sábado, 29 de noviembre de 2008

2006: Brasil. Río de Janeiro. Copacabana. Rolling Stones.


I.

No me fue grato el permanecer tres días arriba de un bus con un aire acondicionado que, de verdad, hacía que se congelaran todos los fluidos de tu cuerpo; ni me fue grato el saber que salía de Chile con la plata justa y, con seguridad, un poco menos; ni tampoco me fue grato tener que omitir que mi viaje del verano sería hasta allá, ya que la idea original era arrancar en solitario y no con amigos-colados-pegotes que de enterarse de lo irracional del proyecto, en el mejor de los casos, utilizarían todos los medios para intentar que abortaras (por cierto, en cuanto a lo irracional del proyecto no les faltaría razón) o, en el peor de ellos, se sentirían iluminados por un momento y harían lo posible por llegar conmigo hasta mi destino. Si ya cuesta manejar los problemas propios –falta de dinero, de preparación, de conocimiento del idioma, de los precios, de la disponibilidad de alojamiento, etc...– hubiese sido doblemente complicado abarcar, además, problemas ajenos (los amigos que posiblemente querrían ir conmigo no responden precisamente al nombre de viajeros, sino más bien de turistas. Neófitos, abstenerse). Pero por otra parte el asunto tenía sus gracias; Brasil; las playas y sus mujeres, tan dispuestas según el mito universal; la aventura por primera vez hacia un país desconocido, mítico; Río de Janeiro y, más específicamente, Copacabana y los Rolling Stones, que me esperaban al final de mi recorrido. Si resultaba, el sueño del pibe. Así fue entonces como me encontré arriba de un bus que se congelaba por dentro y hervía por fuera, con tres días de viaje por delante, con la plata justa –y con seguridad un poco menos–, omitiendo conscientemente mi verdadero destino, y sin conocimiento del idioma ni de los precios ni de la disponibilidad hotelera ni de nada de lo que me esperaba pero, por cierto, muy bien apertrechado con varios CD de los músicos que provocaron este atentado en contra del sentido común. Debe ser que el mejor homenaje que uno le puede dar a los Rollings es el de hacer cosas que parezcan carentes de sentido para el mundo pero que tengan sentido para uno mismo, como tantas veces lo hicieran ellos. Ya me estaba empezando a creer el cuento.

En su momento, algo de preparación pre-viaje intenté tener; numerosas páginas de internet ofrecían información respecto de los alojamientos, y especialmente acerca de su disponibilidad y sus precios; como alumno aplicado, incluso, en algún momento tuve una carpetita con todos los datos habidos y por haber: por muy viajero que uno se sienta, nada se deja al azar sin sentido. La filosofía de los viajeros indica que tienes que poder hacer frente a cualquier circunstancia, pero resulta torpe intentar fabricarse artificialmente circunstancias difíciles cuando, sin duda alguna, éstas se producirán tarde o temprano mientras viajas. Así es que ahí estaba yo, muy ufano con mi carpetita y trabajando tenazmente durante los días anteriores a la fecha que escogí como mi salida (exactamente un día 11 de febrero), para alcanzar a juntar algo más de fondos. Hasta el momento, todo estaba muy bien: dinero suficiente, mi vieja mochila lista, ideas supuestamente claras acerca del clima y, por tanto, del equipaje que debía llevar y, especialmente, la intención de reservar por lo menos una semana antes vía internet una cama en algún lugar, ya que –según se observaba en la red– aun había tiempo más que suficiente. Todo perfecto. Demasiado perfecto. Quizá el cielo castiga a quienes somos un poco impíos; en mi caso, me castigó: cerca de diez días antes de mi viaje se produciría el descalabro (descalabro solamente para los efectos de la planificación de mi viaje, que no se malentienda). Una pareja de amigos santiaguinos, hermanos de muchas batallas anteriores, me avisaron que deseaban salir de su ciudad y permanecer algunos días en el sur y que, precisamente, habían pensado que yo los podía recibir. Mientras halábamos por teléfono, dudé unos instantes… Qué lamentable: es que precisamente en esos días… Por supuesto, los chicos son gente altamente sensata y ningún reparo pusieron cuando yo, persona sensata, les dije que “lamentablemente justo ahora me es difícil, por cuanto tengo proyectado un viaje en una semana más y estoy juntando fondos y además me encuentro realizando los preparativos y etc. etc. etc…” “Pues muchas gracias… ¡allá vamos!” los escuché despedirse por el teléfono porque, por supuesto, mi sensatez no llegaba al punto de decirle a una pareja de amigos que no podían venir a mi casa a causa de un mísero viaje a Brasil a ver a los Rolling Stones. “¿Podemos llegar a tu casa? Si no puedes, no hay problema…” “Los espero con los brazos abiertos”, fue lo último que les dije. ¿Y mis preparativos? Eso podía esperar.

Sucedió que los preparativos continuaron esperando para siempre. Y ahí estábamos: en el terminal Alameda de Santiago, ellos ya de vuelta de su viaje hasta mi casa y yo viajando con ellos con el tiempo justo para tomar el bus Santiago-Sao Paulo, con mi carpetita ya desaparecida hacía días y sin haber alcanzado siquiera a reservar una habitación o lo que fuera, con la mochila repleta de ropa apta para el frío cordillerano –veníamos del frío de mi casa en la cordillera, que no presenta precisamente una sensación térmica muy parecida a la de Río de Janeiro– y con una merma de aproximadamente un 40% en mi economía, producto de todo el jolgorio propio de los días recién pasados. De lo que aconteció durante todo ese jolgorio no es una historia que deba ser narrada aquí.


