sábado, 29 de noviembre de 2008

Historia Solemne v/s infrahistoria

“...Los procesos históricos... son, en sí mismos, demasiado complejos como para exponerlos en imágenes definitivas (están constituidos por diversos planos de realidad, ritmos cruzados de tiempo, relaciones cambiantes y formas impuras de racionalidad). Y sobre ellos hay demasiadas perspectivas posibles desde donde mirarlos e interpretarlos (cada día se descubre un nuevo aspecto) como para reducirlos a hechos cristalinos, juicios categóricos o panegíricos auto-complacientes. Y son, sin embargo, demasiado importantes para la memoria, proyección y vida de cada uno de nosotros como para permitir que, de un modo u otro, se petrifiquen como verdades sagradas; sojuzgándonos, anulando nuestra propia capacidad cognitiva y nuestra voluntad social de recordar, reflexionar, criticar, decidir...”[1].

Ante la posibilidad de que se le hiciese un seguimiento a una persona de extracción popular, de provincia, de población, del campo o de cualquier lugar que no corresponda, en general, a los “estratos superiores” de la sociedad, y luego, producto de tal seguimiento, se le concediese el derecho de ser protagonista de algún estudio, diario de vida, historia de vida o cualquier otro objeto que narrase sus peripecias dando a éstas el carácter de libro de historia,
más de alguno de los conspicuos historiadores de nuestro país arriscarían la nariz. No son “ellos” (las clases populares) los protagonistas de la Historia; en los hechos de las vidas de estas personas no acontece nada tan “extraordinario” como para ser investigado: sus vivencias son similares a las vivencias de la mayoría de las personas de su misma condición; no han sido –ni lo serán jamás– actores determinantes, como individuos, ni en las políticas implementadas ni en los hechos que atañen a la sociedad completa, salvo en el caso de que sean receptores de decisiones tomadas por otros actores sociales –las clases dominantes. A lo sumo, no han hecho sino demandar objetivos que ellos consideran justificados en su propio beneficio.
El asunto no es nuevo; la afirmación, que a primera vista aparece como arbitraria e incongruente (¿por qué no iba a ser actor social cualquier grupo que se encontrase inmerso en una sociedad?) ha sido discutida hasta el cansancio por numerosos investigadores nacionales a lo largo de la última década; de lado y lado, se han dado argumentos, en pro y en contra, más que suficientes como para que cualquier lector, estando al día de la polémica de respuestas y contrarrespuestas surgidas a raíz de dicho debate, pueda tomar partido por alguno de los dos “bandos” (en pro o en contra). Independiente de las posturas que se concluyan –e independiente de las cargas ideológicas que puedan haber detrás de esas posturas, y que de hecho sí las hay– hay un detalle que es necesario rescatar: mientras quienes defienden a un bando intentan imponer una determinada manera de entender la historia –sea idealizando una parte de los actores sociales como objeto de estudio, sea argumentando que todo lo que realicen aquellos investigadores que insisten en tratar de “hacer historia desde abajo” no responde sino a un sesgado punto de vista político– , otra parte, no menos numerosa, lo que hace no es sino ofrecer distintas interpretaciones respecto de los mismos hechos. Este es un asunto que, para cualquiera que pretenda participar de esta discusión que ha tenido a varios historiadores nacionales en permanente discrepancia –cuestión de la cual no podemos sino estar conformes– debe quedar tan en claro como sea posible: están equivocados quienes presentan tales discrepancias entre estos dos grupos como una guerra de guerrillas de las cuales tiene que salir un ganador: la historia no presenta ganadores ni perdedores, sino solamente visiones opuestas o diversas; no se trata aquí de una competencia de argumentos para ver finalmente quién tiene la razón sino de un debate mucho más profundo y sistemático, por mucho que uno de los grupos ni siquiera esté dispuesto a debatir. El problema es, a un tiempo, transparente y paradójico: mientras uno de los dos lados insiste en creer que los dardos deben ir dirigidos contra los opuestos –malentendiendo, por supuesto, el fondo del asunto ya que lo relegan al simple objetivo de quien tiene la razón– , otro grupo afirma que no se trata de fricciones entre dos polos, sino de una cuestión de metodología; mientras uno argumenta en base a la existencia de estos dos polos, otro admite que puede haber muchos más; mientras un lado es impositivo, el otro es propositivo; mientras un lado cree en las verdades objetivas, el otro asume su condición de simples individuos dejando la posterior construcción de tipos sociales a la dialéctica; mientras un lado intenta ejercer sus aspiraciones aliándose con los entes superiores de la sociedad, el otro intenta sin más abordar, simplemente, las historias de los otros grupos sociales por el simple hecho de que es necesario[2].
Hasta donde mis razones alcanzan a comprender, es francamente absurdo afirmar que ciertos sectores no pueden ser relevantes en la construcción de la historia. El problema es aun mayor: se trata de la forma en que debemos comprender la historia. Es este, en realidad, el punto central de toda la discusión: el cómo se construye la Historia. Para la gran cantidad de historiadores positivos que han hecho escuela en el país, se refiere solamente a hechos inmutables y cuantificables en el tiempo. Siendo así, cualquier investigador medianamente capacitado será capaz de entregarnos su versión de la historia, la cual será, por lo demás, inmutable y definitiva, ya que su trabajo solamente consistirá en remitirse a explicitar hechos objetivos. De tal modo entonces, nos acercaremos cada vez más a la construcción de la Historia. La diferencia es precisamente la siguiente, y es sustancial: mientras unos construyen la Historia, otros se dedican solamente a investigar en la historia. Mientras los primeros destilan solemnidad, los segundos destilan tolerancia[3]. La Historia Solemne, si es que existe –en el carácter en que la entienden los primeros– no debe ser dejada en manos de individuos particulares: estos deben remitirse únicamente a plantear sus argumentos. La construcción de la Historia Solemne, por tanto, debe dejarse en manos de, paradójicamente, la propia historia, y su metodología es y debe ser la dialéctica.

