Andábamos por ahí, juntos. Yo le buscaba los labios, el muy goloso, y ella, la muy salsosa, soportaba el asedio risueña y al último momento se me escapaba; yo, el muy goloso, le hablaba sobre cosas de este y de otro mundo, a fin de pillarla desprevenida. Ella asentía y reía, la muy salsosa, pero retiraba los labios a último momento. Yo, el muy goloso, insistía usando todos los trucos para desprevenirla; ella asentía y reía, la muy salsosa, hasta que decidió, de una vez y para siempre, desprevenirse, la muy golosa.
Y me parece que desde entonces tengo una mujer atravesada en el corazón
sábado, 29 de noviembre de 2008
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