Nunca había encontrado tan largos tres días en la vida. Con la distancia, y sacando cuentas, observé que la estadía en el bus constituyó en sí misma otro viaje; alguna vez alguna empresa de turismo deberá inventar unas vacaciones que consistan íntegramente en permanecer arriba de un bus recorriendo hasta el fin del mundo. No tiene sentido, pero en el mundo hay demasiadas cosas que no tienen sentido. El hecho es que durante esos tres días alcanzamos a compartir experiencias con varios de los que viajaban igual que yo. La mayoría, hasta Florianópolis o, máximo, Curitiba: dos días de viaje y no tres. Solo dos personas más llegaban, al igual que yo, hasta Sao Paulo: una pareja de ancianos y una chica algo mayor. En ambos casos, la razón del viaje en bus se debía a la imposibilidad de haber encontrado un boleto aéreo: nunca se plantearon como primera prioridad realizar ese viaje en bus. Yo cada vez me iba sintiendo más bicho raro.
En el intertanto, al interior del bus el mundo y el tiempo seguían su curso: ya se habían producido dos borracheras, una pelea, experiencias parcialmente sexuales varias, miles de conversaciones intrascendentes y otras no tanto, intercambio general de mails, un concurso de miss piernas, un desmayo controlado a tiempo y un estado de agripamiento general. No diré aquí los nombres de quienes alcancé a conocer, pero terminamos algo hermanados –aun cuando ellos y ellas bajaron en Florianópolis y nos despedimos para siempre– debido a la permanente sensación de que el mundo desfilaba sin descanso entre nosotros. Fueron tres días durante los cuales deben haber subido al bus cerca de 120 personas; en cada ciudad del camino, bajaban algunos y subían otros. Debe haber sido lo más parecido a la vida que he visto en mi vida. Así es que los que llevábamos ya más de dos días éramos unos veteranos, y quedé para siempre con la impresión de que eso, señores, une a cualquiera.

La llegada a Sao Paulo me tranquilizó. Ya sentía que había cumplido parte de la meta y podía respirar tranquilo. En el terminal es posible comprar a la mano los boletos hasta Río; a esa altura, lo único que quería era llegar a mi destino sin más demora. Deben haber sido, aproximadamente, las 16:00 horas. El boleto que compré ahí mismo hasta Río era hasta las 21:00. "El señor Eduardo Andrés Pérez Arroyo tiene el asiento 35" oi decir por la ventanilla. Contaba, por tanto, con 5 horas disponibles, las cuales no deberían hacerse muy tediosas en el terminal dada la cantidad de gente de todos los lugares del mundo que pasaban. Decidí permanecer leyendo y observando, y con una cerveza fría en la mano; el tiempo debía pasar sin sobresaltos, porque nunca hay que sobresaltarse mientras se tenga una cerveza fría en la mano. No sé si fue la cerveza o yo mismo, pero en un momento pensé… “cómo no voy a conocer aunque sea un par de horas esta ciudad”… pensamiento que fue rápidamente desechado. En el terminal, por lo demás, debía aprovechar la posibilidad de ducharme, cuestión que luego de tres días de viaje con apenas un par de lavados incómodos en las miles de gasolineras del camino, el cuerpo agradecería. Había que aprovechar el tiempo; en una de esas, luego de la ducha quizá contaría con un par de horas para avanzar una o dos estaciones de metro, nada muy lejano, para poder volver rápidamente al terminal en caso de emergencia. Pero una vez que hube decidido todo esto y, en consecuencia, comencé a caminar decididamente hasta las duchas del terminal, observé las puertas del metro abriéndose y recibiendo una cantidad de gente que uno solamente pensaba que podía existir en lugares como Tokio; mi tendencia al descalabro producto de querer siempre experimentar las ciudades desde el punto de vista de la cotidianeidad –que a veces puede ser bastante incómoda– pudo más que el deseo de administrar eficientemente el tiempo, y ahí me encontré de pronto, en el metro de Sao Paulo atestado de gente, con mi mochila aun a cuestas y la espalda adolorida., recorriendo estación tras estación y sin decidirme a bajar en ninguna. Finalmente, cuando creí que me había alejado lo suficiente del terminal, salí a conocer la luz.

El problema fue el regreso. Ya eran las 19:30 cuando decidí que eran suficientes tantos edificios, oficinas, oficinistas, tráfico, y gente. Mucha gente. Ya había visto Sao Paulo por un rato, e incluso había alcanzado a conversar con una chica bastante simpática a la que le compré cigarrillos en un quiosco en plena Avenida Paulista. Ella fue la que, quizá inconscientemente, me convenció de volver al terminal, cuando le expliqué que andaba recorriendo la ciudad pero tenía que volver a la estación Tiete para abordar un bus a Río en 1 ½ hora; “¿Tu crees que alcanzarás a llegar?” observó, como pensando en lo absurdo que puede llegar a resultar un ser humano. Mi mente de santiaguino estándar –aun cuando soy del sur de Chile viví seis años en Santiago– tenía contemplado un trayecto de metro de no más de una hora; admito que, al oír el cometario de la chica, en un segundo comprendí la situación y se relajaron todos los músculos de mi cuerpo y estuve casi a punto de caer. Fue una reacción instintiva: en realidad el asunto no era tan preocupante, ya que si perdía el bus perfectamente podía esperar el siguiente, aun cuando ello significaría otra merma en mi ya más que escuálido presupuesto.
El problema, entonces, fue el regreso. La chica, por supuesto, tenía razón. Yo creí que ya había visto lo que era un atochamiento en el metro; pero esta vez, el asunto tenía ribetes inhumanos: las personas con algún niño en brazos o con una cartera o cualquier otro tipo de bolso que les significara un pequeño espacio extra se descartaban a sí mismas, en un curioso proceso de selección natural. Nadie cedía; nadie intentaba hacer un espacio para que otros pudieran subir; no por falta de solidaridad: el asunto, simplemente, se escapaba de las manos. Miré mi mochila, nada pequeña, y de nuevo me sentí como ya me había sentido anteriormente durante este viaje y como volvería a sentirme en varias ocasiones más. Nunca he vuelto a ver un metro de esa manera, nada extraño, por lo demás, en una ciudad que tiene casi la misma población que Chile entero. Santiago es, definitivamente, una taza de leche.
Luego de cuatro intentos infructuosos y ya con una actitud bastante más agresiva en cuanto al espacio y con dos botellas de agua y una cajetilla de cigarrillos y el polerón que colgaba de la mochila desaparecidos para siempre, pude abordar el metro en la estación Consolaçao y, luego del transbordo de rigor en Ana Rosa, llegar a mi destino en la estación de Tiete a siete minutos de la salida de mi bus en el Rodoviario, el que, por cierto, comenzó su recorrido rigurosamente a la hora establecida, cuestión que a un chileno no deja de sorprender. (Nunca me duché; pero por respeto al género humano, no entraré en detalles al respecto).

