
“Hace años que he renunciado a pensar coherentemente. Mi lapicera Waterman piensa mejor que mí...”
“La total medida de un poeta es someterse a su poesía, reducirlo todo a ella, serla...”.
Julio Cortázar, Imagen de John Keats.
La Literatura ha sido siempre fuente fecunda de sorpresas. Una de las ediciones traducidas al español del gran Werter, de Goethe, habla del impacto cultural que aquel tuvo entre los jóvenes de la época, dando cuenta de una gran masa de suicidios adolescentes afectados luego de su lectura. Una de las historias –de entre las muchas– que circulan de Las Venas Abiertas de América Latina, aquel excelente ensayo del uruguayo Eduardo Galeano y que muchos intelectuales históricos de la izquierda latinoamericana convirtieron en su libro de cabecera, relata que –en medio de una de las tantas dictaduras que azotaban al continente americano en la década de los años setenta– dicho libro fue autorizado a entrar en un centro de reclusión: el militar de turno, al observarlo, entendió que se trataba de un libro de medicina autodidacta, lo cual mucha ayuda podía prestar en momentos como aquel. La tenebrosa historia del medioevo abunda en casos de ajusticiamientos en la hoguera debido al porte o lectura de Libros Prohibidos. La característica principal de los textos anteriores –el Werter de Goethe, Las Venas Abiertas de Galeano y alguno de los prohibidos del medioevo (Giordanno Brunno, Campanella, Lutero, Calvino, Galileo, etc)– comparten un extraño honor: en alguna época, por algún motivo, se contaron dentro de los libros vedados y quienes los poseyeran o portasen tenían asegurado un gran mal rato, a menos que fuesen sencillamente condenados a muerte y ejecutados en el acto.
Si –parafraseando a quienes sostienen que la Literatura no es más que una sana entretención y que bajo ninguna medida se debe temer a sus elementos– los libros no representan más que un agradable pasatiempo, ¿por qué en ciertos períodos y lugares del mundo han sido acallados con tanta vehemencia? ¿Qué temor, fundado o infundado, lleva a ciertos grupos de poder a intentar sacarlos de circulación? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de las manifestaciones artísticas? A mi juicio, una buena tentativa de respuesta es aquella que, en uno de los diálogos con Octavio Paz en el libro Hombres en su Siglo, esbozara el francés Jean Paul Sartre: “Los artistas en general, y los escritores en particular, pueden llegar a ejercer una poderosa influencia ya que cuentan con dos aliados que son insustituibles: la múltiple variedad de temas, tiempos o lugares que se puedan abordar al momento de componer una creación artística, y las mil formas en que ésta se pueda moldear; y por otra parte, la extraordinaria independencia que otorga la soledad de la creación artística...”[1]. Si analizamos rigurosamente estos dos elementos citados por Sartre advertimos que no es difícil inferir una tercera condición: estos elementos dotan a las artes de otra facultad, probablemente la más extraordinaria: el Arte tiene el potencial –y en muchos casos la obligación– de interpretar la realidad actual y adelantarse a su época. Existe la posibilidad cierta de que mientras se escribe en el presente, se pueda sin problemas hablar sobre el futuro, sea aquello de forma racionalmente premeditada, en un afán por denunciar lugares o situaciones conflictivos, u otras veces, como sucede tan a menudo –vista la multiplicidad de temas y las formas de abordarlos– apelando a situaciones no conscientes (como es el caso del Surrealismo). [2]
Dentro de éste contexto, el Modernismo constituye uno de los capítulos más interesantes en todos los ámbitos de la literatura universal. Su carácter marcadamente vanguardista, su exquisita aplicación del esplendor lingúístico en todas sus formas, la decisiva influencia que ejerció –y ejerce– en gran parte de los artistas de su época, señalan que estamos en presencia de uno de los grandes movimientos literarios. Es tanta y tal la influencia que tuvo el modernismo en el continente americano que, muchos años más tarde, Nicanor Parra ironizaría al señalar que “volvió a existir, pues, la poesía, una vez que por fin se hubieron apagado los sagrados focos del modernismo”. Ironía muy bien ejecutada: es, en verdad, difícil constatar la presencia de alguno de los grandes de la poesía –género favorito del modernismo– de la época de principios del siglo XX que no se hallase encandilado bajo en influjo de los sagrados focos del modernismo.
