sábado, 29 de noviembre de 2008

Crónica de una lección de vida en una calle de La Habana Vieja

Un día, caminando por la Habana Vieja, se me acercó alegremente un cubano como se acerca cualquier cubano a cualquier extranjero en cualquier calle de La Habana Vieja. Daban cerca de las tres de la tarde, y la sed apremiaba. Luego de dos botellas de ron conversadas y guitarreadas durante aproximadamente cinco horas en un bar en calle Empedrado, mi –a esas alturas– nuevo amigo cubano me invitó a una fiesta local, con salsa, ron, mujeres y todo lo que uno espera de una fiesta en Cuba. No soy difícil, y acepté en el acto. Una vez adentro, y luego de miles de bailes y nuevas botellas de ron y conversaciones del más variado orden con miles de cubanos y cubanas que verdaderamente sabían pasarlo bien y que provocaban la envidia de un chileno estirado y solemne como lo era yo y como lo es cualquier chileno en cualquier lugar del mundo, daban aproximadamente las cuatro de la mañana cuando una chica cubana muy sensual, con la cual había estado bailando cerca de dos horas, me tomó de la mano y salió conmigo a la calle. No soy difícil. Llegamos a su casa y, aun cuando un caballero no tiene memoria, es fácil imaginar hacia dónde se dirigía la situación. Un departamento cubano con balcón con vista a la ciudad, la noche cálida del trópico, una mulata de 1,70 metros a mi lado, y una agradable aunque intensa borrachera producto del ron ingerido: cualquier cosa podría ocurrir excepto hacerse el difícil, y afortunadamente yo no soy difícil. El sueño de cualquier chileno estándar. El problema es la confusión que produce el estado de semiintemperancia; quizá abstemio no me hubiese ocurrido, pero no le pidas a un chileno ordinario y primerizo en cuanto a viajes –y hasta la época ignorante en grandes aventuras– moderarse en un país como Cuba. La mulata no era mulata. Era mulato. Tuve que hacerme el difícil.

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