Debo confesar que a esa altura de mi viaje, si bien el entusiasmo respecto de lo que me esperaba se mantenía incólume, el cansancio comenzaba a pasarme la cuenta. El bus Sao Paulo-Río iba casi vacío, a no ser por dos hombres solos que notoriamente no hacían el viaje por vacaciones, pero que conversaban tan animadamente como si lo estuvieran (siempre he pensado: ¿qué se sentirá vivir y trabajar en ciudades como Río de Janeiro, Niza, Cannes, o Praga o Nueva York? Los chilenos supuestamente miramos con envidia a Buenos Aires; los bonaerenses, me imagino, a su vez se proyectarán en otras ciudades aun más primordiales, en una escalada sucesiva hasta llegar a las que quizá podaríamos considerar las grandes capitales del mundo: ¿hacia donde miran los cariocas, los neoyorquinos, romanos, parisienses o los malditos londinenses? ¿Qué sensación te provoca vivir y trabajar en Ipanema o Copacabana, o Manhattan o la Costa Azul, en donde –sin tomar en cuenta los días en que efectivamente trabajas– parece existir una fiesta interminable y llegan viajeros de todo el mundo a visitar tu ciudad y puedes participar de ese jolgorio invitándolos a tu casa y terminar en lo que sea sin moverte de tu escritorio? Acepto respuestas) y una pareja de novios alemanes con tablas de surf incluidas y con los cuales apenas nos entendimos en un inglés digno de Tarzán. Pude contar con el espacio suficiente, por tanto, para estirarme a mi antojo en los cerca de cuarenta asientos que quedaban disponibles escapando un poco del hielo que se filtraba por entre las rendijas del aire acondicionado (de verdad es serio el asunto ese del aire acondicionado, y es algo que se debe tomar en cuenta a la hora de viajar a países de clima cálido). Dormí la mayor parte del camino y me despertaron unos quince minutos antes de llegar: a esa altura irremediablemente agripado para siempre, lo cual sumado al calor que te provoca una pesadez y una sudoración intensa apenas bajas del bus y pisas la losa del terminal, terminó por hacerme acordar de las peripecias del Inspector Clouseau en cualquiera de sus películas. La Ley de Murphy en su máximo esplendor, y yo su estandarte universal.


El terminal Rodoviario de Río de Janeiro se aleja bastante de la postal típica que uno tiene de la cidade maravillosa. De partida, se encuentra bastante alejado de los sitios turísticos, léase Leblón-Ipanema-Copacabana-Redentor-Pan de Azúcar. La geografía urbana del casco antiguo es absolutamente diferente a la de dichos sectores, y sus construcciones dan más la impresión de un pasado esplendoroso venido a menos que de la pujanza arquitectónica de las moles de cemento modernas, tan propias del éxito financiero actual. En cada edificio semiabandonado y derruido se puede apreciar la antigua pompa del sector, hecho que coincide absolutamente con los años de ostentación de la antigua parte de la ciudad (recordemos que desde 1764 Río fue la capital del país, hasta la creación de Brasilia en 1960). Río es por excelencia la ciudad de los contrastes. Maravillosa, pero de contrastes tan pronunciados como no he visto jamás en Montevideo ni en Buenos Aires ni en Santiago de Chile, ni –menos– en La Habana de Fidel (confieso que no he visitado Ciudad de México, en donde según cuentan, el asunto es parecido). Ya tendría tiempo de corroborar aquello más adelante; por lo pronto, eran cerca de las 5 de la mañana y decidí, esta vez con algo de cordura, permanecer en el lugar hasta que comenzara a esclarecer. El terminal semivacío, la oscuridad de la calle, el comercio cerrado, los numerosos mendigos que se observaban, una poco amable disposición de la policía y, supongo que principalmente, mi aguda crisis broncopulmonar que ya comenzaba a producirme estragos me ocasionaron una sensación parecida al desconsuelo. Los turistas alemanes con los que había llegado hacía un rato eran esperados por quienes los recibirían en Río, y su imagen abordando alegremente un taxi bien acompañados contribuyó a reafirmar mi sensación. A esa altura ya estaba comenzando a maldecirme interiormente por el hecho de haber venido solo, sin dinero y sin contactos de ningún tipo a miles de kilómetros de distancia, y aunque ahora creo que esa sensación pasajera se debió a mi lamentable estado de salud, durante ese instante el asunto pintaba internamente de carácter mucho más serio. El azar, quizá, vendría nuevamente a tenderme una mano: saqué del bolsillo de mi mochila el reproductor de CD, olvidado desde hacía por lo menos cuatro días desde aquellos lejanos tiempos en que nos encontrábamos con mis amigos santiaguinos en mi casa en la cordillera de Chillán. No me acordaba de qué música era la que había quedado puesta, y para el caso tampoco era demasiado relevante. Lo prendí; al acercarme los auriculares, sonaron repentinamente y a un volumen por sobre lo razonable los acordes de Start Me Up… entonces, hízose la luz en mi cerebro: Río, Copacabana, los Rolling Stones… no sé qué tengo –me han dicho muchas veces– que mis momentos de mayor gravedad son bruscamente reemplazados por un repentino y algo irracional optimismo, no sé si a causa de fortaleza o irresponsabilidad… el caso es que rápidamente me incorporé y en ese momento decidí sentirme parte de una historia memorable, de mi propia historia que yo mismo podía transformar en memorable si es que así lo resolvía; caminé hasta una de las duchas; después decidí premiarme con un desayuno parecido a un banquete; acudí a una farmacia cercana en busca de lo mejor que hubiese para el romadizo y la fiebre; ordené cuidadosamente mi mochila y el dinero que llevaba distribuido en varias partes, lo cual además me permitió hacerme una idea más concreta de mi verdadera situación; salí a la calle decidido a abordar el primer ómnibus en dirección a Ipanema o Copacabana; y, en una especie de ritual (después de haberme duchado y desayunado y comenzando a sentir que nuevamente volvía a la normalidad, y el tedio anterior daba paso rápidamente a una sensación cercana a la seguridad), elevé el volumen de mi walkman a niveles estratosféricos. No había atravesado un continente entero para venir deprimirme, y al esclarecer Río de Janeiro ya empezaba a vislumbrarse de manera un poco más resplandeciente.


