
Escrito en julio del 2008, durante el 219 aniversario de la revolución de 1879.
“En la década de 1860 entra una nueva palabra en el vocabulario económico y político del mundo: <>... El triunfo mundial del capitalismo es el tema más importante de las décadas posteriores a 1848. Era el triunfo de una sociedad que creía que el desarrollo económico radicaba en la empresa privada y competitiva y en el éxito de comprarlo todo en el mercado más barato para venderlo luego en el más caro. Se consideraba que una economía de tal fundamento, y por lo mismo descansando en las sólidas bases de una burguesía compuesta de aquellos a quienes la energía, el merito y la inteligencia habían aupado y mantenido en su actual posición, no solo crearía un mundo de abundancia convenientemente distribuida, sino de ilustración, razonamiento y oportunidad humana siempre crecientes... en resumen: un mundo de continuo y acelerado avance material y moral. Los pocos obstáculos que permanecieran en el camino del claro desarrollo de la empresa privada serían barridos... “.
Eric Hobsbawm, La Era Del Capital, pp. 15.
...”Los nuevos movimientos socialistas eran revolucionarios pero para la mayor parte de ellos la revolución era, en cierto sentido, la consecuencia lógica y necesaria de la democracia burguesa que hacía que las decisiones, antes en manos de unos pocos, fueran compartidas cada vez por un mayor número de individuos. Y para aquellos que esperaban una insurrección real se trataba de una batalla cuyo objetivo solo podía ser... el del paso previo para alcanzar otras metas más ambiciosas. Así pues, los revolucionarios se mantuvieron en el seno de la era del imperio, aunque se preparaban para trascenderla...”[1].
Eric Hobsbawm, La Era Del Imperio, pp. 18.
Introducción.
Como afirma el autor, y como afirma cualquier historiador serio, la era comprendida entre el triunfo de la doble revolución europea (1789) y el inicio de las grandes hostilidades mundiales a partir del año 1914[2] supone la mayor transformación de la historia en cuanto al desarrollo y consolidación de nuevas estructuras por sobre otras precedentes, con el importante agregado de influir y cambiar para siempre la vida cotidiana de los millones de individuos que, para bien o para mal, se hallaron inmersos dentro de esta órbita de cambios. El capitalismo y su consecuencia histórica (al menos en la época en la cual nos situamos) , el imperialismo, se alzaron como nuevas estructuras que no encuentran parangón en la historia universal. La génesis del proceso la encontramos dentro de causales internas e interrelacionadas, las cuales serán la bisagra que posibilite el anunciado cambio de folio en el orden mundial.
Durante la era del capital, la burguesía hereditaria de los beneficios que supuso la transición del esquema feudal hacia un primitivo tipo de capitalismo (proceso mediado por la Revolución Francesa que -hay que recalcarlo- rápidamente abandonó los idearios que originalmente la posibilitaron), comenzó un paulatino proceso de adquisición de una conciencia de carácter marcadamente progresista. Las teorías de Adan Smith plasmadas en su Riqueza de las Naciones constituyeron un libro de cabecera de generaciones de intelectuales que, a su vez, traspasaban tales conocimientos a sus naturales relaciones burguesas. Las naciones recientemente constituidas apelaban al desarrollo sin trabas de un esquema económico en donde primaría –al menos en teoría– la libre empresa por sobre los subsidios estatales o las prácticas proteccionistas[3]. En Gran Bretaña, un político prominente llegó a afirmar que “toda nuestra política se funda en la idea de que el estado no debe sino destrabar los posibles impedimentos que los individuos privados pudiesen encontrar para llevar a cabo una política de librecambismo y emprendimiento individual en todo orden de cosas”. La era de los fisiócratas (propios de la mentalidad rentista que apareció como teoría política inmediatamente acabada la era feudal) o de los mercantilistas (que constituyeron los primeros atisbos de una economía basada en el intercambio estructural) se encontraba en franca retirada, siendo reemplazada por la mano invisible a la que cualquier estado debía apelar y que, en la práctica, significó –además de la transformación radical en los medios de vida y, aún más, en extrema simbiosis con aquello– que un gran número de nuevos individuos que se encontraran en una situación para ellos desconocida y, a veces, angustiante: el trabajo asalariado varias veces explotador y, más importante aún desde el punto de vista de la psicología social, la imposibilidad absoluta de cambiar de modo de vida. La proletarización había llegado para quedarse. Karl Marx y otros pensadores no menos adelantados ya habían advertido el potencial que representaba una interminable masa de obreros asalariados en los principales centros urbanos del mundo de entonces.
La inevitable existencia de dichos individuos obreros que constituían una potencial masa electoral en los centros urbanos fue un asunto originalmente descuidado por los burgueses detentores del poder económico. Durante la era de la recesión producto de la oleada deflacionaria, la capacidad recién adquirida del transporte mundial de trasladar individuos hacia cualquier lugar del mundo que resultase lo suficientemente atractivo para asegurar la sobrevivencia evitó posibles focos de rebeliones en el seno del mundo popular. Antes de la escalada imperialista que trajo consigo la crisis cíclica capitalista de 1873, sin embargo, la latente escalada de terror provocada en los principales burgueses debido a la existencia de una masa informe de sujetos dentro de las grandes ciudades, terror compartido además por numerosos trabajadores de oficios más autosuficientes –artesanos, manufactureros, etc (y que se encontraban en una suerte de tierra de nadie entre la burguesía dominante y los asalariados)– conformó una conciencia respecto a lo peligroso que podía llegar a resultar un esquema de nula participación política –nominal o real, no era importante– por parte de un grupo social que comenzaba a darse cuenta de su amplia mayoría en términos de población. La era de democratización había comenzado su escalada.
Los primeros vislumbres democráticos fueron tímidos y parcializados en ciertos sectores: ¿por qué habrían de beneficiarse socialmente los grupos más poderosos con electores que no tenían la capacidad de entender a las teorías económicas (liberales) que sustentaban el progreso alcanzado durante la segunda mitad del siglo? Una ilimitada cantidad de nuevos votantes (de dudosa calidad) representaba una seria amenaza para el mantenimiento del orden capitalista tal como se conocía; los grupos más conservadores –la iglesia, entre ellos– rápidamente conformaron grupos políticos tendientes a absorber a tales nuevos electores, aun cuando estos se vieron –y Marx lo había previsto– inevitablemente atraídos hacia las nuevas propuestas surgidas por individuos que ostentaban condiciones de liderazgo dentro de las estructuras de trabajadores en cualquier lugar en donde estos fuesen un número importante. Sin embargo, las nuevas teorías que apelaban a la condición explotada de los obreros fueron, en su mayoría, de carácter más integrador que desafiante hacia la estructura política preexistente. Paralelamente, las nuevas masas de campesinos pobres que se habían sentido atraídos en un primer momento por los incendiarios discursos de clase propuestos por estos vanguardistas terminaron, previsiblemente, apelando en mayor medida a una mejoría real en las condiciones de vida cotidiana más que a un mesianismo científico fundado en la teoría marxista y, finalmente, terminaron votando por la derecha política. Las clases dirigentes, además, descubrieron bien pronto las posibilidades que otorgaba una nueva masa de electores potencialmente manipulable y, consecuentemente, ofreció ciertos avances en tal sentido. El resultado inevitable fue una escisión entre los partidarios moderados del esquema de la izquierda contra otros más radicalizados, con la consecuente pérdida de identificación con la causa propuesta por los partidos de izquierda.