La Historia y la Memoria.

La relación dialéctica que se da entre memoria e historia es un problema de larga data. La relación, al ser dialéctica, es bidireccional: tanto la memoria es forjadora de la historia, como ésta lo es de la memoria. Lo anterior se desglosa en lo siguiente: la memoria individual de un sujeto contribuye a configurar una memoria colectiva: el obrero que haya vivido alguna crisis salarial o laboral recordará y nombrará las manifestaciones en las cuales posiblemente participó; aportará, entonces, desde su particular punto de vista a la creación de un imaginario colectivo en lo que se refiere a los sucesos de dichas manifestaciones; este imaginario colectivo, mientras tanto, será la visión “oficial” de, posiblemente, las familias o personas que rodean a dicho obrero: este grupo de personas contribuirá, asimismo, a la formación de una historia local aportando sus propias interpretaciones de los hechos. El resultado es una bola de nieve que, a medida que avanza, contiene a mayor cantidad de individuos. Y lo que sucederá, seguramente, es que habrá otro cierto grupo (por ejemplo, los empresarios que argumentarán la mantención de los sueldos o de la cantidad de trabajadores era inviable)que, mediante el mismo método, aportará con otras versiones sobre los hechos en cuestión. Puede que incluso haya otros elementos que aporten a la discusión: el Gobierno o la Iglesia que, al tiempo que ocurría el conflicto, actuaron como mediadores, y que acusan de intransigencia a ambos sectores de la disputa. La pregunta se hace obvia: ¿Quién tiene la razón? ¿Todos? ¿Ninguno? La respuesta es inevitable: dependerá del punto de vista del que se haga la pregunta. Dependerá de quién se haga la pregunta.
Ante tal disolución de “objetivos”, un investigador debe, necesariamente, tener conciencia de que, llegado el caso, estará actuando desde el punto de vista del que hace la pregunta. Aún más: es él quien la formula. Este punto en cuestión ha sido y seguirá siendo debatido por todos aquellos investigadores que tomen en cuenta alguna versión epistemológica de las ciencias: ¿es el investigador parte de las circunstancias que investiga? ¿Es posible adoptar una actitud objetiva ante dichas circunstancias? ¿Es legítimo, en el fondo, intentar transmitir objetividad en las ciencias sociales? Y si así fuera, ¿Qué ocurre cuando una segunda persona no esté en concordancia con datos supuestamente objetivos? El punto aquí planteado parece en realidad suficiente como para toda otra investigación: por ahora me es imposible explayarme en mayor medida, sin embargo, ya que debo volver al tema original.

La memoria individual de un determinado sujeto contribuye a determinar, entonces, parte de lo que posteriormente se entenderá como historia. La relación es, además, inversa: la historia que se generó a partir de la suma de diversas memorias individuales, tenderá a reafirmar la forma en que el sujeto abordará los hechos. Lo que se dice afuera es también lo que el sujeto dijo adentro, y es también lo que ahora dice y lo que dirá en el futuro a sus hijos y sus nietos. Se cierra el círculo y se configura, entonces, una versión histórica desde un determinado grupo social.

La Gran Historia del ’39 Contra la Pequeña del Individuo.

“...El Presidente (Aguirre Cerda) hubo de iniciar su gobierno en condiciones adversas... El 24 de Enero de 1939 se produjo el terremoto que asoló la rica zona entre Talca y el Bíobío, cuyas ciudades quedaron destruidas, con la pérdida de muchos miles de vidas y de una gran parte de la producción agrícola. Poco después, estallaba la Segunda Guerra Mundial...”[4].