II.

Una prima me había dicho que Brasil era un de los países más baratos del continente. Mis experiencias previas en Buenos Aires, en donde efectivamente para los chilenos existe una amplia ventaja a la hora del cambio monetario, y en La Habana, en donde cualquiera de nosotros es millonario, y el comentario generalizado de que Chile es el país más caro de América del Sur, me hicieron creerle sin cuestionamientos. Ella había andado el año anterior por Florianópolis: la comida se vende por kilo, me dijo, y también me dijo que hay una sobreoferta de alojamiento tal que da para regodearse; que en caso de que conozcas a alguien de allá, tendrás el problema de la alimentación resuelto dada la abundancia de frutas y pescados que se dan naturalmente. Que la cachaça, barata y profusa. Que los brasileños son muy abiertos y hospitalarios y no te dejarán botado si es que alguna vez tienes problemas de dinero o de lo que sea. ¡Viva Brasil! Con buenas palabras quien no entiende, ¿no? En una actitud muy propia de un chileno provinciano, me sentí feliz con todos estos datos. “Brasil es barato”, se repetía la frase en mi cabeza. Lo que mi prima jamás me dijo, ya que tampoco tenía por qué hacerlo, es que Florianópolis no es Río de Janeiro, y que Brasil no es Chile: si bien en mi país los precios en todo el territorio pueden encontrarse a niveles relativamente estandarizados –excepción aplicable a la Isla de Pascua que, como todos sabemos, de chilena no tiene más que el gentilicio–, no se debe olvidar que un país como Brasil puede perfectamente equivaler a un continente entero y, por tanto, la oscilación de todo tipo –climática, cultural, de precios, etc.– es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de visitarlo. Fue una situación hermosa: mi presupuesto me aseguraba ampliamente el consumo inmoderado de cachaça de la mejor calidad según me apresuré en averiguar apenas salí del Rodoviario, pero en ningún caso un acceso relativamente decente al alojamiento y la alimentación. Un chileno provinciano piensa que todo el mundo es como cualquier provincia del interior de Chile; yo creo que a varios provincianos chilenos habría que soltarlos un par de días en Río de Janeiro para despabilarlos y ver como se las arreglan sin datos de alojamiento o alimentación, empezando por mí mismo, por cierto, que ya pronto debería comenzar a despabilarme forzosamente.
Apenas hubo aclarado lo suficiente decidí que era hora de agarrar la mochila y largarme a recorrer la ciudad, principalmente para aprovechar el día para buscar algún alojamiento accesible. Jamás se me ocurrió preguntar en la zona cercana al Rodoviario acerca de posibles lugares en donde quedarse a dormir; repito que el paisaje que rodea al terminal no es de los más acogedores. En un portugués que me salió del alma y –por supuesto- de una falsedad fabulosa pude darme a entender ante el policía a quien pregunté por la locomoción para llegar a Copacabana; mi decisión apenas me había sentido un poco mejor había sido arribar directamente a Copacabana antes que cualquier otro recorrido; afortunadamente, según comprobaría más tarde, esta vez acerté. El policía brasileño, respondiéndome en un portugués que le salió del alma, me explicó detalladamente como abordar el bus correspondiente (por supuesto, jamás le entendí nada de lo que me dijo y sus palabras se perdieron para siempre, pero afortunadamente en Brasil aun se usa el alfabeto occidental y los letreros de los autobuses son legibles para una persona medianamente alfabeta como yo pretendo serlo: después de todo lo que había visto y aun falto de sueño y con el cansancio acumulado no me hubiese extrañado encontrarme con que los brasileños escriben en cirílico) y en un momento pude por fin sentarme en uno de ellos y esperar lo que viniera.
Por fortuna, en Santiago de Chile el transporte es un caos solamente comparable al de Río y así cualquier chileno se encuentra curtido en cuanto a los avatares que se suceden en los recorridos; después de miles de interminables vueltas por los lugares más recónditos que el alma humana puede llegar a imaginar, algo parecido a una zona de playas comenzó a ser visible en el horizonte. Diré que mientras me encontraba sentado en el bus una chica carioca –según intuí por la soltura con que llevaba un bikini a las 8 y algo de la mañana– me sonrió varias veces, cuestión nada extraña si pensamos que el bus se encontraba semivacío y los únicos pasajeros éramos algunas señoras de edad y yo, con mi inconfundible cartel de turista; aclaro que jamás me he ufanado de mis aventuras héteros ni ahora pretendo hacerlo, pero he quedado para siempre con la sensación de que la chica carioca intentaba acercarse a conversar mientras yo, honrando mi condición de chileno que había atravesado un continente y se encontraba cansado, somnoliento, hambriento, agripado, confuso y aletargado, no presté mayor atención. Debía buscar alojamiento, caramba; pero una agradable sensación de haber comenzado a ser parte del ajetreo interno de la ciudad y de que ésta paulatinamente me iba aceptando como uno más de sus hijos descarriados me invadió. Definitivamente, Río de Janeiro empezaba a vislumbrarse de manera más resplandeciente.