Sin embargo, surgió otro problema de proporciones (que advirtieron los dirigentes más capacitados de la época): en adelante, sería necesario proceder con sumo cuidado frente al potencial rechazo de las masas hacia determinados aspectos de la conducción política por parte de esos mismos dirigentes burgueses. El discurso de la racionalidad no bastaba ya, puesto que poco ardor provocaban las ideas de Smith frente a individuos que apenas disponían de condiciones para enterarse de ellas, ni menos aun de comprenderlas. La respuesta de la burguesía vino por partida doble: el imperialismo, que significaba a un tiempo una capacidad económica que permitía el establecimiento de ciertas mejorías sociales y, por tanto, amortiguar posibles focos de conflictos y, además de ello, apelaba a la irracionalidad: el imperialismo[4] –es decir el hecho de ser parte de una nación poderosa y que lo era, precisamente, por la labor de todos los individuos que eran parte de tal– penetró fuertemente en las conciencias de los sectores obreros, aun cuando con el tiempo esta idea fuera desplazada por otras de mayor atrevimiento. Si bien el espectro del comunismo aun no recorría Europa, poco faltaba para comenzar a sentir su aliento.[5]
I
Como ya hemos mencionado, la burguesía rápidamente advirtió las ventajas que las nuevas situaciones podían acarrearles –desde el imperialismo hasta la democracia– y, consecuencia lógica de ello, fue la clase que más entusiastamente se plegó a los nuevos esquemas, tomando una posición de liderazgo dentro de su consolidación. El imperialismo, además de ser –ya lo hemos visto– una fuente estable de divisas tendientes a financiar el asistencialismo social, como política de estado contaba con un apoyo mayoritario entre la población. Cualquier ciudadano veía disminuidas sus propias necesidades si es que se le permitía soñar con posibles focos de riqueza en lugares exóticos, aún cuando –cosa previsible– en la práctica fue la propia burguesía la mayor beneficiaria de tales ganancias. Los populistas de la época contaron con una coyuntura que hacía sus delicias.
Pero otra idea directamente consecuente del populismo imperial fue la exacerbación del nacionalismo. Según el autor, la era del imperio fue de una asombrosa fecundidad en cuanto a los símbolos, las ceremonias nacionales, los rituales de ascensión a la corona o, en suma, las celebraciones populares por cualquier excusa. El autor llega a comparar los ritos de cualquier tipo que tuviera como protagonista a la Reina Victoria con los espectáculos que ofrecía la empresa gráfica Kodak. El discurso oficial que justificaba tales asuntos apelaba a la irracionalidad absoluta, hecho que solamente los individuos más preparados intelectualmente pudieron advertir como estrategia política real.[6].[7] La idea de nación, además, sirvió para que muchos individuos populares se enrolaran en el ejército y marcharan hacia la guerra, lo cual tuvo una doble consecuencia: la identificación popular –al menos por parte de estos individuos– con una idea de patria y, por otra parte, mayores beneficios para la clase burguesa en un sistema de guerras focalizadas y específicas que tendían en su mayoría a reordenar los esquemas económicos en beneficio de unos pocos burgueses.
Sin embargo, la consolidación del populismo representó ciertas ventajas respecto a épocas inmediatamente anteriores: las monumentalidad oficial alcanzó un arraigo extraordinario y, con ello, la creación de espacios públicos.[8] Además, producto de la economía imperialista y de un supuesto –y real– bienestar económico generalizado (mediante ganancias en bruto para los burgueses o asistenciales para los populares), se dio inicio a un nuevo fenómeno económico y social: la integración de los sectores más pobres de la sociedad como consumidores de productos dirigidos, por primera vez, especialmente a ellos. Todo lo anterior concluyó, en suma, con una asimilación estructural del nuevo esquema económico por parte de todos los sectores, más o menos beneficiados por tales políticas. Ello evitó una lógica de estallidos sociales que hiciera frente a toda la gran cantidad de problemas que, aun con los avances manifestados, conservaba la clase popular. Una burguesía consolidada conducía el timón del barco imperialista, mientras los peones –tanto en la metáfora como en la realidad– eran mantenidos calmos por los supuestos beneficios que el nuevo sistema traería.
II
Hemos observado como la democratización de la sociedad se produjo de manera más o menos homogénea en gran parte del mapa político de Europa, aun cuando ello no significó en medida alguna una consolidación de las posturas más radicalizadas. La burguesía, originalmente temerosa, manejó con gran tino el nuevo sistema eleccionario y lo manipuló en su favor, con lo cual se creó una válvula de escape hacia los potenciales focos revolucionarios en el sentido marxista. La democracia significaba una mayor cantidad de electores y, por tanto, una multiplicación del riesgo. Los intelectuales que ya se encontraban influidos por las ideas de Marx acogieron con entusiasmo (prerrevolucionario) esta nueva oleada democratizadora.
Sin embargo, los sucesos posteriores fueron mermando las originales esperanzas de quienes apostaban al avance positivista inevitable de la historia universal. Como ya hemos mencionado, las nuevas clases populares –en su mayoría campesinos– fueron absorbidas por las líneas políticas más moderadas que los atrajeron mediante una escalada de reformas relativamente tendientes a un mayor grado de justicia social. Si para algunos sujetos inflamados de las llamas libertarias se estaba ad portas del avance de la Historia, para los pragmáticos burgueses, en cambio, había que acomodarse a estas nuevas circunstancias de tal manera de no ver mermados significativamente sus privilegios adquiridos durante siglos. Durante los años que median entre el inicio de la era del imperio y el comienzo de la Gran Guerra, un mayor nivel de participación democrática –que la hubo– no significó (en términos generales) una catarsis que desembocara en la temida o esperada gran revolución.
III
Esta misma oleada democratizadora significó, paradójicamente, una estabilidad relativa en comparación con los primeros tiempos del capitalismo, especialmente durante la década del ’40.[9] Al hecho de que muchos individuos históricamente postergados se sintieran más que conformes con esta nueva condición de electores, cabe agregar la admirable capacidad de los burgueses capitalistas para hacer frente a cualquier tipo de crisis que pudiese significar una radicalización de las posturas más libertarias. A la ya mencionada tendencia a la irracionalidad simbólica impuesta inconscientemente en las cabezas electorales, en términos económicos el capitalismo demostró una admirable capacidad de adaptación. Un período histórico de ganancias desenfrenadas, aun con sus crisis a cuestas, necesariamente debía otorgar una suficiencia arrogante a quienes serían sus principales impulsores. De cada crisis local o, incluso ante la gran oleada deflacionaria del año 1873, la burguesía capitalista parecía salir airosa. Ocurrió, entre 1873 y 1896 –producto de la caída de los precios, que llegó a un 40%– y que disminuyó notablemente los beneficios para los capitalistas, pero no así para las clases populares: la lógica interna de los períodos deflacionarios indica que los mayores beneficiarios son los individuos más pobres, pues se experimenta una caída de los precios frente a una mantención relativa de los salarios. Además, aparecía el proteccionismo como una solución relativamente aceptable a la crisis, a condición de mantener –fingidamente– un discurso que abogaba por la libertad total de comercio (cabe destacar que precisamente ese discurso se justificaban las intervenciones económicas o militares en las colonias ultramarinas). El mencionado proteccionismo, especialmente en el área agrícola, logró hacer sobrevivir a Francia y Alemania y, por tanto, a la economía mundial (determinada principalmente por estos dos países más Inglaterra). En el caso inglés la prevención a la crisis se fundó en el establecimiento prematuro de una economía de carácter colonial, en el cual los británicos tenían la posibilidad de realizar ventas de manufacturas a un nivel relativamente aceptable. Por otra parte, se incurrió en una práctica que en los años venideros tendría un carácter trascendental: ante las sucesivas crisis propias del esquema de cíclica sobreproducción capitalista (teoría enteramente coherente con la tesis propuesta por Adan Smith) la solución fue el establecimiento de los semimonopolios o Trusts: una acuerdo entre dos o varios empresarios de un determinado rubro, con miras a frenar la libre competencia que, según Smith, debía concluir en un beneficio al consumidor. La nueva era de los trust significó que las naciones más desarrolladas incurrieran en la hipocresía de apelar al más absoluto libre comercio a escala mundial (cabe recordar que a mediados del siglo XIX Paraguay intentó zafarse del sistema integrado de relaciones económicas mundiales, y fue obligado a la fuerza a reincorporarse a él), mientras en tiempos de crisis no dudarían en echar mano a prácticas que significaban una abierta contradicción con tales paradigmas y, aun más, unirse vergonzosamente en monopolios u oligopolios que anulaban la verdadera libre competencia y traicionaron directamente los principios que rigieron en su origen el despegue económico de esta era.
