sábado, 29 de noviembre de 2008

Arte Barroco Brasileiro


... “Al lado del Arte pacífico desarrollado en la soledad de los microcosmos en que se atomizó la vida social brasileña durante la colonización marcada por los ingenios azucareros del nordeste, por la hacienda de ganado y de café del sur y del sudeste y por las poblaciones incomunicadas entre sí ayer, se perfila con dulzura paradójica y profusión de señales místicas de defensa y refutación la estética guerrera de los grupos nómades de cangaçeiros de los interiores septentrionales, marcados por la aridez del suelo y de la vegetación espinosa. Sí, hubo un Brasil que no se plegó a los valores coloniales y se mantuvo irredento. Intermitentemente, fue la sublevación indígena, el quilombo donde se refugiaban los negros fugitivos y la revolución social, o llamada liberal, en la línea continua, el, con más de cinco siglos y el único de esos movimientos que dejó vestigios materiales de un arte que acabaría por alargarse en el simbólico pos del mito primordial brasileño de vivir sin ley ni rey y ser feliz...”

La estética del Cangaço.
Museo Nacional de Bellas Artes, Chile.


“El arte barroco y sus manifestaciones son las manifestaciones del contraste: no es a través del equilibrio, de la estética racional, del trazo elegante ni de la forma sutil la manera de la cual busca apoderarse del objeto: al contrario, es –precisamente– la exhuberancia de las formas contradictorias la herramienta que utiliza el barroco como intento de dominarlo....”

Octavio Paz, acerca del descubrimiento de la Coatlicue.


... “Lo que hará posible la nueva armonía es, en primer lugar, la distinción de dos pisos, en la medida en que se resuelve la tensión o se distribuye la escisión. El piso de abajo se encarga de la fachada, y se alarga agujereándose, se curva según los repliegues determinados de una materia pasada... El piso de arriba se cierra, puro interior sin exterior, interioridad cerrada en ingravidez, tapizada de pliegues espontáneos que ya sólo son los de un alma o los de un espíritu. Por eso el mundo barroco... se organiza según dos vectores: el hundimiento abajo, el empuje hacia lo alto... Que uno sea metafísico y concierna a las almas, el otro sea físico y concierna a los cuerpos, no impide a los dos vectores componer un mismo mundo, una misma casa... Lo propiamente barroco es esa distinción y distribución de dos pisos...”.


Gerge Deleuze, El Pliegue.



El arte barroco en Latinoamérica nace, de acuerdo con la historia, como un intento de las empresas de conquista por acercar de alguna forma la “religión verdadera” –el Catolicismo– a los nativos originarios del Nuevo Mundo. Siendo menester contar con formas válidas de prédica católica, como una forma de atraer a aquellos seres autóctonos con los cuales no se compartían lenguas comunes –a excepción de algunas numerosas misiones jesuitas que sí se empeñaron en dominar el lenguaje de los nativos: las misiones en el Paraguay, el caso del padre Luis de Valdivia en Chile– pasa a ser el arte y sus manifestaciones estéticas aquel “puente” comunicante entre ambos sistemas de creencias.
El intento de la Monarquía española –y portuguesa- por dominar a los nativos americanos se debió, principalmente, a factores económicos: demasiado bien se conoce la historia de dichas misiones. Sin embargo, es necesario abarcar aquí un punto de vital importancia : junto con la postura “oficial” que, en términos prácticos, significó que era el poder rigurosamente político el encargado de dictar las vías para lograr el ansiado sometimiento de las colonias americanas, fueron también las jerarquías eclesiásticas las que se destacaron en intentar términos de entendimiento con dichas colonias: muchas veces hubo resultados incluso funestos para los misioneros que elevaban el discurso colonizador a atribuciones divinas y que evaluaban el éxito de su labor en términos de “conversiones” de indígenas a la religión católica, frente al pragmatismo del poder político que imponía una vía violenta para someterlas, y cuyos resultados eran óptimos en la medida en que se tuviese “mano de obra sometida y abundante”. El poder eclesiástico, desde luego, cumplió un rol mediático fundamental para lograr cierta comunicación y “entendimiento” con los nativos indígenas.

El contexto brasileño no escapó a dichos métodos; el sometimiento a través de las armas existió, y cohabitó conjuntamente con la labor puramente “espiritual” que desempeñaron las distintas órdenes religiosas a su debido tiempo llegadas; la esclavitud y la barbarie marcaron a sangre y a fuego la historia de Brasil, como también la prédica en pos de la conversión. La guerra declarada entre nativos y conquistadores se sucedió como en el resto de América, conjuntamente con la mezcla racial y religiosa que dio como resultado un sincretismo particularmente exquisito, del cual el ámbito de las artes no fue ajeno.


LA CUESTION ARTISTICA.

La historia de Brasil es, en ciertos puntos, particular por sobre la historia de los virreinatos que se instalaron en Latinoamérica: fue la Corona Portuguesa, no la española, la encargada de llevar a cabo el proceso de aculturación. Este último término, sin embargo, tiene a su vez resonancias engañosas: no fue rigurosamente un proceso de aculturación, es decir, el sometimiento de una cultura a los cánones de otra hasta su total subordinación y desaparición, en el sentido social de la palabra: no necesariamente debe haber una desaparición física de sus elementos para que una cultura deje de existir; no fue, decimos, un proceso de aculturación por, al menos, dos hechos: los nativos de la zona en donde se encuentra Brasil no fueron totalmente exterminados; por otra parte, antes que la desaparición de los códigos sociales nativos, lo que se produjo fue una mezcla entre el elemento indígena propiamente tal y los elementos europeos venidos en aras de la conquista.
A estos dos elementos se debe agregar un tercero, que sería un factor clave en la configuración cultural y social del pueblo brasileño: el hecho de que hubiesen sido los portugueses, no los españoles, quienes realizaron la empresa descubridora, cuestión que arrojó como resultado el advenimiento del influjo de elementos africanos al Nuevo Mundo, debido a las numerosas colonias que la Corona portuguesa poseía en Africa. Así, el factor económico que fundó la llegada de dichos elementos –eran ocupados como esclavos: el ejemplo del jesuita español Diego de Torres, figura prominente dentro de su orden durante la instauración de la guerra defensiva en Chile, es elocuente al respecto; éste manifestaría: “...los esclavos para ser usados en obra de mano en América no deben ser sacados de la misma tierra americana: éstos deben ser traídos desde Africa...”- contribuyó a que, en Brasil, el sincretismo cultural se compusiera de tres corrientes primordiales: los portugueses católicos, los nativos mal llamados “paganos”, y el elemento africano, que aportaría socialmente “...no obstante la tristeza que encierran sus ceremonias religiosas, un ambiente festivo de religiosidad popular...”[1].

El ámbito de las artes no escapó a tal cuestión: entre las figuras religioso-artísticas observadas en la muestra que actualmente se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Chile, es posible apreciar en toda su magnitud los alcances de lo que Deleuze denomina “distinción y distribución de dos pisos...”; la monumentalidad brasileña observada es, en suma, el dominio del objeto a través de su exhuberancia contrastante y, por otra parte, el dominio de la materia: la estética pura, por una parte –los repliegues de la materia...– y, por otra, el sentido netamente metafísico de las obras en cuestión: la manifestación religiosa, la sublimación del objeto en cuanto a su significado contextual, la subordinación de la materia al concepto desarrollado en la misma: la religiosidad popular -- los repliegues del alma.


[1] Mauro Matthei, Cartas e informes de misioneros jesuitas extranjeros en Latinoamérica, 1970.

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