Bajé a Copacabana cerca de las nueve de la mañana. Muy poca gente se avistaba en el borde costero, a no ser algunos individuos de todas las edades, razas y condiciones sociales que trotaban a una hora en que, por lo general, con mis congéneres chilenos venimos llegando luego de las cervezas. La vista de los trotadores matutinos era algo sorprendente: nunca he sentido inclinaciones homoeróticas, pero debo reconocer que me impresionó la contextura física de muchos de ellos; alguna vez en Cuba había visto algo parecido, pero mi impresión es que los cubanos en general son más inocentes acerca de sus virtudes corporales ya que, por regla, siempre están ocupados en asuntos más primordiales como para ostentarse conscientemente con coquetería; y en mi país, por otra parte, el culto al físico es cauteloso y llevado a cabo solamente por un mínimo porcentaje de la población y en general dentro de aburridos y discretos gimnasios. En Río, en cambio, se sabe que además de cultivar el físico la idea es ofrecerlo y exhibirlo sin complejos, como sin complejos se ofrecían y exhibían en todo momento individuos e individuas que uno solamente creía que existían en la pantalla de los cines; no dejó de sorprenderme el no ver mujeres ejercitándose en ese momento, pero para algarabía de la condición humana pronto aquello comenzaría a cambiar. Mientras, con mi pesada mochila repleta de ropa invernal yo llevaba a cabo mi propio acondicionamiento físico.