En resumen, la democratización de la vida civil y la probada capacidad del capitalismo de sobrevivir a los tiempos de crisis –todo lo cual reportaba sendos beneficios (aun parciales) a la clase obrera, hay que decirlo– determinó que las masas populares se acomodaran sigilosamente a las nuevas lógicas económicas y, por tanto, retrasó el esquema propuesto por Marx. Sin embargo, aún cuando los intentos reivindicativos de nivel masivo no estaban en la cúspide de la elaboración intelectual, ya se hacía notar un soterrado resquemor. La Primera Internacional, polémica Marx – Proudhon incluida, nació como producto de tales resquemores (advertidos por los obreros más cultos, como aquellos que tenían contacto con las imprentas, por ejemplo) y con la añadidura de corresponderse con una época en que, ya lo hemos mencionado, las construcciones simbólicas de un lado y de otro de la pirámide política rivalizaban en apasionamiento intelectual, y comenzaban a configurar al nuevo siglo en ciernes durante el cual, finalmente, se produciría la eclosión.
IV
Nos queda, finalmente, analizar las implicancias que los mencionados sucesos tuvieron respecto de la situación de la clase obrera durante el período de su consolidación como estructura política radicalizada. Aun cuando la incubación de las ideas libertarias tiene su origen durante el siglo XIX, será en el XX cuando tales ideas irrumpirán bruscamente retratadas en la práctica.
En 1911, el Partido Socialdemócrata Alemán contaba con 1.000.000 de afiliados. En escandinavia, la votación correspondiente a este espectro alcanzaba al orden del 25 %. En Francia, en 1914 los 103 escaños que logró correspondían a aproximadamente 1.000.000 de votos. ¿De qué manera esta corriente consiguió tan significativo avance en, a lo mucho, tres décadas?
La lógica interna de los partidos autodenominados socialistas era, a la vez que su gran fortaleza, su desgracia: una identificación absoluta entre el Partido y el proletariado. Lo que por una parte significaba un apego irrestricto a los programas y estructuras de izquierda fue, a la vez, la razón por la cual otras clases sociales o, aun más, otros elementos proletarios más moderados mirasen con recelo su participación en tal esquema. El o los Partidos Socialistas[10] suponían, de forma inherente, la subordinación de cualquier estrategia contingente hacia el carácter mesiánico de la Ciencia y el Desarrollo de la historia. Los partidos socialistas y sus ideólogos eran hijos directos del pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces europeo y, por tanto, la consecuencia lógica y exacta de su existencia era una especie de proporción de crecimiento aritmética que acabaría con la inevitable revolución mundial. Aún cuando Marx observó con estupor la falibilidad de sus teorías en vida, sus seguidores olvidaron prontamente las críticas que éste realizaba permanentemente a sus propias elaboraciones.
Este carácter marcadamente mesiánico del socialismo europeo se sumó a una aparentemente ilimitada población flotante que cumplía los requisitos proletarios o, lo que (según los socialistas) era lo mismo, revolucionarios. El traspaso acelerado de una estructura de base manufacturera artesanal hacia un esquema en donde las nuevas tecnologías requerían más mano de obra pero, a la vez, precisamente liquidaban tales centros manufactureros artesanales con la consecuencia de dejar sin trabajo a millares de antiguos artesanos, logró convencer a la mayoría del proletariado a comprometerse en la causa. En los centros donde la democracia u otras estructuras permitían una potencial unión de dichos individuos en términos políticos, aquello aconteció sin mayores diferencias. Ahora bien, ¿es posible que una masa heterogénea de millones de individuos logren coexistir en el tiempo siguiendo al pie de la letra una estructura partidaria marcadamente rígida pasando por alto cada una de las particularidades que inherentemente se tengan? El marxismo originario aun observaba a los individuos como tales solo en función de la colectividad (de hecho, no fue sino hasta bien entrado el siglo XX cuando los primeros resultados de las prácticas marxistas estimularon a algunos intelectuales a incurrir en el “sacrilegio” de replantearse las teorías de Marx, especialmente en países europeos fuera de la Unión Soviética). Ante la posibilidad de aunar a millones de conciencias respecto de una sola causa, existía el problema real de conciliar aquello con la psicología práctica de cada individuo dentro de esos millones. La consecuencia lógica de tal conflicto debía ser la división en diversas facciones unidas solamente por un común plegamiento a las ideas de Marx, como finalmente ocurrió. Si a tal heterogeneidad humana agregamos, además, una heterogeneidad absoluta en la economía de cada país específico dentro los que tenían en su seno grupos autodenominados marxistas, el resultado era predecible.
Sin duda, la ideología subsistió en torno a estos grandes y graves problemas de orden práctico: la herencia simbólica dejada por el siglo anterior fue hábilmente explotada por los intelectuales marxistas. El primero de mayo se convirtió por excelencia en el día de identificación de los trabajadores del mundo; sin embargo, aquello sucedió básicamente entre los grupos obreros más militantes y disciplinados: la gran mayoría de quienes abogaban por los partidos de izquierdas que decían representarlos lo hacían, antes que por una conciencia política elaborada, por el hecho de sentirse cotidianamente comprometidos en un tipo de existencia que nada tenía que ver con el de otras clases sociales. La adscripción voluntaria de muchos obreros era de carácter espontáneo o vital antes que intelectual. En efecto, ¿qué podían tener en común los millones de obreros que vivían hacinados en chozas atestadas con los patrones burgueses que los explotaban? Los obreros se adscribían con sus iguales porque era la decisión obvia y pertinente, pero el problema de índole práctico que significaba la mencionada heterogeneidad era más profundo de lo que a primera vista podía parecer. Ante tales perspectivas, muchas de las facciones de más a la derecha de este movimiento de izquierda proponían concentrarse en las reformas inmediatas antes que en un mesiánico cambio estructural vía revolución(es), lo cual detonó otro foco de fuertes conflictos en el seno de las asambleas.