Mas, ¿cómo comienza a gestarse una vanguardia tan decisiva? ¿Qué elementos se conjugan para concebirla? Para intentar una tentativa a estas respuestas, es necesario abordar en el contexto histórico en cual se sitúa dicho movimiento y sus principales cabezas.
La relativa estabilidad política de los varios países latinoamericanos, los que habían logrado su independencia en la primera mitad del siglo XIX, dan paso a un estado social de profunda transición, conocido posteriormente como los primeros atisbos de lo que se llamará modernización; esto es: la existencia de grupos sedentarios de personas, quienes disponen de mayor comodidad para volcar su atención a ámbitos como las artes; el nacimiento de una pequeña burguesía que se convierte prontamente en ávida consumidora de conocimiento; y, sobre todo, la importancia que se le comienza a dar a la educación entre las personas comunes, lo cual inquieta a muchos que se ven alentados a investigar en mayor medida sobre temas universales, dándose entonces un gran empuje a las artes en general.
Paralelamente, surge en España una generación de intelectuales que se rebelan frente a numerosos sucesos políticos y sociales: la Generación de 1898. Los acontecimientos de la historia española en el mismo año tienen una decisiva influencia en la concepción del mundo y de la literatura de dicho grupo: España pierde, a manos de la incipiente república de Estados Unidos, las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. De ahí –entre otros hechos– la pasmosa introspección, no exenta de agitación, que caracterizaron a quienes lideraron dicho movimiento (“Hombres <>, tristes y ensimismados; son los analizadores, los meditadores y su literatura viene a ser un examen de conciencia...”)[3]. Introspección y agitación interior que caracteriza, principalmente, a su figura medular: Miguel de Unamuno (El ser-para-la-muerte de Unamuno conduce inevitablemente a la desesperación, en ocasiones a la que se ignora, una de las formas del existir desesperado analizada por Kierkegaard...) .[4] Si aquella es la opinión que otros autores tienen de Miguel de Unamuno, veamos cual es el sentimiento del propio autor frente al universo: “El hombre que nunca haya dudado de su propia existencia sustancial, de que sea algo más que una ficción, una sombra, un sueño, o el sueño de una sombra, que dijo Píndaro, no está liberado...”.
Las preocupaciones máximas de esta generación son el destino de la España (de ahí el que hayan hecho se refugio de la provincia española que, según ellos, había forjado el más genuino espíritu de la patria española: Castilla) y, en mayor medida, el sentido de la vida, de la existencia como problema: lo que se podría llamar, sin más, el sentimiento trágico de la vida.
Si así estaban los sucesos de España, en Latinoamérica soplaban vientos muy diferentes: la calma en que acababa el tormentoso siglo XIX alentó a muchos intelectuales a observar el mundo desde más allá de sus fronteras: temas imaginarios del Oriente y de la Antigüedad, acerca del esplendor oriental, de las diosas griegas, de los ambientes versallescos, etc.; sus relatos están poblados de ninfas, de sátiros, de centauros, de pavos reales y de cisnes. El que en la literatura latinoamericana se comenzase a abordar temas como aquellos y no otros va, directamente, relacionado con el trágico sentimiento heredado por los actores de la Generación del ’98 desde Schopenauer y Nietzche. Se cumple así, entonces, el viejo axioma –paradojalmente viejo para nuestra época, inexistente en la de los hechos que estamos analizando– de Sartre: toda manifestación del arte es producto del desarrollo de su contexto social.