Debo haber caminado unos diez kilómetros, según más tarde pude averiguar. Nunca una carpetita de datos habría sido mejor compañía para un ser humano; la mía, ya extraviada hacía siglos, no me permitió impedir un recorrido desordenado por los diferentes hospedajes que alguna vez había visto en la red; sin datos, mi ruta no dependía más que del azar. Apenas divisaba algún tipo de aglomeración callejera, especialmente juvenil, allá corría con la bovina esperanza de encontrar alguna hospedería o cualquier lugar por el estilo. Fue así como descubrí que, en dos ocasiones, el motivo de dichas aglomeraciones no era otro que un par de chicas muy voluptuosas que habían decidido desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis, para deleite mío y de todos los sujetos que alcanzamos a observarlas a la salida del bar en el que se encontraban, como ha ocurrido y seguirá ocurriendo siempre en cualquier lugar del mundo en el que un par de chicas decidan desprenderse generosamente de la parte superior de sus bikinis; la apacible vista que tuve en esos momentos -y que se hacía cada vez más permanente dado que a esa hora comenzaba el ajetreo diario de la playa de Copacabana- no solucionaba, sin embargo, mi problema de alojamiento que era lo que realmente debía importar. Sólo un refresco, y otra vez la sensación de que ya me estaba definitivamente instalando en Río de Janeiro.
No sé en qué momento atravesé por la Avenida Atlántica hacia la playa en donde decidí seguir mi recorrido hacia la zona sur, a Leblón e Ipanema. De entre los recuerdos que conservaba de mi antigua carpetita ya perdida hacía siglos estaba seguro de haber leido algo de que en la zona de Ipanema se encontraban los hospedajes más accesibles para un mochilero, cuestión que iba pareciendo cada vez más evidente al observar la fastoisidad de los hoteles y departamentos (la mayoría vacíos, como durante gran parte del año) de la playa de Copacabana; como mochilero estándar -y aun menos que eso- no había más que huir de ahí, asunto al cual me dispuse. En algún momento me crucé con toda una algarabía de máquinas y obreros que montaban una especie de andamio gigantesco en la playa y el ruido era, de verdad, por momentos bastante desagradable; ya iba a atravesar nuevamente la avenida alejándome de tan inoportuno descubrimiento cuando se hizo la luz en mi cerebro: Copacabana, idiota; el ajetreo que ves es el montaje del escenario sobre el que ofrecerán su recital los Rolling Stones (recordemos que aun no había dormido más de tres horas seguidas desde hacía por lo menos cuatro días). Ahí estaba el epicentro de la ciudad por esos días y la verdadera razón de que yo estuviera en ese momento a tal distancia física de mi casa, perdido en el mundo y tragado por una ciudad de más de diez millones de habitantes. Nunca he sentido de verdad problema alguno en viajar solo por cualquier parte y cuando lo he hecho en general no me cuesta gran cosa integrarme con la gente, pero confieso que una de las veces en mi vida en que realmente hubiese preferido compartir la experiencia fue ante la vista de aquel imponente armazón, aun sin forma definida, que se asemejaba a un gigantesco esqueleto de animal marino varado en la arena de la playa (¿has sentido la necesidad de comunicarle algo a alguien? Tu primera experiencia sexual a los amigos o amigas de colegio –o de universidad, para los más píos–; alguna vez en que realizaste la buena acción del mes y ésta fue bruscamente malentendida por todos y finalmente te apuntaron con el dedo; una brillante exposición en clases a la cual coincidentemente asistió muy poca gente; etcétera. Supongo que todos hemos sentido alguna vez esa necesidad y la consiguiente melancolía de no contar con ningún cercano ante quien descargarse). El molesto ruido de hacía un instante atrás era reemplazado abruptamente por la sensación de estar comenzando a asistir a algo grande de verdad, y previsiblemente sentí en ese momento la necesidad de contar a alguien que ese era el escenario sobre el cual tocarían los Rollings, que los Rollings junto con los Beatles son en realidad los verdaderos inventores del rock, que este viaje era en realidad la consecuencia lógica de miles de conversaciones sobre rock, viajes y literatura llevadas a cabo en épocas de mi vida ya remotas; que mi propia historia personal con los Rolling contemplaba, entre miles de situaciones más, el que hablando precisamente de Mick Jagger y Satisfaction comenzamos a conocernos con una chica con la que más tarde compartiríamos largos años; que ya hacía décadas, alguna vez en una playa cerca de mi ciudad de origen nos hermanamos para siempre con un amigo ya muerto mientras entonábamos, ebrios hasta el escándalo, a los Beatles y los Rolling Stones; que… me emocioné, jóvenes, se los juro, aunque ahora sé que no fue exactamente ante la vista de aquel armazón de fierros sino ante la acumulación de recuerdos de demasiados estímulos en tan poco tiempo para digerirlos. Por muy autosuficientes que seamos, a veces de verdad nos hace falta alguna otra alma dispuesta a observar lo mismo que observamos nosotros, y la persona que no ha percibido aquello no se encuentra completa aún. (En ningún momento me llegué a sentir mal, sin embargo: fue una especie de conciencia real acerca de la trashumancia, de la levedad humana, de las acciones propias, de la soledad, de la falsedad de la sensación de que todo ante nuestro alrededor es infinito cuando la realidad indica justamente lo contrario: ¿cuántas veces en tu vida asistirás nuevamente a un concierto del mejor grupo del mundo en una playa desconocida en vivo pero en tu inconsciente primordial desde siempre? ¿Cuantas veces en tu vida asistirás al inicio de las obras que concluirán en la ejecución del epicentro de lo que será la fiesta que está por venir? ¿Realmente cuántas veces más observarás los rayos de sol colándose por entre los tubos de metal? ¿Cuántas veces más, siquiera, te detendrás a observar la salida del sol? No serán muchas veces más, si lo piensas bien; aun así, tenemos la sensación de que todo en el mundo es ilimitado). Que divertido descalabro puede llegar a provocar un armazón de fierros parecido a un esqueleto marino, como para ilustrar a los que aun ignoren las bondades del arte conceptual. El esqueleto se encontraba, además, frente al Hotel Copacabana Palace, en donde yo sabía de antemano que se hospedarían los Rolling Stones (y que es por cierto el más exclusivo de la ciudad), lo cual confirmó mi seguridad de que ese era el sitio correcto. Como un niño en un momento dejé la mochila en el suelo y corrí para alcanzar a tocar los fierros antes de que me corrieran del lugar “por si más tarde no tengo la posibilidad de hacerlo”, como creo que pensé entonces. Todo ese momento fue parte de un rito personal paciente e interno, como ritos personales todo el mundo tiene y solamente uno mismo está en condiciones de entenderse. Dicen que entenderse solo es el primer paso para comenzar a volverse loco.

Cerca de las cuatro de la tarde pude finalmente encontrar una hospedería que se ajustara a mis escuálidos bolsillos mochileros. Ya antes había tenido que renunciar definitivamente al azar y, en un homenaje a épocas recientes más ordenadas, entré en un cibercafé y visité las mismas páginas que ya había visitado en mi país hacia aproximadamente dos siglos y que componían la información que alguna vez estuvo contenida en mi carpetita. En aquel cibercafé fue que me enteré la existencia de las hospederías más convenientes de la zona Ipanema – Leblón, todas por cierto abarrotadas hasta las paredes pero solidarias con los viajeros incautos en cuanto a la transmisión de información: desde una de ellas me enviaron hasta la que sería en la que finalmente me quedaría, la lemon-spirit. (www.lemonspirit.com), previo recorrido hasta Botafogo en donde ninguna cama disponible quedaba. Todos comentaban que dado el recital de unos días más y el posterior inicio del carnaval de la ciudad, se habían comenzado a agotar esa misma semana todos los alojamientos. De verdad es recomendable reservar con anticipación una cama en un lugar como Río de Janeiro, con el fin de evitar improvisaciones que en un lugar como ese terminarán inevitablemente por pasarte la cuenta.

