a la crisis, a condición de mantener –fingidamente– un discurso que abogaba por la libertad total de comercio (cabe destacar que precisamente ese discurso se justificaban las intervenciones económicas o militares en las colonias ultramarinas). El mencionado proteccionismo, especialmente en el área agrícola, logró hacer sobrevivir a Francia y Alemania y, por tanto, a la economía mundial (determinada principalmente por estos dos países más Inglaterra). En el caso inglés la prevención a la crisis se fundó en el establecimiento prematuro de una economía de carácter colonial, en el cual los británicos tenían la posibilidad de realizar ventas de manufacturas a un nivel relativamente aceptable. Por otra parte, se incurrió en una práctica que en los años venideros tendría un carácter trascendental: ante las sucesivas crisis propias del esquema de cíclica sobreproducción capitalista (teoría enteramente coherente con la tesis propuesta por Adan Smith) la solución fue el establecimiento de los semimonopolios o Trusts: una acuerdo entre dos o varios empresarios de un determinado rubro, con miras a frenar la libre competencia que, según Smith, debía concluir en un beneficio al consumidor. La nueva era de los trust significó que las naciones más desarrolladas incurrieran en la hipocresía de apelar al más absoluto libre comercio a escala mundial (cabe recordar que a mediados del siglo XIX Paraguay intentó zafarse del sistema integrado de relaciones económicas mundiales, y fue obligado a la fuerza a reincorporarse a él), mientras en tiempos de crisis no dudarían en echar mano a prácticas que significaban una abierta contradicción con tales paradigmas y, aun más, unirse vergonzosamente en monopolios u oligopolios que anulaban la verdadera libre competencia y traicionaron directamente los principios que rigieron en su origen el despegue económico de esta era.
En resumen, la democratización de la vida civil y la probada capacidad del capitalismo de sobrevivir a los tiempos de crisis –todo lo cual reportaba sendos beneficios (aun parciales) a la clase obrera, hay que decirlo– determinó que las masas populares se acomodaran sigilosamente a las nuevas lógicas económicas y, por tanto, retrasó el esquema propuesto por Marx. Sin embargo, aún cuando los intentos reivindicativos de nivel masivo no estaban en la cúspide de la elaboración intelectual, ya se hacía notar un soterrado resquemor. La Primera Internacional, polémica Marx – Proudhon incluida, nació como producto de tales resquemores (advertidos por los obreros más cultos, como aquellos que tenían contacto con las imprentas, por ejemplo) y con la añadidura de corresponderse con una época en que, ya lo hemos mencionado, las construcciones simbólicas de un lado y de otro de la pirámide política rivalizaban en apasionamiento intelectual, y comenzaban a configurar al nuevo siglo en ciernes durante el cual, finalmente, se produciría la eclosión.
IV
Nos queda, finalmente, analizar las implicancias que los mencionados sucesos tuvieron respecto de la situación de la clase obrera durante el período de su consolidación como estructura política radicalizada. Aun cuando la incubación de las ideas libertarias tiene su origen durante el siglo XIX, será en el XX cuando tales ideas irrumpirán bruscamente retratadas en la práctica.
En 1911, el Partido Socialdemócrata Alemán contaba con 1.000.000 de afiliados. En escandinavia, la votación correspondiente a este espectro alcanzaba al orden del 25 %. En Francia, en 1914 los 103 escaños que logró correspondían a aproximadamente 1.000.000 de votos. ¿De qué manera esta corriente consiguió tan significativo avance en, a lo mucho, tres décadas?
La lógica interna de los partidos autodenominados socialistas era, a la vez que su gran fortaleza, su desgracia: una identificación absoluta entre el Partido y el proletariado. Lo que por una parte significaba un apego irrestricto a los programas y estructuras de izquierda fue, a la vez, la razón por la cual otras clases sociales o, aun más, otros elementos proletarios más moderados mirasen con recelo su participación en tal esquema. El o los Partidos Socialistas[10] suponían, de forma inherente, la subordinación de cualquier estrategia contingente hacia el carácter mesiánico de la Ciencia y el Desarrollo de la historia. Los partidos socialistas y sus ideólogos eran hijos directos del pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces europeo y, por tanto, la consecuencia lógica y exacta de su existencia era una especie de proporción de crecimiento aritmética que acabaría con la inevitable revolución mundial. Aún cuando Marx observó con estupor la falibilidad de sus teorías en vida, sus seguidores olvidaron prontamente las críticas que éste realizaba permanentemente a sus propias elaboraciones.