¿Qué logró, en suma, el movimiento obrero de masas, agrupado en torno a ideales que parecían ser universales pero que en la práctica muchas veces sonaban abstractos o inentendibles? Mientras la clase burguesa consolidaba a pasos agigantados su desarrollo, los obreros –o sus intelectuales– se debatían en torno al problema. Sin duda que ya hacia esta época la clase política obrera estaba imbuida de un carácter fuertemente crítico del acontecer social, lo cual, en comparación con décadas anteriores, representaba un avance sustancial. Sin embargo, el gran acontecimiento que significó el triunfo de las ideas expuestas por los obreros, la Revolución Rusa, se encontró mediada por un conflicto de características universales antes que corresponder al permanentemente repetido desarrollo de la inevitabilidad histórica. ¿Hubiese existido Revolución Rusa sin la Primera Guerra Mundial? No estamos en condiciones de afirmarlo o negarlo, y el tema tampoco es relevante: los hechos sucedieron de tal manera y a ellos debemos ceñirnos. Sin embargo, la pregunta representa la duda fundamental en torno a los verdaderos alcances de la catarsis obrera iniciada el siglo anterior por Karl Marx. No cabe duda de que, aun sin Guerra Mundial o sin Revolución Rusa, el proletariado se encontraba en una condición mucho más consciente que la apatía mostrada por décadas; sin embargo, cosa diferente es afirmar que tal conciencia revolucionaria hubiese bastado por sí sola para implantar la serie de revoluciones autodenominadas marxistas que proliferaron durante el segundo y el tercer cuarto del siglo XX. Y es interesante notar que gran parte de los intelectuales que durante el siglo XX se adscribieron al análisis marxista de la sociedad lo hayan hecho después del año 1918, es decir, después de la guerra –que era una causa ajena al marxismo– y una vez que la revolución de octubre se hubo manifestado como triunfadora.
Conclusión.
El análisis que hemos elaborado apunta a desplegar cada una de las interrogantes planteadas, por cuanto cada una de esta contiene una parcial respuesta al desarrollo general de la época que estamos analizando. Para quienes consideramos que la historia no es sencillamente una línea concadenada y estática de acontecimientos ni una suma de hechos cuantificables, es imposible escoger tan solo una de tales alternativas en desmedro de las otras. Los procesos históricos son ciertamente más complejos que lo que se supone a primera vista, e interpretaciones de los hechos existirás tantas como individuos que los analicen.
Sin embargo, las categorizaciones históricas sirven también para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. Aun cuando se dificulta enormemente el sistematizar miles de acontecimientos que tienen su desarrollo de manera paralela, existen ciertas pautas estructurales que tienen la capacidad de contener otras tendencias. El mundo europeo del siglo XIX era objetivamente capitalista, aun cuando en algunas zonas geográficas pequeñas continuasen existiendo formas agrícolas de subsistencia o esquemas colectivos de recolección y explotación de recursos naturales. Sin embargo, la pauta estructural –insistimos– es la del capitalismo, por cuanto este fue el concepto que con mayor fuerza marcó un contraste con las tendencias históricas precedentes y que, finalmente, desaparecieron en manos de este nuevo descubrimiento. En este caso, el capitalismo se hizo permanente mientras que cualquier tipo de economía de carácter subsistente o que representara una producción en pequeña escala resultó absorbida por la fuerza dinámica de la lógica capitalista. En tal sentido, es acertado supeditar ciertas estructuras a otras más amplias o permanentes.
Respecto de la era específica que hemos analizado, su característica principal fue el mantenimiento y, aun más, la consolidación del orden burgués. La burguesía y sus códigos vinieron a superar el viejo esquema feudal propio del catolicismo monárquico de los siglos anteriores. La revolución industrial, que significó que Europa diera por superado su condición perjudicada frente a otros esquemas históricos como el Islam o Asia (China – India), fue una estructura eminentemente burguesa. Es cierto que sin los millones de obreros que durante décadas permanecieron aportando la fuerza en trabajos mal remunerados tal progreso acelerado no hubiese sido posible; sin embargo, quienes imprimieron el dinamismo necesario al sistema para lograr el mencionado progreso no fueron los obreros ni los monarcas: fueron los burgueses que poseían el talento, las ganas, las armas o el dinero para llevarlo a cabo, o todas esas cosas a un tiempo.
Sin embargo, producto de este nuevo orden liderado por la burguesía surgieron otras nuevas estructuras. La proletarización acelerada de fines del siglo XIX fue producto, precisamente, de las doctrinas económicas planteadas y practicadas por la burguesía triunfante; la teoría socialista de fuerte arraigo en el mundo proletario no emanó de un proletario, sin embargo; los revolucionarios obreros que lideraron, más tarde, las asonadas libertarias lo hicieron porque tuvieron el contacto con el conocimiento necesario para sistematizar sus ideas; es decir: todos los sucesos acaecidos durante fines del siglo XIX e inicios del XX son, y no podría ser de otra manera, subsidiarios del orden burgués.
Por cierto, ello no significa que la historia de esta época deba tratarse única y exclusivamente del mundo burgués; la historia del resto de las clases sociales existe por la sencilla razón de que dichas otras clases sociales existen. La historia tiene sentido en cuanto se transforma en un vehículo para conocer la condición de los individuos de determinada época, y no como una suma de estructuras de carácter metafísico o impersonal. El mundo obrero y sus secuelas existió y fue protagonista del acontecer social de la época. Sin embargo, hemos empezado esta conclusión afirmando que las categorizaciones históricas sirven para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. En esta época determinada, aun cuando todos los enunciados o preguntas que dieron origen a este informe existieron, el proceso general no puede entenderse si no empezamos por la nueva dinámica económica generada por la burguesía.
[1] Las cursivas son nuestras.
[2] Aun cuando nuestra época es fecunda en conflictos tanto o aun más extensos, pero con una diferencia fundamental: es esta la primera vez que, en una guerra establecida oficialmente, se enfrentan no solo ejércitos profesionales, sino pueblos enteros. Además, las anteriores conflagraciones no tuvieron el impacto en el nuevo orden mundial que se apreció en las dos grandes Guerras Mundiales.
[3] Excepto durante la posterior época de recesión económica europea de aproximadamente el año 1873, y que traería consecuencias trascendentales en el posterior desarrollo de los movimientos obreros, por una parte, y de la consolidación del imperialismo, por otra. Ambos hechos serán analizados más adelante.
[4] Que, según el autor, surge básicamente dada la necesidad de los países más industrializados por contar con nuevos mercados hacia los cuales ofrecer los productos de su economía en una época de fuerte recesión, esquema originalmente aplicado por Inglaterra, y pronto imitado por varios países europeos que observaban los beneficios que tal esquema acarreaba o que, simplemente, no querían verse en una situación de desventaja histórica al no contar con colonias que significaban la diferencia entre un “gran” país y uno de segunda categoría. En la época que estamos analizando, capitalismo e imperialismo son conceptos inseparables.
[5] Respecto de las consecuencias estrictamente económicas del esquema imperial, podemos mencionar las siguientes: una expansión territorial acelerada; una economía más plural; una revolución tecnológica sin parangones; un aumento del empleo en el sector terciario (y del empleo en general); una lógica científica en la administración empresarial; un mayor acceso de los individuos de todas las clases al consumo y, finalmente, un sistema de tratados semimonopólicos entre diferentes empresas, dando origen a una estructura propia del período: los Trust, que finalmente terminaron por beneficiar (y consolidar aun más) a la clase burguesa.
[6] Las masas populares poco entendían de estrategias de disciplinamiento o control social y era imposible que estuvieran en condiciones de hacerlo. El asunto presenta semejanzas pasmosas con otras épocas históricas, entre ellas la nuestra.
[7] Respecto del tema de la irracionalidad como corriente filosófica, es acertado destacar que en este momento histórico la filosofía de Nietszche (1844–1900) se encontraba en plena actualidad.
[8] Ignoramos si es pertinente, aun cuando el tema de fondo es el mismo, citar la modernización arquitectónica estructural de la ciudad de París llevada a cabo por Napoleón III, que (quizá) representó un ejemplo a seguir por los gobernantes de otras ciudades. Como sea, el ejemplo francés es una prueba de la importancia que en la época se otorgaba al mencionado populismo expresado en manifestaciones arquitectónicas.