Al ocurrir el terremoto del año ’39, conocido como el Terremoto de Chillán, “...una calurosa noche de verano vivían los chillanejos ese 24 de Enero y muchos ya dormían y otros asistían a un espectáculo en el Teatro Municipal cuando pasadas las once y media un remezón de proporciones comenzó a recorrer Chillán. Partió suavemente y aquellos que se levantaron, pensaron que debía tratarse de un temblor similar a los ocurridos días atrás en el norte. Bastaron unos pocos segundos para que esa primera impresión diera paso al horror. Cinco minutos duró la tortura, pero tan solo 90 segundos fueron suficientes para poner de rodillas a la ciudad. Las 144 manzanas que conformaban la ciudad de Chillán, se desplomaron levantando una nube de tierra que tardó días en disiparse. De sus casi cuatro mil inmuebles, quedaron en pie unos 15, entre ellos el edificio del Banco Español, la botica de la plaza de Armas y las viviendas de la familia Kusacovich y Etchevers. Minutos después del terremoto, vino el fuego. Chillán se llenó de sombras largas en una hoguera que terminó de consumir los pocos restos de esperanza que le quedaban a los sobrevivientes...”.

La señora Marina Bocaz nació en el año 1923. Durante el terremoto contaba, entonces, con 16 años de edad. Ella pertenece a una de las más antiguas familias de la ciudad, quienes se han hecho conocidos como comerciantes. Al momento de la entrevista su estado de salud no es el mejor: la edad la obliga a tomar, permanentemente, pastillas para contrarrestar el dolor que le provoca una artritis. Hablar con ella no es fácil: hay que poner mucho de atención y paciencia para lograr, a veces literalmente, descifrar lo que ella quiere decir. Una nueva energía la invade, sin embargo, al saber que me son necesarios sus recuerdos para poder rehacer el tema en cuestión. Por un momento olvida el dolor de los huesos, y se esmera en recordar.

Las afirmaciones de Marina son vagas; muchos de los hechos que cuenta están, sin duda, exagerados. Ella habla de que “ayudé con mis propias manos a desenterrar a los muertos”. Luego se explaya diciendo que el terremoto fue “largo, como de diez minutos”. Esta última afirmación, si bien inexacta –los más exagerados datos hablan de cinco minutos– no está del todo alejada de la realidad. Explica, entonces, como fue que se derrumbaron “todas las casas, las iglesias, los edificios...”. No recuerda qué hora era, exactamente (los datos oficiales hablan de alrededor de las once y media), pero estima que debe haber sido “en la noche, pues yo me desperté asustada”. Por último, recuerda sin dudas como, durante el día posterior a la noche del terremoto, “los muertos eran sacados, por montones, a camionadas”.
Marina, como he dicho antes, tenía aquella vez alrededor de 16 años. Testimonios de familiares, sin embargo, hablan de que ella no presenció directamente las ruinas de la ciudad de Chillán, pues en ese entonces ella vivía en el campo, concretamente en un sector cercano a lo que hoy es la comuna de Pinto, distante unos 25 kilómetros de Chillán. Si bien en aquella zona, dada la cercanía con la ciudad, es muy posible que el terremoto fuese percibido a igual intensidad, es también muy improbable que Marina hubiese podido “ayudar con sus propias manos a desenterrar a los muertos”. Los muertos en el sector en donde ella residía no superaban, a lo mucho, unas cinco personas[5]. Esto último es altamente probable, ya que es ilógico suponer, dada la época y las condiciones geográficas, que alguna construcción importante se hubiese derrumbado sepultando así a varias personas. Marina también menciona como se derrumbaron “todas las casas, las iglesias, los edificios...”. Esta afirmación es hasta cierto punto discutible: muy pocos eran los edificios que podrían haber existido en una cuidad como Chillán en el año 1939, si bien es posible que para Marina, “edificios” se refiera a no más de dos o tres de éstos.
Con respecto a la hora, Marina recuerda que “(debe haber sido) en la noche, pues yo me desperté asustada”, a lo cual los hechos, al parecer, tienden a darle la razón. Por último, Marina indica como los muertos eran retirados “a camionadas”, lo que supone que ella se encontraba en algún lugar próximo del centro de la ciudad, cuestión que el mismo testimonio de uno de los hijos de Marina desmiente.
El caso anterior indica muy claramente una divergencia entre los hechos recordados por Marina y los que los hechos señalan; la memoria de Marina, al hablar de que “con sus propias manos ayudo a desenterrar muertos”, que el terremoto fue “largo, de como diez minutos”, que “se derrumbaron todas las casas, los edificios...” y que “los muertos eran sacados a camionadas” lo que está haciendo no es sino dar su propia interpretación de los hechos, aquella que un día escuchó o configuró durante mucho tiempo y que ha permanecido allí desde entonces. Aunque los datos que desmientan tales afirmaciones le sean presentados a Marina, es altamente improbable que ella los analice con seriedad y, posteriormente, cambie de parecer. Su versión de los hechos es para ella la correcta y definitiva, y no importa que otros tengan otra versión.