Este carácter marcadamente mesiánico del socialismo europeo se sumó a una aparentemente ilimitada población flotante que cumplía los requisitos proletarios o, lo que (según los socialistas) era lo mismo, revolucionarios. El traspaso acelerado de una estructura de base manufacturera artesanal hacia un esquema en donde las nuevas tecnologías requerían más mano de obra pero, a la vez, precisamente liquidaban tales centros manufactureros artesanales con la consecuencia de dejar sin trabajo a millares de antiguos artesanos, logró convencer a la mayoría del proletariado a comprometerse en la causa. En los centros donde la democracia u otras estructuras permitían una potencial unión de dichos individuos en términos políticos, aquello aconteció sin mayores diferencias. Ahora bien, ¿es posible que una masa heterogénea de millones de individuos logren coexistir en el tiempo siguiendo al pie de la letra una estructura partidaria marcadamente rígida pasando por alto cada una de las particularidades que inherentemente se tengan? El marxismo originario aun observaba a los individuos como tales solo en función de la colectividad (de hecho, no fue sino hasta bien entrado el siglo XX cuando los primeros resultados de las prácticas marxistas estimularon a algunos intelectuales a incurrir en el “sacrilegio” de replantearse las teorías de Marx, especialmente en países europeos fuera de la Unión Soviética). Ante la posibilidad de aunar a millones de conciencias respecto de una sola causa, existía el problema real de conciliar aquello con la psicología práctica de cada individuo dentro de esos millones. La consecuencia lógica de tal conflicto debía ser la división en diversas facciones unidas solamente por un común plegamiento a las ideas de Marx, como finalmente ocurrió. Si a tal heterogeneidad humana agregamos, además, una heterogeneidad absoluta en la economía de cada país específico dentro los que tenían en su seno grupos autodenominados marxistas, el resultado era predecible.
Sin duda, la ideología subsistió en torno a estos grandes y graves problemas de orden práctico: la herencia simbólica dejada por el siglo anterior fue hábilmente explotada por los intelectuales marxistas. El primero de mayo se convirtió por excelencia en el día de identificación de los trabajadores del mundo; sin embargo, aquello sucedió básicamente entre los grupos obreros más militantes y disciplinados: la gran mayoría de quienes abogaban por los partidos de izquierdas que decían representarlos lo hacían, antes que por una conciencia política elaborada, por el hecho de sentirse cotidianamente comprometidos en un tipo de existencia que nada tenía que ver con el de otras clases sociales. La adscripción voluntaria de muchos obreros era de carácter espontáneo o vital antes que intelectual. En efecto, ¿qué podían tener en común los millones de obreros que vivían hacinados en chozas atestadas con los patrones burgueses que los explotaban? Los obreros se adscribían con sus iguales porque era la decisión obvia y pertinente, pero el problema de índole práctico que significaba la mencionada heterogeneidad era más profundo de lo que a primera vista podía parecer. Ante tales perspectivas, muchas de las facciones de más a la derecha de este movimiento de izquierda proponían concentrarse en las reformas inmediatas antes que en un mesiánico cambio estructural vía revolución(es), lo cual detonó otro foco de fuertes conflictos en el seno de las asambleas.