[9] Al respecto, cabe recordar que tanto Marx como Engels afirmaban entusiastas que “la democracia es la antesala de la revolución”. Finalmente, ambos estaban equivocados, como lo advirtió Lenin tras analizar los sucesos posteriores a la inflamada teoría marxista.
[10] Esta condición de singular o plural no es antojadiza: la lógica interna del izquierdismo apelaba a la unión mundial de sus elementos, y es una tarea titánica, que no estamos en condiciones de realizar aquí, el analizar hasta que punto se cumplió tal pretensión de universalidad.
“En la década de 1860 entra una nueva palabra en el vocabulario económico y político del mundo: <
Eric Hobsbawm, La Era Del Capital, pp. 15.
...”Los nuevos movimientos socialistas eran revolucionarios pero para la mayor parte de ellos la revolución era, en cierto sentido, la consecuencia lógica y necesaria de la democracia burguesa que hacía que las decisiones, antes en manos de unos pocos, fueran compartidas cada vez por un mayor número de individuos. Y para aquellos que esperaban una insurrección real se trataba de una batalla cuyo objetivo solo podía ser... el del paso previo para alcanzar otras metas más ambiciosas. Así pues, los revolucionarios se mantuvieron en el seno de la era del imperio, aunque se preparaban para trascenderla...”[1].
Eric Hobsbawm, La Era Del Imperio, pp. 18.
Introducción.
Como afirma el autor, y como afirma cualquier historiador serio, la era comprendida entre el triunfo de la doble revolución europea (1789) y el inicio de las grandes hostilidades mundiales a partir del año 1914[2] supone la mayor transformación de la historia en cuanto al desarrollo y consolidación de nuevas estructuras por sobre otras precedentes, con el importante agregado de influir y cambiar para siempre la vida cotidiana de los millones de individuos que, para bien o para mal, se hallaron inmersos dentro de esta órbita de cambios. El capitalismo y su consecuencia histórica (al menos en la época en la cual nos situamos) , el imperialismo, se alzaron como nuevas estructuras que no encuentran parangón en la historia universal. La génesis del proceso la encontramos dentro de causales internas e interrelacionadas, las cuales serán la bisagra que posibilite el anunciado cambio de folio en el orden mundial.
Durante la era del capital, la burguesía hereditaria de los beneficios que supuso la transición del esquema feudal hacia un primitivo tipo de capitalismo (proceso mediado por la Revolución Francesa que -hay que recalcarlo- rápidamente abandonó los idearios que originalmente la posibilitaron), comenzó un paulatino proceso de adquisición de una conciencia de carácter marcadamente progresista. Las teorías de Adan Smith plasmadas en su Riqueza de las Naciones constituyeron un libro de cabecera de generaciones de intelectuales que, a su vez, traspasaban tales conocimientos a sus naturales relaciones burguesas. Las naciones recientemente constituidas apelaban al desarrollo sin trabas de un esquema económico en donde primaría –al menos en teoría– la libre empresa por sobre los subsidios estatales o las prácticas proteccionistas[3]. En Gran Bretaña, un político prominente llegó a afirmar que “toda nuestra política se funda en la idea de que el estado no debe sino destrabar los posibles impedimentos que los individuos privados pudiesen encontrar para llevar a cabo una política de librecambismo y emprendimiento individual en todo orden de cosas”. La era de los fisiócratas (propios de la mentalidad rentista que apareció como teoría política inmediatamente acabada la era feudal) o de los mercantilistas (que constituyeron los primeros atisbos de una economía basada en el intercambio estructural) se encontraba en franca retirada, siendo reemplazada por la mano invisible a la que cualquier estado debía apelar y que, en la práctica, significó –además de la transformación radical en los medios de vida y, aún más, en extrema simbiosis con aquello– que un gran número de nuevos individuos que se encontraran en una situación para ellos desconocida y, a veces, angustiante: el trabajo asalariado varias veces explotador y, más importante aún desde el punto de vista de la psicología social, la imposibilidad absoluta de cambiar de modo de vida. La proletarización había llegado para quedarse. Karl Marx y otros pensadores no menos adelantados ya habían advertido el potencial que representaba una interminable masa de obreros asalariados en los principales centros urbanos del mundo de entonces.
La inevitable existencia de dichos individuos obreros que constituían una potencial masa electoral en los centros urbanos fue un asunto originalmente descuidado por los burgueses detentores del poder económico. Durante la era de la recesión producto de la oleada deflacionaria, la capacidad recién adquirida del transporte mundial de trasladar individuos hacia cualquier lugar del mundo que resultase lo suficientemente atractivo para asegurar la sobrevivencia evitó posibles focos de rebeliones en el seno del mundo popular. Antes de la escalada imperialista que trajo consigo la crisis cíclica capitalista de 1873, sin embargo, la latente escalada de terror provocada en los principales burgueses debido a la existencia de una masa informe de sujetos dentro de las grandes ciudades, terror compartido además por numerosos trabajadores de oficios más autosuficientes –artesanos, manufactureros, etc (y que se encontraban en una suerte de tierra de nadie entre la burguesía dominante y los asalariados)– conformó una conciencia respecto a lo peligroso que podía llegar a resultar un esquema de nula participación política –nominal o real, no era importante– por parte de un grupo social que comenzaba a darse cuenta de su amplia mayoría en términos de población. La era de democratización había comenzado su escalada.
Los primeros vislumbres democráticos fueron tímidos y parcializados en ciertos sectores: ¿por qué habrían de beneficiarse socialmente los grupos más poderosos con electores que no tenían la capacidad de entender a las teorías económicas (liberales) que sustentaban el progreso alcanzado durante la segunda mitad del siglo? Una ilimitada cantidad de nuevos votantes (de dudosa calidad) representaba una seria amenaza para el mantenimiento del orden capitalista tal como se conocía; los grupos más conservadores –la iglesia, entre ellos– rápidamente conformaron grupos políticos tendientes a absorber a tales nuevos electores, aun cuando estos se vieron –y Marx lo había previsto– inevitablemente atraídos hacia las nuevas propuestas surgidas por individuos que ostentaban condiciones de liderazgo dentro de las estructuras de trabajadores en cualquier lugar en donde estos fuesen un número importante. Sin embargo, las nuevas teorías que apelaban a la condición explotada de los obreros fueron, en su mayoría, de carácter más integrador que desafiante hacia la estructura política preexistente. Paralelamente, las nuevas masas de campesinos pobres que se habían sentido atraídos en un primer momento por los incendiarios discursos de clase propuestos por estos vanguardistas terminaron, previsiblemente, apelando en mayor medida a una mejoría real en las condiciones de vida cotidiana más que a un mesianismo científico fundado en la teoría marxista y, finalmente, terminaron votando por la derecha política. Las clases dirigentes, además, descubrieron bien pronto las posibilidades que otorgaba una nueva masa de electores potencialmente manipulable y, consecuentemente, ofreció ciertos avances en tal sentido. El resultado inevitable fue una escisión entre los partidarios moderados del esquema de la izquierda contra otros más radicalizados, con la consecuente pérdida de identificación con la causa propuesta por los partidos de izquierda.
