sábado, 29 de noviembre de 2008

La Intertextualidad Histórica de la Tragedia Griega: Homero, Shakespeare, Ionesco. La respuesta ética a la eventualidad.

“Se ha discutido acerca de La Ilíada a lo largo de tanto tiempo que resulta fácil que los críticos olviden que se trata de una tragedia, saturada de un sentido trágico de la vida y construida con el carácter inevitable de Orestes o de Macbeth... Homero retrata el valor heroico como algo fundamentalmente destructivo, no sólo del orden social, sino de la comunidad humana. Los griegos están condenados por las miasma virtudes que les son propias.(...) La violencia subyace al desorden. Los griegos no aprueban la violencia en sí misma; sin embargo, la mayor parte de los valores que ellos admiran –nobleza, orgullo y poder, elegancia y fortaleza– solo florecen en el contexto de la violencia y deben alimentarse de ella continuamente.” [1]


“Como en una tragedia griega, el personaje central acaba atrapado por las redes que ha tejido durante la consolidación de su propia potencialidad, y, finalmente, al intentar salirse de su rol, los eventos demuestran que ya no hay vuelta atrás: se encuentra atrapado por su propio destino...”.[2]



Homero.
Cualquier estudioso del humanismo en general, y de las disciplinas históricas en particular, sabe atribuir en su justa dimensión la influencia que la cultura griega ejerce hasta nuestros días. Los arquetipos griegos se encuentran presentes hasta en las más recónditas manifestaciones de la cultura occidental, principalmente en lo que se refiere a la configuración política y filosófica de la sociedad actual. El mundo griego entrega, de tal manera, el episteme a los cánones dentro de los cuales estamos inmersos en el día de hoy en el mundo occidental.

Dentro de las más características manifestaciones griegas encontramos, además de la dimensión política y filosófica ya señalada, una concepción artística que impacta por la sutileza y la profundidad con que se nos muestra. El equilibrio proclamado por la moral griega clásica –la sophrosyne– se extiende también a la literatura, desprovista de barroquismos que alejen a la obra de su función primordial de hacer patente la conducta ética de los seres que en ella aparecen. La literatura heroica y didáctica proveniente de Grecia apela a la educación de las virtudes humanas sin intentar una exagerada visión moralista y es, por tanto, equivalente tanto en profundidad como en belleza estética. El mundo homérico, poblado de seres mitológicos que configuran el sentir de una nación en cuanto se constituyen en espejos de los avatares de la sociedad griega en su conjunto, aparece sin embargo de una cercanía constante hacia las más altas –y también las más bajas – pasiones de los seres humanos. El humanizado panteón griego clarifica el devenir espiritual humano en tanto no niega las contradicciones inherentes al sujeto sino que, por el contrario, muestra en toda su dimensión las diversas actitudes que comprenden la existencia. De ahí la mencionada humanidad de los dioses griegos, ególatras, furiosos a ratos, casi siempre al límite de lo que puede soportar un ser –divino o humano– en tanto las circunstancias los obligan una y otra vez a adoptar, para bien o para mal, una posición explícita frente a los sucesos del universo y, de tal manera, convertirse en modelos de conducta a seguir –o evitar. La literatura griega es fecunda en mostrarnos cómo los diferentes actores resuelven sus conflictos de una u otra manera; pero no es menor, sin embargo, la causalidad que obliga a dichos actores a exponerse a tales requerimientos. De la misma manera, la literatura griega es también fecunda en mostrarnos circunstancias que hace que los actores tengan que, necesariamente, tomar partido por uno u otro evento, creando así una serie de diversos dilemas éticos que terminan por exponer a los actores en cuestión toda su mencionada humanidad.

En la obra homérica abundan tales definiciones; Héctor obligado a proteger a Paris luego del rapto de la bella Helena, no obstante su oposición a la temperamentalidad de su hermano tan lejana a los cánones éticos griegos; la lucha del propio Héctor en contra del invencible Aquiles, aun cuando de antemano estaba sentenciada su derrota, y bla estoioca resignación que demuestran quienes le rodean ante la imposibilidad de escapar al destino; el diálogo sostenido entre Aquiles y el sabio rey Príamo cuando éste acude en busca de los retos de su hijo Héctor. Todos estos eventos configuran una bisagra en la cual cada actitud adoptada conducirá a diversas realidades potenciales, a la manera de un monstruoso efecto mariposa. La condición de individuo responsable ante sí mismo y ante los suyos representa la imposibilidad de escapar a lo que las circunstancias nos tienen preparado para probarnos. La afrenta sufrida por todos al observar como Paris escapa de su lucha contra el fuerte Melenao representa, así, además de la perplejidad general, un estado de excepción ante la norma general que indica que nadie puede escapar de su propia vida: “La vida en tanto comedia puede ser aprendida; como tragedia solo cabe asumirse...”.[3]