¿Son correctas las afirmaciones de Marina? ¿Está ella deliberadamente falseando o exagerando alguna información? ¿Es posible que ella, en un momento, olvide lo que vivió en la realidad y reemplace esos datos por otros? Ante esta última pregunta, mi respuesta es afirmativa. La explicación posible es que Marina, al juntar sus experiencias originales con las de otras personas, y al compararlas a través de los años, comenzó a asociar con el terremoto aquellas experiencias que le parecían más significativas o importantes, es decir, aquellas que más le llamaron la atención. Seleccionó entonces todo el material que más impacto le provocó y así, entonces, construyó su imaginario convencida, hasta hoy, de que “ayudó con sus propias manos a desenterrar a los muertos” y que éstos “eran retirados en camionadas”.

El caso de Marina ilustra claramente el papel que tiene en la construcción de la historia la memoria de los individuos. La versión que se impone, respecto del tema en cuestión, es aquella que mayor impacto genera en todos aquellos sujetos que contribuyeron a crearla, ya que por naturaleza la memoria tiende a recordar solamente las circunstancias más impactantes de un hecho determinado; asimismo, al momento de ser asumida como verdadera aquella suma de hechos impactantes, de ser vista como la “historia oficial” del terremoto desde el punto de vista de estos individuos, la versión tiende a perpetuarse: pasa a formar parte de la identidad de los actores individuales involucrados.

No puedo no terminar el presente ensayo con una cita de los mismos que aparecen al principio: para quienes creemos en la historia como un acontecimiento en “distintos planos de realidad”, que se retroalimenta a partir de las experiencias de todos los individuos pertenecientes a una sociedad, su elocuencia es ejemplificadora: ... “pensamos que el análisis de <> remite ineludiblemente al concepto de <>. ¿Quiénes son las personas (o grupos) que dan cuerpo a la sociedad, y que la ponen en movimiento? ¿Quiénes son los que escenifican aquel complejo drama que es la vida en sociedad? ¿Cómo se construyen esos actores, y como se configuran sus identidades de tales actores? Una respuesta posible, y parcialmente correcta, es que cada individuo es, por definición, un actor social, en tanto su existencia y su acción particulares, al unirse a las de todos los demás, confluyen espontáneamente en ese agregado o abstracción cultural que es <>...”[6].
[1] Historia Contemporánea de Chile, Tomo I, Gabriel Salazar – Julio Pinto, Editorial Lom, Primera Edición de 1999, Santiago de Chile, página 7.
[2] Otro de los objetivos que se han planteado, a mi entender, quienes intentan hacer llegar la disciplina histórica hacia los más diversos actores sociales, es el de crear debates nacionales en torno al tema: que se discuta en las universidades, en las escuelas, en los grupos de opinión, en la calle. No es exagerado afirmar esto: todos quienes hemos pasado por las aulas estudiantiles de la enseñanza básica y media nos hemos estrellado inevitablemente contra la cantidad de información y metodologías recopiladas, durante años, por los historiadores positivos: es decir, una parte sesgada de la realidad. El asunto es de gran urgencia: hace falta una gran discusión en torno a la re-elaboración de las materias estudiantiles. No lo ha permitido la displicencia de los involucrados: los urgentes problemas básicos del profesorado, la timidez anémica de los ministerios, la mediocridad de nuestra clase política.
[3] Gabriel Salazar cierta vez, en un programa de televisión conducido por la periodista Carolina Rosetti, y ante la pregunta “...Qué piensa usted del hecho que a los cadetes de la Escuela Militar se les esté enseñando, como ramo de Historia de Chile, la versión militar de los acontecimientos del 11 de septiembre...” respondió, en un claro ejemplo de democratización de ideas, que “Me parece muy bien. No tengo cuestionamiento alguno a que se les enseñe a los cadetes una cierta interpretación de los hechos. El cuestionamiento surge en el momento en que, precisamente, una de las versiones sobre los hechos pretende imponerse nacionalmente por sobre todas las demás...”.
[4] Historia de Chile, Francisco Frías Valenzuela , Editorial Nascimiento, Octava Edición, Santiago de Chile, 1965.
[5] Testimonio recogido de uno de los hijos de Marina, el cual indica cómo escuchó durante muchos años otras versiones de vecinos, parientes o gente que vivía cercana a Marina en el momento de los hechos.
[6] Historia Contemporánea de Chile, Tomo II, Gabriel Salazar – Julio Pinto, Editorial Lom, Primera Edición de 1999, Santiago de Chile, páginas 8 - 9.

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