¿Qué logró, en suma, el movimiento obrero de masas, agrupado en torno a ideales que parecían ser universales pero que en la práctica muchas veces sonaban abstractos o inentendibles? Mientras la clase burguesa consolidaba a pasos agigantados su desarrollo, los obreros –o sus intelectuales– se debatían en torno al problema. Sin duda que ya hacia esta época la clase política obrera estaba imbuida de un carácter fuertemente crítico del acontecer social, lo cual, en comparación con décadas anteriores, representaba un avance sustancial. Sin embargo, el gran acontecimiento que significó el triunfo de las ideas expuestas por los obreros, la Revolución Rusa, se encontró mediada por un conflicto de características universales antes que corresponder al permanentemente repetido desarrollo de la inevitabilidad histórica. ¿Hubiese existido Revolución Rusa sin la Primera Guerra Mundial? No estamos en condiciones de afirmarlo o negarlo, y el tema tampoco es relevante: los hechos sucedieron de tal manera y a ellos debemos ceñirnos. Sin embargo, la pregunta representa la duda fundamental en torno a los verdaderos alcances de la catarsis obrera iniciada el siglo anterior por Karl Marx. No cabe duda de que, aun sin Guerra Mundial o sin Revolución Rusa, el proletariado se encontraba en una condición mucho más consciente que la apatía mostrada por décadas; sin embargo, cosa diferente es afirmar que tal conciencia revolucionaria hubiese bastado por sí sola para implantar la serie de revoluciones autodenominadas marxistas que proliferaron durante el segundo y el tercer cuarto del siglo XX. Y es interesante notar que gran parte de los intelectuales que durante el siglo XX se adscribieron al análisis marxista de la sociedad lo hayan hecho después del año 1918, es decir, después de la guerra –que era una causa ajena al marxismo– y una vez que la revolución de octubre se hubo manifestado como triunfadora.
Conclusión.
El análisis que hemos elaborado apunta a desplegar cada una de las interrogantes planteadas, por cuanto cada una de esta contiene una parcial respuesta al desarrollo general de la época que estamos analizando. Para quienes consideramos que la historia no es sencillamente una línea concadenada y estática de acontecimientos ni una suma de hechos cuantificables, es imposible escoger tan solo una de tales alternativas en desmedro de las otras. Los procesos históricos son ciertamente más complejos que lo que se supone a primera vista, e interpretaciones de los hechos existirás tantas como individuos que los analicen.
Sin embargo, las categorizaciones históricas sirven también para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. Aun cuando se dificulta enormemente el sistematizar miles de acontecimientos que tienen su desarrollo de manera paralela, existen ciertas pautas estructurales que tienen la capacidad de contener otras tendencias. El mundo europeo del siglo XIX era objetivamente capitalista, aun cuando en algunas zonas geográficas pequeñas continuasen existiendo formas agrícolas de subsistencia o esquemas colectivos de recolección y explotación de recursos naturales. Sin embargo, la pauta estructural –insistimos– es la del capitalismo, por cuanto este fue el concepto que con mayor fuerza marcó un contraste con las tendencias históricas precedentes y que, finalmente, desaparecieron en manos de este nuevo descubrimiento. En este caso, el capitalismo se hizo permanente mientras que cualquier tipo de economía de carácter subsistente o que representara una producción en pequeña escala resultó absorbida por la fuerza dinámica de la lógica capitalista. En tal sentido, es acertado supeditar ciertas estructuras a otras más amplias o permanentes.
Respecto de la era específica que hemos analizado, su característica principal fue el mantenimiento y, aun más, la consolidación del orden burgués. La burguesía y sus códigos vinieron a superar el viejo esquema feudal propio del catolicismo monárquico de los siglos anteriores. La revolución industrial, que significó que Europa diera por superado su condición perjudicada frente a otros esquemas históricos como el Islam o Asia (China – India), fue una estructura eminentemente burguesa. Es cierto que sin los millones de obreros que durante décadas permanecieron aportando la fuerza en trabajos mal remunerados tal progreso acelerado no hubiese sido posible; sin embargo, quienes imprimieron el dinamismo necesario al sistema para lograr el mencionado progreso no fueron los obreros ni los monarcas: fueron los burgueses que poseían el talento, las ganas, las armas o el dinero para llevarlo a cabo, o todas esas cosas a un tiempo.
Sin embargo, producto de este nuevo orden liderado por la burguesía surgieron otras nuevas estructuras. La proletarización acelerada de fines del siglo XIX fue producto, precisamente, de las doctrinas económicas planteadas y practicadas por la burguesía triunfante; la teoría socialista de fuerte arraigo en el mundo proletario no emanó de un proletario, sin embargo; los revolucionarios obreros que lideraron, más tarde, las asonadas libertarias lo hicieron porque tuvieron el contacto con el conocimiento necesario para sistematizar sus ideas; es decir: todos los sucesos acaecidos durante fines del siglo XIX e inicios del XX son, y no podría ser de otra manera, subsidiarios del orden burgués.