Es así, entonces, cómo acontece el surgimiento del Modernismo, fechado históricamente en la publicación del Azul de Rubén Darío. Una buena aproximación a los contenidos de dicha forma literaria se pueden encontrar bajo palabra del propio Rubén Darío: “Veréis en mis versos princesas, reyes, visiones de países lejanos e imposibles; ¡Qué queréis! Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...”.[5] Las características más marcadas de los autores que se cobijaron bajo el alero de esta tendencia –y que ayudaron a construir dicho alero, se debe agregar– son, en un sentido rigurosamente literario, la tendencia mundonovista (el dirigir su atención a las gentes, los lugares, los hechos más cotidianos de América como si fuesen hechos increíbles...), el barroquismo en la construcción de la métrica poética, el alto simbolismo presente en sus textos, el rompimiento de todo canon en cuanto al número de sílabas, de acentos o de rimas... todo lo que indique, en suma, un ansia de experimentación: lo que en el concepto Nietzchiano se entiende como “(el hecho de que no saben) los pobres qué palidez cadavérica se oculta bajo esa superficial apariencia saludable, mientras que a su lado pasa rugiendo la vida de los entusiastas dionisíacos...”[6]. Es este un concepto fundamental: el sentir dionisíaco que experimentaron los modernistas en cuanto a la concepción de su mundo y de su literatura: el sentido (como, años después, destacaría Vicente Huidobro) de que en la Literatura, todo está permitido. Frente a la elegancia y sobriedad de la literatura de la Generación del ’98, la exhuberancia americana de los poetas del Modernismo.
En suma: el gran aporte del movimiento modernista a la literatura universal puede encontrarse en aquel hecho fundamental: el proponer que pueden existir nuevas y variadas formas de hacer literatura, bajo el esplendoroso axioma que dice que “en la literatura, todo está permitido...”.
[1] Es necesario, sin embargo, explicitar un hecho no menor: la supuesta independencia a la que se refiere Sartre, teóricamente cierta, se ve en la práctica muy limitada al constatar la existencia de empresas editoriales que ejercen un marcado monopolio comercial, lo cual les permite censurar indiscriminadamente o imponer la autocensura a muchos escritores.
[2] Un análisis sostenido acerca del proceso surrealista revelará sin duda la marcada influencia que ejerce la sicología en la creación artística, especialmente en lo referido a las fantasías oníricas, tema largamente explotado por las diferentes ramas artísticas de los surrealistas.
[3] Pedro Salinas, El Arte Escénico en España.
[4] Harriet Stevens y Ricardo Gullon, prólogo a la edición de Niebla, Miguel de Unamuno, 1967, Taurus Ediciones, Madrid.
[5] Rubén Darío, extracto del prólogo de Prosas Profanas.
[6] Friedrich Nietzche, El Origen de la Tragedia.
“La total medida de un poeta es someterse a su poesía, reducirlo todo a ella, serla...”.
Julio Cortázar, Imagen de John Keats.
La Literatura ha sido siempre fuente fecunda de sorpresas. Una de las ediciones traducidas al español del gran Werter, de Goethe, habla del impacto cultural que aquel tuvo entre los jóvenes de la época, dando cuenta de una gran masa de suicidios adolescentes afectados luego de su lectura. Una de las historias –de entre las muchas– que circulan de Las Venas Abiertas de América Latina, aquel excelente ensayo del uruguayo Eduardo Galeano y que muchos intelectuales históricos de la izquierda latinoamericana convirtieron en su libro de cabecera, relata que –en medio de una de las tantas dictaduras que azotaban al continente americano en la década de los años setenta– dicho libro fue autorizado a entrar en un centro de reclusión: el militar de turno, al observarlo, entendió que se trataba de un libro de medicina autodidacta, lo cual mucha ayuda podía prestar en momentos como aquel. La tenebrosa historia del medioevo abunda en casos de ajusticiamientos en la hoguera debido al porte o lectura de Libros Prohibidos. La característica principal de los textos anteriores –el Werter de Goethe, Las Venas Abiertas de Galeano y alguno de los prohibidos del medioevo (Giordanno Brunno, Campanella, Lutero, Calvino, Galileo, etc)– comparten un extraño honor: en alguna época, por algún motivo, se contaron dentro de los libros vedados y quienes los poseyeran o portasen tenían asegurado un gran mal rato, a menos que fuesen sencillamente condenados a muerte y ejecutados en el acto.