Sin embargo, surgió otro problema de proporciones (que advirtieron los dirigentes más capacitados de la época): en adelante, sería necesario proceder con sumo cuidado frente al potencial rechazo de las masas hacia determinados aspectos de la conducción política por parte de esos mismos dirigentes burgueses. El discurso de la racionalidad no bastaba ya, puesto que poco ardor provocaban las ideas de Smith frente a individuos que apenas disponían de condiciones para enterarse de ellas, ni menos aun de comprenderlas. La respuesta de la burguesía vino por partida doble: el imperialismo, que significaba a un tiempo una capacidad económica que permitía el establecimiento de ciertas mejorías sociales y, por tanto, amortiguar posibles focos de conflictos y, además de ello, apelaba a la irracionalidad: el imperialismo[4] –es decir el hecho de ser parte de una nación poderosa y que lo era, precisamente, por la labor de todos los individuos que eran parte de tal– penetró fuertemente en las conciencias de los sectores obreros, aun cuando con el tiempo esta idea fuera desplazada por otras de mayor atrevimiento. Si bien el espectro del comunismo aun no recorría Europa, poco faltaba para comenzar a sentir su aliento.[5]
I
Como ya hemos mencionado, la burguesía rápidamente advirtió las ventajas que las nuevas situaciones podían acarrearles –desde el imperialismo hasta la democracia– y, consecuencia lógica de ello, fue la clase que más entusiastamente se plegó a los nuevos esquemas, tomando una posición de liderazgo dentro de su consolidación. El imperialismo, además de ser –ya lo hemos visto– una fuente estable de divisas tendientes a financiar el asistencialismo social, como política de estado contaba con un apoyo mayoritario entre la población. Cualquier ciudadano veía disminuidas sus propias necesidades si es que se le permitía soñar con posibles focos de riqueza en lugares exóticos, aún cuando –cosa previsible– en la práctica fue la propia burguesía la mayor beneficiaria de tales ganancias. Los populistas de la época contaron con una coyuntura que hacía sus delicias.
Pero otra idea directamente consecuente del populismo imperial fue la exacerbación del nacionalismo. Según el autor, la era del imperio fue de una asombrosa fecundidad en cuanto a los símbolos, las ceremonias nacionales, los rituales de ascensión a la corona o, en suma, las celebraciones populares por cualquier excusa. El autor llega a comparar los ritos de cualquier tipo que tuviera como protagonista a la Reina Victoria con los espectáculos que ofrecía la empresa gráfica Kodak. El discurso oficial que justificaba tales asuntos apelaba a la irracionalidad absoluta, hecho que solamente los individuos más preparados intelectualmente pudieron advertir como estrategia política real.[6].[7] La idea de nación, además, sirvió para que muchos individuos populares se enrolaran en el ejército y marcharan hacia la guerra, lo cual tuvo una doble consecuencia: la identificación popular –al menos por parte de estos individuos– con una idea de patria y, por otra parte, mayores beneficios para la clase burguesa en un sistema de guerras focalizadas y específicas que tendían en su mayoría a reordenar los esquemas económicos en beneficio de unos pocos burgueses.
Sin embargo, la consolidación del populismo representó ciertas ventajas respecto a épocas inmediatamente anteriores: las monumentalidad oficial alcanzó un arraigo extraordinario y, con ello, la creación de espacios públicos.[8] Además, producto de la economía imperialista y de un supuesto –y real– bienestar económico generalizado (mediante ganancias en bruto para los burgueses o asistenciales para los populares), se dio inicio a un nuevo fenómeno económico y social: la integración de los sectores más pobres de la sociedad como consumidores de productos dirigidos, por primera vez, especialmente a ellos. Todo lo anterior concluyó, en suma, con una asimilación estructural del nuevo esquema económico por parte de todos los sectores, más o menos beneficiados por tales políticas. Ello evitó una lógica de estallidos sociales que hiciera frente a toda la gran cantidad de problemas que, aun con los avances manifestados, conservaba la clase popular. Una burguesía consolidada conducía el timón del barco imperialista, mientras los peones –tanto en la metáfora como en la realidad– eran mantenidos calmos por los supuestos beneficios que el nuevo sistema traería.
II
Hemos observado como la democratización de la sociedad se produjo de manera más o menos homogénea en gran parte del mapa político de Europa, aun cuando ello no significó en medida alguna una consolidación de las posturas más radicalizadas. La burguesía, originalmente temerosa, manejó con gran tino el nuevo sistema eleccionario y lo manipuló en su favor, con lo cual se creó una válvula de escape hacia los potenciales focos revolucionarios en el sentido marxista. La democracia significaba una mayor cantidad de electores y, por tanto, una multiplicación del riesgo. Los intelectuales que ya se encontraban influidos por las ideas de Marx acogieron con entusiasmo (prerrevolucionario) esta nueva oleada democratizadora.
Sin embargo, los sucesos posteriores fueron mermando las originales esperanzas de quienes apostaban al avance positivista inevitable de la historia universal. Como ya hemos mencionado, las nuevas clases populares –en su mayoría campesinos– fueron absorbidas por las líneas políticas más moderadas que los atrajeron mediante una escalada de reformas relativamente tendientes a un mayor grado de justicia social. Si para algunos sujetos inflamados de las llamas libertarias se estaba ad portas del avance de la Historia, para los pragmáticos burgueses, en cambio, había que acomodarse a estas nuevas circunstancias de tal manera de no ver mermados significativamente sus privilegios adquiridos durante siglos. Durante los años que median entre el inicio de la era del imperio y el comienzo de la Gran Guerra, un mayor nivel de participación democrática –que la hubo– no significó (en términos generales) una catarsis que desembocara en la temida o esperada gran revolución.
III
Esta misma oleada democratizadora significó, paradójicamente, una estabilidad relativa en comparación con los primeros tiempos del capitalismo, especialmente durante la década del ’40.[9] Al hecho de que muchos individuos históricamente postergados se sintieran más que conformes con esta nueva condición de electores, cabe agregar la admirable capacidad de los burgueses capitalistas para hacer frente a cualquier tipo de crisis que pudiese significar una radicalización de las posturas más libertarias. A la ya mencionada tendencia a la irracionalidad simbólica impuesta inconscientemente en las cabezas electorales, en términos económicos el capitalismo demostró una admirable capacidad de adaptación. Un período histórico de ganancias desenfrenadas, aun con sus crisis a cuestas, necesariamente debía otorgar una suficiencia arrogante a quienes serían sus principales impulsores. De cada crisis local o, incluso ante la gran oleada deflacionaria del año 1873, la burguesía capitalista parecía salir airosa. Ocurrió, entre 1873 y 1896 –producto de la caída de los precios, que llegó a un 40%– y que disminuyó notablemente los beneficios para los capitalistas, pero no así para las clases populares: la lógica interna de los períodos deflacionarios indica que los mayores beneficiarios son los individuos más pobres, pues se experimenta una caída de los precios frente a una mantención relativa de los salarios. Además, aparecía el proteccionismo como una solución relativamente aceptable a la crisis, a condición de mantener –fingidamente– un discurso que abogaba por la libertad total de comercio (cabe destacar que precisamente ese discurso se justificaban las intervenciones económicas o militares en las colonias ultramarinas). El mencionado proteccionismo, especialmente en el área agrícola, logró hacer sobrevivir a Francia y Alemania y, por tanto, a la economía mundial (determinada principalmente por estos dos países más Inglaterra). En el caso inglés la prevención a la crisis se fundó en el establecimiento prematuro de una economía de carácter colonial, en el cual los británicos tenían la posibilidad de realizar ventas de manufacturas a un nivel relativamente aceptable. Por otra parte, se incurrió en una práctica que en los años venideros tendría un carácter trascendental: ante las sucesivas crisis propias del esquema de cíclica sobreproducción capitalista (teoría enteramente coherente con la tesis propuesta por Adan Smith) la solución fue el establecimiento de los semimonopolios o Trusts: una acuerdo entre dos o varios empresarios de un determinado rubro, con miras a frenar la libre competencia que, según Smith, debía concluir en un beneficio al consumidor. La nueva era de los trust significó que las naciones más desarrolladas incurrieran en la hipocresía de apelar al más absoluto libre comercio a escala mundial (cabe recordar que a mediados del siglo XIX Paraguay intentó zafarse del sistema integrado de relaciones económicas mundiales, y fue obligado a la fuerza a reincorporarse a él), mientras en tiempos de crisis no dudarían en echar mano a prácticas que significaban una abierta contradicción con tales paradigmas y, aun más, unirse vergonzosamente en monopolios u oligopolios que anulaban la verdadera libre competencia y traicionaron directamente los principios que rigieron en su origen el despegue económico de esta era.