Shakespeare.
El inglés William Shakespeare fue un entusiasta recreador de las definiciones enunciadas anteriormente, y de sus obras, Macbeth es la más sencilla, la más intensa y la más breve. Pero no obstante su sencillez narrativa, la obra alcanza noveles de tensión psicológica y moral con altos grados de complejidad. El autor enseña explícitamente y sin eufemismos la degradación moral que se produce en el protagonista y, especialmente, en su esposa. Ambos personajes son mostrados en todo su esplendor, entendido esto como el hecho de que pocos hechos a nivel psicológico quedan por mostrar. En la época en que fue escrita la obra el asesinato era la manera más normal de ascender a un trono, lo cual es una muestra de la profundidad de la obra al abordar un tema de tal sensibilidad. Macbeth se aleja conscientemente de los valores morales pertinentes y desencadena un desajuste estructural que alcanza entera coherencia con la visión trágica del mundo griego. Obliga a las definiciones. Macbeth crea falsamente las condiciones de su reinado apresurándolo tras la muerte del rey verdadero, cumpliendo así con los designios aventurados por las brujas: de una u otra manera llegaría al trono; más, con su intervención, el remordimiento que se desencadena será parte fundamental de su tortura: ¿para que asesinar al rey, entonces, si de cualquier manera llegaría al trono sin su propia intervención? La pregunta acepta una doble dimensión, pues, por otra parte, ¿cuál es el problema de asesinar al rey si ello representa una absoluta coherencia con su propio destino, que era el de suplirlo en el trono? La definición desde el punto de vista ético es evidente, independiente del curso que adopte el protagonista en cuestión.

Shakespeare y Ionesco.
El propio Ionesco lo dijo en cierta ocasión: “No es un tipo de sociedad la que me parece ridícula, es la humanidad”. Siguiendo este juicio cargado de ironía y pesimismo – aunque también de ternura y compasión por el ser humano, como el conjunto de sus obras lo demostraría – la adaptación de la Tragedia de Macbeth, que el “padre del teatro del absurdo” convierte en un sencillo e irreverente Macbett, es una historia ácida y conmovedora que desde la trinchera del humor y la aparente ausencia de sentido lanza sus descargas contra las atrocidades de un siglo testigo de dos guerras mundiales, exilios masivos, campos de exterminio y bombas atómicas. “Decenas de miles, hombres, mujeres y niños, han muerto asfixiados en cuevas, bajo los escombros de sus viviendas, que yo he hecho saltar por los aires. Decenas de millones más han muerto de cólera, de apoplejía o de tristeza. Ya no alcanza el terreno para enterrar a la gente”, se dirán sucesivamente a sí mismos Macbett y Banquo mientras reponen fuerzas a un costado de la batalla.
Al igual que la obra de Shakespeare, esta versión es también, por supuesto, una reflexión sobre el poder y el uso de la libertad del ser humano, pero a través de la luz del humor, la impúdica exposición de las bajezas de sus personajes, la exageración y el efecto de extrañamiento que el teatro del absurdo utiliza como recursos, todo parece adquirir una aspereza y cercanía estremecedoras.
Mientras en la obra del dramaturgo inglés se presenta la tragedia de un hombre dominado por la ambición de poder, un ser humano que debe tomar decisiones sobre su destino y que, desgraciadamente, las toma incorrectamente, en un sentido moral, en la versión de Ionesco parecen ser los hechos los que deciden por los hombres, parecen ser los acontecimientos los que definen lo que sucederá con esas marionetas que corren de un lado a otro sin lograr cambiar el curso de las cosas. El propio Macbett admitirá en un momento de la obra: “Uno se propone hacer algo y termina haciendo todo lo contrario”.
En este sentido, la descarnada visión de Ionesco sobre la naturaleza humana parece plantearnos la imposibilidad de hallar valores absolutos que permitan al hombre levantarse sobre su condición. No se trata, como en la obra de Shakespeare, de derrocar al tirano que ha usurpado el trono a un rey noble como Duncan ni de luchar para administrar justicia y devolver la paz a la nación. En Macbett, el rey Duncan es apenas un reyezuelo ambicioso, un perfecto dictador contemporáneo, dispuesto a esconder el último salvavidas y escapar con la maleta repleta de dólares. Pero sus sucesores no tienen mayores atributos. Una vez que Macbett ha muerto a manos de Macol, lo primero que éste hace es pedir a gritos un trono y anunciar una nueva tiranía, aun más cruenta que la anterior. Así, el diálogo que en Macbeth de Shakespeare constituye una prueba de fidelidad que Malcolm impone a Macduff, fingiendo carecer de virtudes y de cargar innumerables defectos para probar su lealtad a Escocia, en Macbett se convierte en un duro discurso que Ionesco utiliza para cerrar su historia y dar un último guiño sarcástico a la obra del poeta inglés. La gloriosa restauración nacional y el sonido de trompetas con que concluye la obra original enrojece de vergüenza frente a esta última bofetada del Macbett al rostro de los valores absolutos.
La obra de Ionesco es algo mucho mayor que un juego de intertextualidad. Al ponerla junto a la obra original, ambas parecen crecer y desplegar innumerables posibilidades de acercamiento y profundización en el tema del poder y la libertad personal. Una, desde la visión de un orden moral; la otra desde la ironía y el desencanto del absurdo. Ambas fundadas en la intención de colocar al sujeto en un contexto en que se ve, inexorablemente, obligado a definirse éticamente, forjando así su propio destino y el destino de quienes les rodean, a la manera griega. Ambas basadas en la clásica condición griega que podríamos definir, parafraseando a Ortega y Gasset, como el hombre y sus circunstancias. Ambas, sin embargo, inmensamente humanas.

[1] Kenneth Rexroth, Recordando a los Clásicos, Fondo de Cultura Económica, México, 1965.
[2] Francis Ford Coppolla, comentario acerca de la película El Padrino.
[3] Kenneth Rexroth, Ibíd..

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