Por cierto, ello no significa que la historia de esta época deba tratarse única y exclusivamente del mundo burgués; la historia del resto de las clases sociales existe por la sencilla razón de que dichas otras clases sociales existen. La historia tiene sentido en cuanto se transforma en un vehículo para conocer la condición de los individuos de determinada época, y no como una suma de estructuras de carácter metafísico o impersonal. El mundo obrero y sus secuelas existió y fue protagonista del acontecer social de la época. Sin embargo, hemos empezado esta conclusión afirmando que las categorizaciones históricas sirven para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. En esta época determinada, aun cuando todos los enunciados o preguntas que dieron origen a este informe existieron, el proceso general no puede entenderse si no empezamos por la nueva dinámica económica generada por la burguesía.
[1] Las cursivas son nuestras.
[2] Aun cuando nuestra época es fecunda en conflictos tanto o aun más extensos, pero con una diferencia fundamental: es esta la primera vez que, en una guerra establecida oficialmente, se enfrentan no solo ejércitos profesionales, sino pueblos enteros. Además, las anteriores conflagraciones no tuvieron el impacto en el nuevo orden mundial que se apreció en las dos grandes Guerras Mundiales.
[3] Excepto durante la posterior época de recesión económica europea de aproximadamente el año 1873, y que traería consecuencias trascendentales en el posterior desarrollo de los movimientos obreros, por una parte, y de la consolidación del imperialismo, por otra. Ambos hechos serán analizados más adelante.
[4] Que, según el autor, surge básicamente dada la necesidad de los países más industrializados por contar con nuevos mercados hacia los cuales ofrecer los productos de su economía en una época de fuerte recesión, esquema originalmente aplicado por Inglaterra, y pronto imitado por varios países europeos que observaban los beneficios que tal esquema acarreaba o que, simplemente, no querían verse en una situación de desventaja histórica al no contar con colonias que significaban la diferencia entre un “gran” país y uno de segunda categoría. En la época que estamos analizando, capitalismo e imperialismo son conceptos inseparables.
[5] Respecto de las consecuencias estrictamente económicas del esquema imperial, podemos mencionar las siguientes: una expansión territorial acelerada; una economía más plural; una revolución tecnológica sin parangones; un aumento del empleo en el sector terciario (y del empleo en general); una lógica científica en la administración empresarial; un mayor acceso de los individuos de todas las clases al consumo y, finalmente, un sistema de tratados semimonopólicos entre diferentes empresas, dando origen a una estructura propia del período: los Trust, que finalmente terminaron por beneficiar (y consolidar aun más) a la clase burguesa.
[6] Las masas populares poco entendían de estrategias de disciplinamiento o control social y era imposible que estuvieran en condiciones de hacerlo. El asunto presenta semejanzas pasmosas con otras épocas históricas, entre ellas la nuestra.
[7] Respecto del tema de la irracionalidad como corriente filosófica, es acertado destacar que en este momento histórico la filosofía de Nietszche (1844–1900) se encontraba en plena actualidad.
[8] Ignoramos si es pertinente, aun cuando el tema de fondo es el mismo, citar la modernización arquitectónica estructural de la ciudad de París llevada a cabo por Napoleón III, que (quizá) representó un ejemplo a seguir por los gobernantes de otras ciudades. Como sea, el ejemplo francés es una prueba de la importancia que en la época se otorgaba al mencionado populismo expresado en manifestaciones arquitectónicas.
[9] Al respecto, cabe recordar que tanto Marx como Engels afirmaban entusiastas que “la democracia es la antesala de la revolución”. Finalmente, ambos estaban equivocados, como lo advirtió Lenin tras analizar los sucesos posteriores a la inflamada teoría marxista.
[10] Esta condición de singular o plural no es antojadiza: la lógica interna del izquierdismo apelaba a la unión mundial de sus elementos, y es una tarea titánica, que no estamos en condiciones de realizar aquí, el analizar hasta que punto se cumplió tal pretensión de universalidad.
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