En resumen, la democratización de la vida civil y la probada capacidad del capitalismo de sobrevivir a los tiempos de crisis –todo lo cual reportaba sendos beneficios (aun parciales) a la clase obrera, hay que decirlo– determinó que las masas populares se acomodaran sigilosamente a las nuevas lógicas económicas y, por tanto, retrasó el esquema propuesto por Marx. Sin embargo, aún cuando los intentos reivindicativos de nivel masivo no estaban en la cúspide de la elaboración intelectual, ya se hacía notar un soterrado resquemor. La Primera Internacional, polémica Marx – Proudhon incluida, nació como producto de tales resquemores (advertidos por los obreros más cultos, como aquellos que tenían contacto con las imprentas, por ejemplo) y con la añadidura de corresponderse con una época en que, ya lo hemos mencionado, las construcciones simbólicas de un lado y de otro de la pirámide política rivalizaban en apasionamiento intelectual, y comenzaban a configurar al nuevo siglo en ciernes durante el cual, finalmente, se produciría la eclosión.
IV
Nos queda, finalmente, analizar las implicancias que los mencionados sucesos tuvieron respecto de la situación de la clase obrera durante el período de su consolidación como estructura política radicalizada. Aun cuando la incubación de las ideas libertarias tiene su origen durante el siglo XIX, será en el XX cuando tales ideas irrumpirán bruscamente retratadas en la práctica.
En 1911, el Partido Socialdemócrata Alemán contaba con 1.000.000 de afiliados. En escandinavia, la votación correspondiente a este espectro alcanzaba al orden del 25 %. En Francia, en 1914 los 103 escaños que logró correspondían a aproximadamente 1.000.000 de votos. ¿De qué manera esta corriente consiguió tan significativo avance en, a lo mucho, tres décadas?
La lógica interna de los partidos autodenominados socialistas era, a la vez que su gran fortaleza, su desgracia: una identificación absoluta entre el Partido y el proletariado. Lo que por una parte significaba un apego irrestricto a los programas y estructuras de izquierda fue, a la vez, la razón por la cual otras clases sociales o, aun más, otros elementos proletarios más moderados mirasen con recelo su participación en tal esquema. El o los Partidos Socialistas[10] suponían, de forma inherente, la subordinación de cualquier estrategia contingente hacia el carácter mesiánico de la Ciencia y el Desarrollo de la historia. Los partidos socialistas y sus ideólogos eran hijos directos del pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces europeo y, por tanto, la consecuencia lógica y exacta de su existencia era una especie de proporción de crecimiento aritmética que acabaría con la inevitable revolución mundial. Aún cuando Marx observó con estupor la falibilidad de sus teorías en vida, sus seguidores olvidaron prontamente las críticas que éste realizaba permanentemente a sus propias elaboraciones.
Este carácter marcadamente mesiánico del socialismo europeo se sumó a una aparentemente ilimitada población flotante que cumplía los requisitos proletarios o, lo que (según los socialistas) era lo mismo, revolucionarios. El traspaso acelerado de una estructura de base manufacturera artesanal hacia un esquema en donde las nuevas tecnologías requerían más mano de obra pero, a la vez, precisamente liquidaban tales centros manufactureros artesanales con la consecuencia de dejar sin trabajo a millares de antiguos artesanos, logró convencer a la mayoría del proletariado a comprometerse en la causa. En los centros donde la democracia u otras estructuras permitían una potencial unión de dichos individuos en términos políticos, aquello aconteció sin mayores diferencias. Ahora bien, ¿es posible que una masa heterogénea de millones de individuos logren coexistir en el tiempo siguiendo al pie de la letra una estructura partidaria marcadamente rígida pasando por alto cada una de las particularidades que inherentemente se tengan? El marxismo originario aun observaba a los individuos como tales solo en función de la colectividad (de hecho, no fue sino hasta bien entrado el siglo XX cuando los primeros resultados de las prácticas marxistas estimularon a algunos intelectuales a incurrir en el “sacrilegio” de replantearse las teorías de Marx, especialmente en países europeos fuera de la Unión Soviética). Ante la posibilidad de aunar a millones de conciencias respecto de una sola causa, existía el problema real de conciliar aquello con la psicología práctica de cada individuo dentro de esos millones. La consecuencia lógica de tal conflicto debía ser la división en diversas facciones unidas solamente por un común plegamiento a las ideas de Marx, como finalmente ocurrió. Si a tal heterogeneidad humana agregamos, además, una heterogeneidad absoluta en la economía de cada país específico dentro los que tenían en su seno grupos autodenominados marxistas, el resultado era predecible.
Sin duda, la ideología subsistió en torno a estos grandes y graves problemas de orden práctico: la herencia simbólica dejada por el siglo anterior fue hábilmente explotada por los intelectuales marxistas. El primero de mayo se convirtió por excelencia en el día de identificación de los trabajadores del mundo; sin embargo, aquello sucedió básicamente entre los grupos obreros más militantes y disciplinados: la gran mayoría de quienes abogaban por los partidos de izquierdas que decían representarlos lo hacían, antes que por una conciencia política elaborada, por el hecho de sentirse cotidianamente comprometidos en un tipo de existencia que nada tenía que ver con el de otras clases sociales. La adscripción voluntaria de muchos obreros era de carácter espontáneo o vital antes que intelectual. En efecto, ¿qué podían tener en común los millones de obreros que vivían hacinados en chozas atestadas con los patrones burgueses que los explotaban? Los obreros se adscribían con sus iguales porque era la decisión obvia y pertinente, pero el problema de índole práctico que significaba la mencionada heterogeneidad era más profundo de lo que a primera vista podía parecer. Ante tales perspectivas, muchas de las facciones de más a la derecha de este movimiento de izquierda proponían concentrarse en las reformas inmediatas antes que en un mesiánico cambio estructural vía revolución(es), lo cual detonó otro foco de fuertes conflictos en el seno de las asambleas.
¿Qué logró, en suma, el movimiento obrero de masas, agrupado en torno a ideales que parecían ser universales pero que en la práctica muchas veces sonaban abstractos o inentendibles? Mientras la clase burguesa consolidaba a pasos agigantados su desarrollo, los obreros –o sus intelectuales– se debatían en torno al problema. Sin duda que ya hacia esta época la clase política obrera estaba imbuida de un carácter fuertemente crítico del acontecer social, lo cual, en comparación con décadas anteriores, representaba un avance sustancial. Sin embargo, el gran acontecimiento que significó el triunfo de las ideas expuestas por los obreros, la Revolución Rusa, se encontró mediada por un conflicto de características universales antes que corresponder al permanentemente repetido desarrollo de la inevitabilidad histórica. ¿Hubiese existido Revolución Rusa sin la Primera Guerra Mundial? No estamos en condiciones de afirmarlo o negarlo, y el tema tampoco es relevante: los hechos sucedieron de tal manera y a ellos debemos ceñirnos. Sin embargo, la pregunta representa la duda fundamental en torno a los verdaderos alcances de la catarsis obrera iniciada el siglo anterior por Karl Marx. No cabe duda de que, aun sin Guerra Mundial o sin Revolución Rusa, el proletariado se encontraba en una condición mucho más consciente que la apatía mostrada por décadas; sin embargo, cosa diferente es afirmar que tal conciencia revolucionaria hubiese bastado por sí sola para implantar la serie de revoluciones autodenominadas marxistas que proliferaron durante el segundo y el tercer cuarto del siglo XX. Y es interesante notar que gran parte de los intelectuales que durante el siglo XX se adscribieron al análisis marxista de la sociedad lo hayan hecho después del año 1918, es decir, después de la guerra –que era una causa ajena al marxismo– y una vez que la revolución de octubre se hubo manifestado como triunfadora.