Si –parafraseando a quienes sostienen que la Literatura no es más que una sana entretención y que bajo ninguna medida se debe temer a sus elementos– los libros no representan más que un agradable pasatiempo, ¿por qué en ciertos períodos y lugares del mundo han sido acallados con tanta vehemencia? ¿Qué temor, fundado o infundado, lleva a ciertos grupos de poder a intentar sacarlos de circulación? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de las manifestaciones artísticas? A mi juicio, una buena tentativa de respuesta es aquella que, en uno de los diálogos con Octavio Paz en el libro Hombres en su Siglo, esbozara el francés Jean Paul Sartre: “Los artistas en general, y los escritores en particular, pueden llegar a ejercer una poderosa influencia ya que cuentan con dos aliados que son insustituibles: la múltiple variedad de temas, tiempos o lugares que se puedan abordar al momento de componer una creación artística, y las mil formas en que ésta se pueda moldear; y por otra parte, la extraordinaria independencia que otorga la soledad de la creación artística...”[1]. Si analizamos rigurosamente estos dos elementos citados por Sartre advertimos que no es difícil inferir una tercera condición: estos elementos dotan a las artes de otra facultad, probablemente la más extraordinaria: el Arte tiene el potencial –y en muchos casos la obligación– de interpretar la realidad actual y adelantarse a su época. Existe la posibilidad cierta de que mientras se escribe en el presente, se pueda sin problemas hablar sobre el futuro, sea aquello de forma racionalmente premeditada, en un afán por denunciar lugares o situaciones conflictivos, u otras veces, como sucede tan a menudo –vista la multiplicidad de temas y las formas de abordarlos– apelando a situaciones no conscientes (como es el caso del Surrealismo). [2]
Dentro de éste contexto, el Modernismo constituye uno de los capítulos más interesantes en todos los ámbitos de la literatura universal. Su carácter marcadamente vanguardista, su exquisita aplicación del esplendor lingúístico en todas sus formas, la decisiva influencia que ejerció –y ejerce– en gran parte de los artistas de su época, señalan que estamos en presencia de uno de los grandes movimientos literarios. Es tanta y tal la influencia que tuvo el modernismo en el continente americano que, muchos años más tarde, Nicanor Parra ironizaría al señalar que “volvió a existir, pues, la poesía, una vez que por fin se hubieron apagado los sagrados focos del modernismo”. Ironía muy bien ejecutada: es, en verdad, difícil constatar la presencia de alguno de los grandes de la poesía –género favorito del modernismo– de la época de principios del siglo XX que no se hallase encandilado bajo en influjo de los sagrados focos del modernismo.
Mas, ¿cómo comienza a gestarse una vanguardia tan decisiva? ¿Qué elementos se conjugan para concebirla? Para intentar una tentativa a estas respuestas, es necesario abordar en el contexto histórico en cual se sitúa dicho movimiento y sus principales cabezas.
La relativa estabilidad política de los varios países latinoamericanos, los que habían logrado su independencia en la primera mitad del siglo XIX, dan paso a un estado social de profunda transición, conocido posteriormente como los primeros atisbos de lo que se llamará modernización; esto es: la existencia de grupos sedentarios de personas, quienes disponen de mayor comodidad para volcar su atención a ámbitos como las artes; el nacimiento de una pequeña burguesía que se convierte prontamente en ávida consumidora de conocimiento; y, sobre todo, la importancia que se le comienza a dar a la educación entre las personas comunes, lo cual inquieta a muchos que se ven alentados a investigar en mayor medida sobre temas universales, dándose entonces un gran empuje a las artes en general.
Paralelamente, surge en España una generación de intelectuales que se rebelan frente a numerosos sucesos políticos y sociales: la Generación de 1898. Los acontecimientos de la historia española en el mismo año tienen una decisiva influencia en la concepción del mundo y de la literatura de dicho grupo: España pierde, a manos de la incipiente república de Estados Unidos, las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. De ahí –entre otros hechos– la pasmosa introspección, no exenta de agitación, que caracterizaron a quienes lideraron dicho movimiento (“Hombres <
Las preocupaciones máximas de esta generación son el destino de la España (de ahí el que hayan hecho se refugio de la provincia española que, según ellos, había forjado el más genuino espíritu de la patria española: Castilla) y, en mayor medida, el sentido de la vida, de la existencia como problema: lo que se podría llamar, sin más, el sentimiento trágico de la vida.