La mayoría de las hostelerías en Río se encuentran cerca de la playa (la mía, en este caso, estaba a una cuadra de distancia) y abundan especialmente en la zona de Ipanema-Leblón. Existen también en Copacabana, pero en general tienden a ser más exclusivas o derechamente ostentosas; Copacabana es, sin duda, el sector más acomodado de la ciudad. Los precios suelen ser bastante accesibles, excepto en la temporada del carnaval en donde éstos, literalmente, se cuadruplican de un día para otro. Generalmente las hospederías están dirigidas a mochileros o viajeros jóvenes, ya que los espacios son comunes y las habitaciones se pueden llegar a compartir entre nueve o doce personas (en la mía éramos nueve y nos encontrábamos una chica israelí de hermoso nombre. Gelaia; un holandés al parecer novio de la chica anterior; un brasileño, mi gran amigo Liedke, quien fue la primera persona que me acogió de manera más fraterna dada su condición de brasileño y, por tanto, de parcial dueño de casa; tres australianos que llegaban todas las noches alborotando a los que pasábamos la resaca; dos alemanes y un sujeto que jamás habló una sola palabra pese a nuestros esfuerzos, y de quien se decía que pertenecía a una guerrilla africana que se encontraba reclutando gente en Brasil. Mitos urbanos, como vemos, se dan en cualquier circunstancia. Pero no explicitaré aquí el mito al que se referían picaronamente las féminas del albergue, dada la estatura –más de dos metros y diez centímetros– del presunto subversivo mientras nosotros, sudamericanos y europeos de estatura y rasgos más que normales, lo observamos con una especie de curiosidad e idolatría). El alojamiento en general incluye un desayuno matutino que, a esa hora y en condiciones de resaca abrumadoras, resulta más que bienvenido: queso, jamón, frutas del más diverso tipo, leche fría y caliente, café, jugos naturales y pan, todo ello en una especie de buffet que en la práctica te permite repetir el desayuno cuantas veces deseas sin que nadie te diga nada o te ponga cara de pocos amigos. Más tarde me enteraría que ese sistema (y el de ofrecer una cocina completa a libre disposición para preparar tus propias comidas a toda hora) se utiliza en la mayoría de los albergues juveniles hasta las diez de la mañana, y por tanto es bueno tener en cuenta que conviene levantarse a desayunar antes de esa hora por muy maltrecho que se esté desde la noche anterior.

La primera noche, apenas hubimos conversado un rato con mi amigo Liedke y un par de europeos que no se animaron a salir con nosotros a recorrer la ciudad en busca de bares o aventuras o lo que viniera, terminamos hablando de fútbol con un tipo que, según pude enterarme bruscamente, aborrecía de verdad cualquier tópico futbolístico que abarcara a Sao Paulo o a los paulistas, y también a los chilenos que ingenuamente insistían en hablar de Raí y en las virtudes del plantel de Sao Paulo campeón de la Libertadores en 1994. La rivalidad entre cariocas y paulistas no es un mito en ciertos aspectos, y hay que recordarlo cuando se habla con un par de copas de más y especialmente de un tema de importancia nacional como el fútbol. De no ser por mi amigo Liedke quizá hubiese tenido el placer de haber conocido el sistema público brasileño por dentro. Para otra vez será.

La vida nocturna carioca es bastante agitada, aun cuando los precios no son módicos. El segundo deporte nacional brasileiro, el baile, se hace patente en todos los locales nocturnos concebidos para este fin en los que se observan grandes colas para intentar ingresar; a la salida de los mismos se puede apreciar la más variada fauna de chicos y chicas de lo más atractivos, obviamente con el afán de ver y ser vistos. La temperatura ambiente, además, obliga a todo el mundo a usar muy poca ropa o a no usarla en absoluto en la parte superior en el caso de los hombres, aspecto que confiere al ambiente un aire de espontaneidad y camaradería que se agradece. En Río debes, sí o sí, tener un estado físico relativamente decente si no quieres pasar desapercibido. La oferta es abundante y los aplausos y las miradas (y sus resultados) se los llevan los más dotados en este aspecto (y ojo que no me refiero en este momento a la dotación encubierta). Por cada individuo o individua que intente ligar a algún otro u otra existe una lista de espera que abarca muchas otras decenas, así es que para tener éxito en la conquista amorosa deberás, por lo menos, lucir unos pectorales y abdominales perfectos, tener una capacidad de conversación fabulosa (para lo cual debes dominar el portugués) o, en último caso, hacer parecer que en cuanto al baile Travolta no es más que un neófito (todo esto me lo explicaba mi entrañable amigo Liedke mientras observábamos embobados los cuerpos femeninos que se lucían en ese instante). Por supuesto, ni yo ni mi amigo Liedke ni ninguno de los dos argentinos con los que andábamos en ese momento teníamos la contextura física adecuada para tan magno evento, ni tampoco dominábamos el portugués de manera clara (en mi caso y en el de los argentinos) ni menos teníamos dotes de bailarines o saltimbanquis. Mis años de desprecio por todo lo que significara el ambiente de las discos y salas de baile, por el baile en sí mismo (a excepción del tango y las tanguerías) y por el tipo de gente que abunda en estos lugares terminó por hacerme recapacitar y decidir, junto a mi entrañable amigo Liedke, largarnos hacia algún lugar en donde de verdad pudiésemos descubrir el verdadero espíritu carioca (en mi caso, debido a mi deformación profesional que me lleva a buscar la realidad sin mayor disfraces y, en el caso de mi entrañable amigo Liedke, por el afán urgente de beber unas cuantas cachaças de la mejor calidad a un precio relativamente razonable), y fue entonces cuando llegamos en un momento a estar sentados un la barra de un bar de barrio (unas cuantas cuadras al interior alejándose de la costanera) conversando de fútbol con un brasileiro que odiaba a Raí y a Sao Paulo y a cualquier chileno que hablara del tema y con mi entrañable amigo Liedke haciendo lo posible para que ese chileno lenguaraz no tuviera la necesidad de conocer el sistema de salud brasileño por dentro.