Conclusión.
El análisis que hemos elaborado apunta a desplegar cada una de las interrogantes planteadas, por cuanto cada una de esta contiene una parcial respuesta al desarrollo general de la época que estamos analizando. Para quienes consideramos que la historia no es sencillamente una línea concadenada y estática de acontecimientos ni una suma de hechos cuantificables, es imposible escoger tan solo una de tales alternativas en desmedro de las otras. Los procesos históricos son ciertamente más complejos que lo que se supone a primera vista, e interpretaciones de los hechos existirás tantas como individuos que los analicen.
Sin embargo, las categorizaciones históricas sirven también para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. Aun cuando se dificulta enormemente el sistematizar miles de acontecimientos que tienen su desarrollo de manera paralela, existen ciertas pautas estructurales que tienen la capacidad de contener otras tendencias. El mundo europeo del siglo XIX era objetivamente capitalista, aun cuando en algunas zonas geográficas pequeñas continuasen existiendo formas agrícolas de subsistencia o esquemas colectivos de recolección y explotación de recursos naturales. Sin embargo, la pauta estructural –insistimos– es la del capitalismo, por cuanto este fue el concepto que con mayor fuerza marcó un contraste con las tendencias históricas precedentes y que, finalmente, desaparecieron en manos de este nuevo descubrimiento. En este caso, el capitalismo se hizo permanente mientras que cualquier tipo de economía de carácter subsistente o que representara una producción en pequeña escala resultó absorbida por la fuerza dinámica de la lógica capitalista. En tal sentido, es acertado supeditar ciertas estructuras a otras más amplias o permanentes.
Respecto de la era específica que hemos analizado, su característica principal fue el mantenimiento y, aun más, la consolidación del orden burgués. La burguesía y sus códigos vinieron a superar el viejo esquema feudal propio del catolicismo monárquico de los siglos anteriores. La revolución industrial, que significó que Europa diera por superado su condición perjudicada frente a otros esquemas históricos como el Islam o Asia (China – India), fue una estructura eminentemente burguesa. Es cierto que sin los millones de obreros que durante décadas permanecieron aportando la fuerza en trabajos mal remunerados tal progreso acelerado no hubiese sido posible; sin embargo, quienes imprimieron el dinamismo necesario al sistema para lograr el mencionado progreso no fueron los obreros ni los monarcas: fueron los burgueses que poseían el talento, las ganas, las armas o el dinero para llevarlo a cabo, o todas esas cosas a un tiempo.
Sin embargo, producto de este nuevo orden liderado por la burguesía surgieron otras nuevas estructuras. La proletarización acelerada de fines del siglo XIX fue producto, precisamente, de las doctrinas económicas planteadas y practicadas por la burguesía triunfante; la teoría socialista de fuerte arraigo en el mundo proletario no emanó de un proletario, sin embargo; los revolucionarios obreros que lideraron, más tarde, las asonadas libertarias lo hicieron porque tuvieron el contacto con el conocimiento necesario para sistematizar sus ideas; es decir: todos los sucesos acaecidos durante fines del siglo XIX e inicios del XX son, y no podría ser de otra manera, subsidiarios del orden burgués.
Por cierto, ello no significa que la historia de esta época deba tratarse única y exclusivamente del mundo burgués; la historia del resto de las clases sociales existe por la sencilla razón de que dichas otras clases sociales existen. La historia tiene sentido en cuanto se transforma en un vehículo para conocer la condición de los individuos de determinada época, y no como una suma de estructuras de carácter metafísico o impersonal. El mundo obrero y sus secuelas existió y fue protagonista del acontecer social de la época. Sin embargo, hemos empezado esta conclusión afirmando que las categorizaciones históricas sirven para definir, aun débil y parcialmente, las características generales de una época determinada. En esta época determinada, aun cuando todos los enunciados o preguntas que dieron origen a este informe existieron, el proceso general no puede entenderse si no empezamos por la nueva dinámica económica generada por la burguesía.
[1] Las cursivas son nuestras.
[2] Aun cuando nuestra época es fecunda en conflictos tanto o aun más extensos, pero con una diferencia fundamental: es esta la primera vez que, en una guerra establecida oficialmente, se enfrentan no solo ejércitos profesionales, sino pueblos enteros. Además, las anteriores conflagraciones no tuvieron el impacto en el nuevo orden mundial que se apreció en las dos grandes Guerras Mundiales.
[3] Excepto durante la posterior época de recesión económica europea de aproximadamente el año 1873, y que traería consecuencias trascendentales en el posterior desarrollo de los movimientos obreros, por una parte, y de la consolidación del imperialismo, por otra. Ambos hechos serán analizados más adelante.
[4] Que, según el autor, surge básicamente dada la necesidad de los países más industrializados por contar con nuevos mercados hacia los cuales ofrecer los productos de su economía en una época de fuerte recesión, esquema originalmente aplicado por Inglaterra, y pronto imitado por varios países europeos que observaban los beneficios que tal esquema acarreaba o que, simplemente, no querían verse en una situación de desventaja histórica al no contar con colonias que significaban la diferencia entre un “gran” país y uno de segunda categoría. En la época que estamos analizando, capitalismo e imperialismo son conceptos inseparables.
[5] Respecto de las consecuencias estrictamente económicas del esquema imperial, podemos mencionar las siguientes: una expansión territorial acelerada; una economía más plural; una revolución tecnológica sin parangones; un aumento del empleo en el sector terciario (y del empleo en general); una lógica científica en la administración empresarial; un mayor acceso de los individuos de todas las clases al consumo y, finalmente, un sistema de tratados semimonopólicos entre diferentes empresas, dando origen a una estructura propia del período: los Trust, que finalmente terminaron por beneficiar (y consolidar aun más) a la clase burguesa.
[6] Las masas populares poco entendían de estrategias de disciplinamiento o control social y era imposible que estuvieran en condiciones de hacerlo. El asunto presenta semejanzas pasmosas con otras épocas históricas, entre ellas la nuestra.
[7] Respecto del tema de la irracionalidad como corriente filosófica, es acertado destacar que en este momento histórico la filosofía de Nietszche (1844–1900) se encontraba en plena actualidad.
[8] Ignoramos si es pertinente, aun cuando el tema de fondo es el mismo, citar la modernización arquitectónica estructural de la ciudad de París llevada a cabo por Napoleón III, que (quizá) representó un ejemplo a seguir por los gobernantes de otras ciudades. Como sea, el ejemplo francés es una prueba de la importancia que en la época se otorgaba al mencionado populismo expresado en manifestaciones arquitectónicas.
[9] Al respecto, cabe recordar que tanto Marx como Engels afirmaban entusiastas que “la democracia es la antesala de la revolución”. Finalmente, ambos estaban equivocados, como lo advirtió Lenin tras analizar los sucesos posteriores a la inflamada teoría marxista.
[10] Esta condición de singular o plural no es antojadiza: la lógica interna del izquierdismo apelaba a la unión mundial de sus elementos, y es una tarea titánica, que no estamos en condiciones de realizar aquí, el analizar hasta que punto se cumplió tal pretensión de universalidad.

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