Si así estaban los sucesos de España, en Latinoamérica soplaban vientos muy diferentes: la calma en que acababa el tormentoso siglo XIX alentó a muchos intelectuales a observar el mundo desde más allá de sus fronteras: temas imaginarios del Oriente y de la Antigüedad, acerca del esplendor oriental, de las diosas griegas, de los ambientes versallescos, etc.; sus relatos están poblados de ninfas, de sátiros, de centauros, de pavos reales y de cisnes. El que en la literatura latinoamericana se comenzase a abordar temas como aquellos y no otros va, directamente, relacionado con el trágico sentimiento heredado por los actores de la Generación del ’98 desde Schopenauer y Nietzche. Se cumple así, entonces, el viejo axioma –paradojalmente viejo para nuestra época, inexistente en la de los hechos que estamos analizando– de Sartre: toda manifestación del arte es producto del desarrollo de su contexto social.
Es así, entonces, cómo acontece el surgimiento del Modernismo, fechado históricamente en la publicación del Azul de Rubén Darío. Una buena aproximación a los contenidos de dicha forma literaria se pueden encontrar bajo palabra del propio Rubén Darío: “Veréis en mis versos princesas, reyes, visiones de países lejanos e imposibles; ¡Qué queréis! Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...”.[5] Las características más marcadas de los autores que se cobijaron bajo el alero de esta tendencia –y que ayudaron a construir dicho alero, se debe agregar– son, en un sentido rigurosamente literario, la tendencia mundonovista (el dirigir su atención a las gentes, los lugares, los hechos más cotidianos de América como si fuesen hechos increíbles...), el barroquismo en la construcción de la métrica poética, el alto simbolismo presente en sus textos, el rompimiento de todo canon en cuanto al número de sílabas, de acentos o de rimas... todo lo que indique, en suma, un ansia de experimentación: lo que en el concepto Nietzchiano se entiende como “(el hecho de que no saben) los pobres qué palidez cadavérica se oculta bajo esa superficial apariencia saludable, mientras que a su lado pasa rugiendo la vida de los entusiastas dionisíacos...”[6]. Es este un concepto fundamental: el sentir dionisíaco que experimentaron los modernistas en cuanto a la concepción de su mundo y de su literatura: el sentido (como, años después, destacaría Vicente Huidobro) de que en la Literatura, todo está permitido. Frente a la elegancia y sobriedad de la literatura de la Generación del ’98, la exhuberancia americana de los poetas del Modernismo.
En suma: el gran aporte del movimiento modernista a la literatura universal puede encontrarse en aquel hecho fundamental: el proponer que pueden existir nuevas y variadas formas de hacer literatura, bajo el esplendoroso axioma que dice que “en la literatura, todo está permitido...”.
[1] Es necesario, sin embargo, explicitar un hecho no menor: la supuesta independencia a la que se refiere Sartre, teóricamente cierta, se ve en la práctica muy limitada al constatar la existencia de empresas editoriales que ejercen un marcado monopolio comercial, lo cual les permite censurar indiscriminadamente o imponer la autocensura a muchos escritores.
[2] Un análisis sostenido acerca del proceso surrealista revelará sin duda la marcada influencia que ejerce la sicología en la creación artística, especialmente en lo referido a las fantasías oníricas, tema largamente explotado por las diferentes ramas artísticas de los surrealistas.
[3] Pedro Salinas, El Arte Escénico en España.
[4] Harriet Stevens y Ricardo Gullon, prólogo a la edición de Niebla, Miguel de Unamuno, 1967, Taurus Ediciones, Madrid.
[5] Rubén Darío, extracto del prólogo de Prosas Profanas.
[6] Friedrich Nietzche, El Origen de la Tragedia.

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