El resto de los días previos al recital la lógica era parecida: largas caminatas diarias por la zona de las playas de la ciudad (Leblón, Ipanema, Copacabana, Botafogo), largos baños de mar en unas aguas atestadas de gente y en donde permanecías dentro de ella por dos razones explícitas: lo agradable de la temperatura del mar (cerca de 26 grados) y el afán de ocultar la inevitable rigidez que permanentemente tenías observando la cantidad de cuerpos femeninos perfectos que se ofrecían a la vista con muy poca ropa (y en algunos casos nada, aun cuando pude apreciar que en las playas de Río la práctica del topless o del nudismo no es tan extendida como en otros lugares). No quiero pecar de indiscreto en este sentido y por tanto aclararé que no soy ningún golfo y mi sexualidad responde a una persona heterosexual estándar, y si me atrevo a nombrarlo aquí explícitamente es porque –según conversaríamos más tarde con algunos de los chicos y chicas del albergue– ese escozor en la zona del vientre era de naturaleza espontánea y tanto para hombres como para mujeres. Si vives en Copacabana y estás permanentemente en el agua no necesitarás en tu vida acudir a un cabaret de ningún tipo, y eso rige para todos los sexos. Ocurrió en un momento que mientras estábamos en el agua con uno de los argentinos entablamos conversación con un par de chicas paraguayas que, francamente, no nos prestaban mayor atención. En cierto instante en que hablábamos de cualquier cosa, siempre dentro del agua, las chicas bruscamente comenzaron a dar agudos chillidos como si estuviesen prontamente excitadas o ansiosas y entonces salieron del agua en un par de segundos, notoriamente en busca de alguien que llegaba. Y el que llegaba era Peter –según le llamaban ellas–: un magnífico ejemplar masculino que nada tenía que envidiar a individuos como Brad Pitt en la película Troya. Mientras nos carcajeábamos con este amigo argentino decidimos democráticamente que nuestros pocos días de sol y de ejercicio playero nos impedirían eternamente llamar la atención de cualquier mujer carioca en el agua de la playa de Copacabana. Afortunadamente, la ciudad ofrecía otros atractivos: el resto del día transcurría entre caminatas hacia el sector del escenario que ya comenzaba a tomar forma definitiva, partidos de fútbol en una de las miles de canchas a libre disposición de cualquier persona en todas las playas (en uno de los cuales la selección sudamericana, integrada por nosotros mismos, propinó una goleada monumental a los espigados europeos), conversaciones de la más variada intrascendencia en el albergue con los millones de individuos y especialmente individuas que todos los días y a toda hora llegaban a hospedarse al lemonspirit mientras se consumían litros y litros de caipirinhas que se ofrecen en el mismo lugar, cenas internacionales que se colectivizaban espontáneamente luego de un intercambio de palabras entre dos o más individuos venidos de quien sabía donde y que se ofrecían a cocinar juntos lo que todos los demás aportáramos: en una de tales cenas llegamos a ser caso 30 personas, muchas provenientes de lugares tan disímiles como Bangladesh o Japón, y realmente lo califico como uno de los momentos memorables de toda mi estadía en Río (fue, por lo demás, el comienzo de una amistad con una chica uruguaya que tendria más tarde insospechadas consecuencias); celebraciones dentro del mismo albergue con motivo de cualquier cosa; conversaciones interminables especialmente entre argentinos y brasileños acerca de las virtudes del fútbol de su país respectivo (caso en el cual, dada mi condición de chileno eliminado del mundial que estaba por venir, yo adquiría un discreto segundo plano y me dedicaba a moderar un poco las iras de uno y otro lado), y luego un par de minutos de reposo, una ducha rápida (que no servía de nada ya que a los cinco minutos te encontrabas en un estado de sopor similar al anterior) y una nueva salida nocturna hacia los más desconocidos recovecos que ofrece la ciudad de Río de Janeiro y sus millones de habitantes. Si una persona no es capaz de asumir puntos de vista flexibles luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte, es que ya no tiene remedio. Y pensar que todavía existe gente que dice que viajar no sirve para nada; deben ser los mismos que luego de haber compartido durante poco más de una semana con gente proveniente de todos los puntos cardinales del mundo en cualquier parte no son capaces de asumir puntos de vista más flexibles

Paralelo a ello ya comenzaba a sentirse en la ciudad el peso del recital que se vendría y del posterior y casi inmediato comienzo de las festividades del Carnaval, ya que los precios se elevaban ostensiblemente (excepto para quienes ya habíamos reservado de antemano los días pertinentes de alojamiento) y todo el mundo comenzaba a vestir prendas con un par de labios entreabiertos y una lengua femenina asomando entre ellos. Por cierto, todas las radios brasileiras que con sus transmisiones acompañaban nuestras conversaciones tendían paulatinamente a centrarse en el recital que se avecinaba cada vez con más prisa, y que –estoy seguro– el 100% de los viajeros con los que compartí observaría. No conocí a ninguna persona que manifestara deseos de largarse antes del evento, y quienes se retiraban del lemonspirit solamente lo hacían en busca de alternativas más económicas o convenientes, y eso ya dotaba al momento de una suerte de complicidad para todos. Era una cuestión de actitud; al parecer los Rollings nos tenían algo excitados y ansiosos a todos. Estoy seguro que de haber tenido una guitarra en ese momento en mis manos (que infructuosamente intentamos conseguir) mi historia personal en este viaje hubiese sido otra dada la cantidad de chicas y chicos que intentaban entonar cualquier tipo de temas sin más compañía que sus desafinadas voces. La sensación de poder mostrar algo interesante de ti mismo a mucha gente sin haber tenido la posibilidad de hacerlo debido a causas que escapaban a tu control me confirieron una derrota personal pasajera que, sin embargo, sería rápidamente olvidada con el transcurso de nuevos y más intensos acontecimientos. La música todo lo puede (incluso hacer olvidar el que no hayas podido mostrar al mundo tu propia música), y en especial si la música que se viene es ejecutada en primera persona por un grupo como los Rolling Stones.

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