
Entonces te levantabas en la mañana, desnuda, hermosa, aún anhelante, mirabas por entre las cortinas hacia la calle –riéndote con vergüenza al observar que alguien, allá afuera, había observado tu desnudez- y te recostabas nuevamente a mi lado; al principio sólo te miraba queriendo perpetuar aquel instante preciso, precioso, gozándote, acariciándote, mientras tú me dabas la espalda y decías que debíamos dormir, que más tarde deberíamos levantarnos, que el trabajo, que la ciudad allá afuera... Pero yo te abrazaba y me lanzaba sobre ti excitándonos mutuamente, robando esos momentos gloriosos a aquella ciudad hostil en donde tanto trabajo costaba sentirse libres por un rato; y yo pensaba en ello sabiendo de antemano que aquel momento en algún momento terminaría y la rutina de nuevo nos envolvería y nos encontraríamos automáticamente convertidos en dos ilustres extraños que, por casualidad, una noche, unieron sus cuerpos en busca de calor.

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